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sábado, 15 de junio de 2013

El Derecho a Leer


La semana pasada fui invitado a disertar en el 10º Congreso de Profesores de Derecho Procesal Penal de la República Argentina. Se realizó en la Universidad Católica de Cuyo, en la ciudad de San Luis, y allí leí un texto del que aquí reproduzco una breve síntesis:

El Derecho a Leer

(...) Aprovecho esta oportunidad para exponer ante ustedes, que son abogados y docentes de Derecho Procesal Penal, algo de lo que casi no se habla, y de lo que hay poca o nula conciencia de su importancia: me refiero al Derecho a Leer, que desde hace años vengo proponiendo que algún día, en alguna reforma, sea incorporado a nuestra Carta Magna (...)
            El derecho constitucional a leer —si alguna vez se consagra en la Argentina— se justifica en el hecho de que la lectura es condición básica para que una persona se eduque y pueda continuar, toda su vida si es su deseo, su propio proceso de aprendizaje. Leer es un acto inherente a los ciudadanos de una democracia (...) Y es la mejor garantía de la libre circulación de las ideas, del conocimiento y el saber, que a su vez son indispensables para la construcción de una ciudadanía responsable, participativa, reflexiva y con pensamiento propio. Todo esto fortalece la propia identidad del individuo y la de la nación entera.
            Cabe subrayar, además, que todos los derechos garantizados por la Constitución se relacionan estrechamente con la lectura: el derecho al trabajo, la salud y la previsión social; así como los derechos de los niños y los ancianos, de todas las profesiones y empleos. De hecho la inclusión social en todas sus formas (...) y las diferentes posibilidades y alternativas de desarrollo económico, social y cultural de la población, todo está, siempre, vinculado a la lectura de manera basal e irrenunciable. Así, la lectura deviene derecho político fundamental. Y es hora de reconocerlo taxativamente, sobre todo porque en diversos sentidos la democracia misma depende de la lectura.
            Trabajar para que se sancione el Derecho Constitucional a Leer es parte principal de la propuesta de Política de Estado de Lectura por la que algunos venimos bregando desde hace muchos años. Se trata de dar de leer como decimos nosotros desde el Chaco y desde hace 18 años, para que la Argentina se recupere como país de lectores, como alguna vez fuimos.
            (...) Trabajar por el fomento del Libro y la Lectura es trabajar por la Educación como razón de Estado. No es concebible la educación de un pueblo sin un Estado responsable que la organice, oriente y dirija de acuerdo a los intereses nacionales. Lo sabemos desde Sarmiento, quien además de todos los defectos que tuvo y de ciertas barbaridades que dijo en su vida política, fue el padre de nuestro sistema educativo y de la Ley 1420 que garantizaba la educación pública obligatoria, gratuita, solidaria, igualadora y que además enseñaba a pensar, a cuestionar y a tener criterio propio. Muchos de los que hoy estamos aquí, y desde luego ustedes como abogados, jueces, fiscales y profesores que son, venimos de ese modelo de educación popular e integradora que todavía hoy, aun zarandeada y emparchada, atiende a bastante más de 40.000 escuelas a las que concurren diariamente millones de niños, jóvenes y adultos.
            Sabemos que la Educación, con la Salud, son las dos misiones básicas de todo Estado. Y decir esto no es una antigüedad, como deslizan algunos supuestos "modernizadores". La función del Estado no puede ser reemplazada ni es subsidiaria. En todo el llamado Primer Mundo no sólo no se reemplazó al Estado sino que siempre se lo fortaleció. Y ahora que algunos países empezaron a cambiar ese paradigma, ahí vemos cómo les va...
            La evidente naturaleza política de la educación impone que la lectura no sea solamente algo que los educadores, los padres o los bibliotecarios vayan a resolver de modo individual o voluntarista. Hacen falta también un Estado y una docencia orientadores y formadores. Como dice Michelle Petit, que es considerada una de las máximas autoridades en esta materia: “El lenguaje nos construye. Tener acceso a obras cuyos autores han intentado transcribir lo más profundo de la experiencia humana, desempolvando la lengua, no es un lujo: es un derecho, un derecho cultural, como lo es el acceso al saber. Porque quizás no hay mayor sufrimiento que estar privado de palabras para darle sentido a lo que vivimos”.
            La lectura, entonces, debe ser considerada también una razón de estado porque es el camino hacia el fortalecimiento de la lengua que habla el pueblo. Y ya sabemos que la lengua es la primera y acaso más importante señal identitaria que tiene una sociedad.
            Como ya señalé en mi libro "Volver a leer. Propuestas para ser una nación de lectores" (Edhasa, 2006) de hecho uno de los grandes engaños de los últimos 20 años fue que el fundamentalismo globalizador nos dio vuelta el significado de muchas palabras. La “moderación salarial”, por ejemplo, fue un modo de castigar a los trabajadores, como sabe cualquier docente argentino. Se llamó “reordenamiento” a los despidos de personal. Para crear empleos primero había que “racionalizar” y “ser competitivos”, y entonces para racionalizar y competir se cerraban las fábricas y resultaba que para generar empleos primero había que provocar desempleos masivos... Y así fue que del “excesivo gasto público” terminaron siendo responsables los trabajadores, los maestros, los investigadores y todos los que cobraban sueldos menores. Y eso mientras en el mundo a los bombardeos se los llamaba “guerra humanitaria” y a la pobre gente que moría bajo los bombazos se los llamaba “blancos involuntarios” o "daños colaterales". Y hoy mismo vemos cómo al control de cambios se lo llama "cepo" (con todo lo que ese vocablo implica, como evocación de los horrores de la dictadura) mientras al dólar ilegal se lo llama, románticamente, "blue".
            La nueva pedagogía de la lectura se ocupa de todo esto, de hecho, porque el corpus textual universal, y sobre todo el de la gran Literatura, no es un juego de palabras. Ni es un carnaval de ideas. Y por lo tanto el Derecho Constitucional a Leer tampoco. El desarrollo de las políticas de lectura, en la que concurren la acción estatal y la de muchas entidades privadas, nos permite hoy recuperar terrenos perdidos, estimular la reinstalación de la lectura como alimento espiritual básico y, particularmente, se dirige a garantizar que seamos una nación de lectores y no una nación de ignorantes.
            (...) Vista de esta manera, ya ven ustedes cómo la lectura como derecho trasciende la clásica consideración de la lectura como un acotado “problema pedagógico”. Es mucho más que eso.
            La lectura exige el desarrollo de políticas públicas integrales (...) y eso le impone al Estado la obligación de crear y garantizar los mecanismos legales necesarios para que toda la población —en todos los niveles socioeconómicos, etarios, étnicos y lingüísticos sin excepción— acceda libre y gratuitamente a la lectura (...) Es lo que viene procurando el Plan Nacional de Lectura y lo que hacemos en la Fundación que presido en el Chaco y lo que hacen muchas otras ONGs en todo el país. •

martes, 11 de junio de 2013

Dos entrevistas

No la reproduzco, pero hay una larga entrevista que me hizo Malena Higa en la edición Nº12 de la revista BePe, que publica la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares.
La notable revista circula en todo el sistema, pero también hay una versión digital, en:


Allí hay que hacer click sobre la portada, e ir a las páginas 68/69 y siguientes.

Y también en la última edición de la revista XXIII hay una entrevista a propósito de la reedición de mi libro "El género negro". La hizo Tali Goldman y puede encontrarse en:

http://veintitres.infonews.com/nota-6878-personajes-El-crimen-a-la-vez-espanta-y-fascina.html

domingo, 9 de junio de 2013

La última, perdida batalla de Cristóbal Colón

Mi artículo de hoy en el Buenos Aires Herald:
http://buenosairesherald.com/article/133093/the-last-lost-christopher-columbus-battle

Y aquí la traducción al castellano:



La decisión presidencial de trasladar a Mar del Plata el monumento a Cristóbal Colón que desde hace un siglo está a espaldas de la Casa Rosada, no sólo desencadenó pasiones inútilmente, sino que sumó confusión al escenario político. En un país en el que todas las energías de la política deberían concentrarse en las próximas batallas electorales que se prevén de alta intensidad; en el que el Poder Judicial está resquebrajado por primera vez desde 1853; y en el que algunas buenas decisiones del gobierno coexisten con otras inexplicables y hasta absurdas, esta última disputa fue, por lo menos, un disparate.

Convertir a Cristóbal Colón en el eje de una cuestión política, como hicieron el peronismo desde la Casa Rosada y el PRO macrista desde el gobierno municipal, es, por lo menos, un desatino que habla —aunque ellos no lo quieran y no se den cuenta— de algunos desconciertos que reinan en sus respectivas filas.

Se sabía del empecinamiento presidencial, pero llevar hasta las últimas consecuencias esta cuestión resultó, como diría la propia Presidenta cuando practica su Inglés en Twiter, por lo menos too much. No hacía falta jugarse ella personalmente para sostener una decisión que no es fundamental, ni tampoco hacía falta entrar en un para muchos irrisorio debate mediático a través de una de sus principales espadas, el Secretarios de la Presidencia Sr. Zanini.

Del otro lado, también se sabía del oportunismo de los seguidores del alcalde porteño, a quien persigue la sombra de su poquísima inclinación al trabajo, sus decisiones autoritarias y su interés solamente en lo que puede significar negocios y dinero. No hacía falta que ahora se apresurasen a presentarse como defensores del monumento al navegante genovés, cuando la ciudadanía sólo tiene que mirar alrededor para comprobar el estado lamentable de casi todos los parques, estatuas y monumentos de la hoy semidestruída y mugrienta ciudad de Buenos Aires.

Como en el viejo chiste del muerto que se ríe del degollado, en esta pelea que debió ser absolutamente menor y de entrecasa, ambas partes acabaron a los gritos en medio de la calle y desgastándose en una batalla en la que nadie ganó y todos perdieron.

Todo indica que el pobre navegante genovés ahora va a realizar su último viaje a la ciudad de Mar del Plata, para dejar su lugar porteño a la Generala Juana Azurduy, heroina de las Guerras de la Independencia en el Siglo XIX. Pero esa contraposición es más aparente que real, y el verdadero resultado de esta última, inútil batalla no es otro que la confusión y el hartazgo de buena parte de la ciudadanía.

En medio del estridente silencio que hicieron historiadores, escultores y restauradores argentinos —que hubieran podido y acaso debido abrir un debate serio, ya que no lo abrieron las autoridades— los únicos ruidos de esta guerrita fueron los gritos insinceros de quienes apenas vieron una nueva oportunidad de hacer antikirchnerismo barato. Claro que a eso contribuyó el propio gobierno nacional, que con su obsecación les regaló al alegre equipo municipal y a los medios hegemónicos un traje a medida.

Como sea, la reiterada decisión de trasladar el monumento sigue siendo, en mi opinión, un error. Las razones expuestas son débiles e inconsistentes. Todos los supuestos argumentos no han sido más que chicanas, y, si de iniciar un debate acerca del rol de los conquistadores se trataba, ello no sucedió. No se defienden así los arrasados derechos de los pueblos originarios, como no se juzgan así las atrocidades de un imperio quinientos años después. Ni mucho menos se repara históricamente nada de esta manera.

Quienes reivindicamos la permanencia del monumento en su sitio original no nos interesamos por la disputa político-judicial entre dos administraciones, ni por otro, fastidioso, nuevo carnaval de cautelares. Lo que simplemente pretendemos muchos ciudadanos de este país (no de la ciudad solamente) es que se respeten la historia urbana, la estética y el cuidado de los monumentos públicos en los sitios donde originalmente se los instaló. Y si están dañados, que se los repare. Y si hay que moverlos, que se discuta adónde y por qué y cómo. Y si son monumentos de sujetos o acciones cuestionables, entonces que se convoquen debates públicos y participativos, que para eso esto es una Democracia. La Historia de una nación no es propiedad de un único conglomerado humano, y sobre todo no se cambia de un día para otro, ni es bueno que lo haga un solo gobierno, por altísima que sea su legitimidad. El debate histórico siempre es necesario y lleva mucho tiempo, y es bueno que así sea.

Y el mismo argumento vale para todas las estatuas, esculturas, conjuntos artístico-arquitectónicos y demás ornamentos urbanos, que los hay en todo el territorio nacional. Por eso resultó absurdo convertir este debate, necesario y republicanamente saludable, en una cuestión "K o antiK".

Finalmente, también hay que decir que mucho de lo peor de la política argentina quedó de manifiesto con este episodio. El gobierno se equivocó y no fue capaz de admitirlo, y entonces redobló la apuesta, como niño caprichoso. El macrismo procedió de manera igualmente infantil, pretendiendo ser todo lo que no es (cuidadoso, ecológico, respetuoso de la cultura). Y el resto del espectro político hizo un silencio atronador, mientras, una vez más, los medios concentrados cacarearon su ritual credo opositor.


Mientras el traslado del almirante italiano parece irreversible, y el desembarco en su plaza de la Generala Azurduy también, sólo faltaría ahora que algún genio en las sombras le susurre al Poder la idea de que el Paseo Colón pase a llamarse Paseo Azurduy, a lo que seguirían —por qué no— otros desenfrenos. Por ejemplo, que el Parque Lezama se llame Parque Hugo Chávez, o que la Provincia de Misiones se llame Provincia Francisco.

Si viviera, María Elena Walsh nos explicaría que todo es posible en el reino del revés. •

sábado, 8 de junio de 2013

La LIJ y el problema de la lectura­­­


Esta semana que pasó fui invitado por la Biblioteca de las Misiones, de Posadas, donde me hicieron el honor de pedirme la conferencia de clausura del 2º Foro Internacional de Literatura Infantil y Juvenil. He aquí una síntesis del texto que leí.

La LIJ y el problema de la lectura­­­

Aunque soy más conocido como autor de cuentos y novelas para adultos, también soy autor de varios libros para niños. Y aunque no me ha ido mal con ellos, la verdad es que siempre me he sentido un extranjero en este género (...) Me crié leyendo libros maravillosos a los que no he dejado de rendir homenaje cada vez que he podido. José Bento Monteiro Lobato en primer lugar (...) ¿Qué problema tenía la lectura, entonces, para mí? Ninguno. ¿Por qué razón iba a ser un problema la lectura? Al contrario, era un placer incomparable (...) El problema de la lectura se me planteó mucho después, (...) con el reconocimiento del mundo que me rodeaba (...)
            Fui el padre de la primera revista de literatura infantil de la Argentina en la recuperación de la Democracia. Desde 1986, como editor de la revista Puro Cuento, inicié el proyecto que más adelante se llamaría Puro Chico. En las páginas de esa revista que alcanzó una gran popularidad, publiqué a decenas de autores y autoras de la época: M.E.Walsh, Fausto Zuliani, Graciela Cabal, Ana María Shúa, Susana Itzcovich, Elsa Bornemann, Sara Gallardo, Graciela Montes, Jorge W. Abalos, Javier Villafañe, Graciela Falbo, Iris Rivera y de aquí de Misiones a Rosita Escalada Salvo y por supuesto Horacio Quiroga y más y más... Sus cuentos aparecieron en las páginas que yo editaba con un par de amigos en un pequeño departamento del Barrio de Coghlan, en Buenos Aires. Y fue una época gloriosa para mí, además, porque Puro Cuento y Puro Chico no eran revistas sobre literatura infantil, sino de literatura infantil. Eran la creación y la lectura lo que daba razón de ser al proyecto.
            No negaré que me duele, y mucho, el silencio para mí inexplicable que rodeó y rodea todavía a aquella gesta periodística y literaria. Nadie se acuerda hoy de mi revista, en la que también nacieron a la literatura, puedo decir, autores y autoras hoy reconocidos como Sandra Comino, Verónica Sucákzer, Paula Bombara y sigue la lista (...) Después de seis años de lucha y resistencia, de 36 ediciones y 6 revistas específicas para niños, mi empresita fue devastada por la crisis económica que nos trajo a los argentinos el sistema económico-político más dañino y perverso que jamás padeció nuestro país.
            (...) En aquellas dos revistas nos planteamos, ante todo, llegar a los pequeños lectores. Sabíamos que eran los niños el sujeto que le daba razón a nuestro trabajo. Nos saltábamos a los maestros, los padres, los editores, e íbamos directo al grano en diálogo de tú a tú con los chicos y chicas que nos leían. Y que nos escribían cartas y nos mandaban sus opiniones, sus reclamos, sus deseos. Y también sus historias y sus rimas. Y (...) en ese diálogo sin intermediarios nosotros no considerábamos que la literatura pudiera ser infantil. Pensábamos, sabíamos, que la literatura era adulta cuando era de calidad y que por eso mismo llegaría, si bien escrita, al corazón de los niños y niñas de todas las edades y clases sociales.
            Si nosotros éramos capaces de recordar nuestros comienzos como lectores con amor y lealtad a nuestros propios pasados, y si gozábamos aún con los textos que nos habían conmovido cuando fuimos niños, entonces nosotros íbamos a ser capaces de sembrar el amor a la literatura. Que es la puerta de oro para entrar al mundo de la lectura.
            Y no entrábamos como mediadores, no, ni sabíamos lo que era mediar. Y tampoco pretendíamos inculcar moral alguna, ni ser emisarios de nada ni hacer docencia. No. Para nosotros la literatura para niños (que no llamábamos LIJ, porque la verdad es que nos resistíamos al vocablo "infantil") era una oportunidad de compartir literatura nosotros con nuestros compatriotas de menor edad. Respetuosa, francamente, sentíamos ese amor y esa pasión de compartir que además, lo sabíamos, nos hacía mejores a nosotros porque al estar eximidos de todo paternalismo y todo prejuicio nos descubríamos más sensibles y más informados, más democráticos.
            La gran literatura bien podía tener un destinatario de pocos años. Y nuestra tarea de adultos era encontrar el modo de interesarlos e incorporarlos al vasto, gigantesco, inagotable y maravilloso mundo de la lectura literaria. Y para lograrlo sabíamos que contábamos con la gran literatura universal, que estaba ahí, esperándonos y esperándolos (...) Seguíamos entonces a algunos maestros que hoy, también injustamente, muy pocos recuerdan. Inficionados de traducciones muchas veces prescindibles, hoy se recuerda poco y mal a Enrique Anderson Imbert, que fue quien enseñó que los mejores cuentos del mundo antiguo "se confundían con las formas narrativas de la religión, la historia, la filosofía y la oratoria” y (...) que sus primeros lectores fueron pueblos que intelectualmente eran niños.
             (...) También en otras culturas, de las que tenemos una enorme ignorancia, prosperó este género en forma de fábulas, de enseñanzas, de lecciones de vida o de entretenimientos ejemplares, casi siempre destinados a los niños. En China, en India, en Persia, desde antes de la era cristiana, prosperaron tradiciones cuentísticas formidables con fines religiosos, morales, pedagógicos, propagandísticos y educativos.
            Por ejemplo en la India, el Panchatantra (que se supone escrito entre los siglos II a VI) consta de 70 relatos fabulosos de principios morales recogidos para los hijos del rey Amarasakti (...) y su popularidad en Europa fue tan extraordinaria que, durante toda la Edad Media, se sucedieron las traducciones y su difusión. Y en la China antigua, aún antes, el cuento en forma de fábula para niños ya era popular (...) Qué curioso resulta que la riqueza de aquellos cuentos breves, fácilmente memorizables y repetibles, estuvo siempre dada en la intención satírica, en la discusión moral o religiosa, y en la crítica de costumbres.
             (...) Mucho más acá y en nuestro país, y después de los relatos de Constancio C. Vigil y Monteiro Lobato, que tanto influenciaron a varias generaciones, fue la poeta María Elena Walsh la que cambió la historia. En 1960 se inició como autora de cuentos y canciones para niños, y como todso sabemos llegó a ser  una de las escritoras más populares de la Argentina. En 1987 ella misma me contó, en una entrevista que publicamos en Puro Cuento, que se había criado con el cuento en verso y la poesía narrativa. Las nursery rhymes (versos para niños) que cantaban en la escuela, decía ella, "en una cuarteta te contaban un cuentito, una historia. Tenían principio, medio y un final, que a veces era dudoso, generalmente dramático. Versificado, tenía estructura de cuento".
             (...) También entrevisté para mi revista a Elsa Bornemann, quien (...) adoraba a Lewis Carroll y Edgar Allan Poe, a los hermanos Grimm, Quiroga, Elflein y Villafañe. Y aunque se resistía a dar una receta para la literatura para niños, me dijo esto: "Creo que sólo podría proponer dos o tres cosas: una es tomar en cuenta sus necesidades y sus intereses; otra es no menospreciar la capacidad receptora y perceptora del interlocutor de pocos años. Y otra más: la estética, la ética, términos que a muchos adultos les suenan obsoletos o absurdos en tanto deban considerarse como valores en una obra para niños. Y una última: recordar que un cuento que los chicos aman suele ser igualmente apreciado por los adultos, aunque pocos lo reconozcan".
             (...) Con todas ellas —mi madre, mi hermana y después María Elena, Elsi, Graciela Cabal— yo aprendí que la literatura (...) es la versión infinita e irrepetible de lo que la humanidad ha sublimado (...) Es curioso que, habiendo sido las tres más grandes creadoras de este género en la Argentina, las tres fueron educadoras pero ninguna escribió "para educar".
            De hecho cuando hace diez años, en 2003, convoqué el primer equipo de autoras para preparar la antología LEER X LEER, que publicó y distribuyó en todo el país el Ministerio de Educación de la Nación, no fue azaroza mi elección: con Angélica Gorodischer y con mis tres Gracielas (Bialet, Falbo y Cabal) nos pasamos un año entero seleccionando centenares de textos que queríamos que los chicos argentinos recibiesen del Estado. Y en ningún momento pensamos en otra cosa que la gran literatura universal. Ahí están los 5 libros de esa colección en todas las bibliotecas y escuelas del país.
            Y esto es clave, porque ahí radica la importancia fundamental de las primeras lecturas, las que nos formaron y que hoy proponemos como formativas para cada generación que pasa por nuestras manos, nuestras aulas, nuestras bibliotecas. Cada lectura en voz alta, cada texto que compartimos, cada preceptiva lectora que establecemos, individual o grupal, es un lazo y es un puente para sacar de la oscuridad a quien está del otro lado. Y siempre, siempre hay alguien del otro lado. Esa certeza es lo que da sentido al trabajo de los docentes, los bibliotecarios, los mediadores de lectura.
            (...) Hoy es moda pensar que todo ha cambiado, pero algunas cosas no cambiaron tanto. O sólo cambiaron tecnológica y semánticamente. Pienso en las llamadas nuevas tecnologías, que tanto asombran como recelan a los adultos de hoy. Pero no a los chicos, que se crían estableciendo relaciones naturales con lo que a nosotros, y sólo a nosotros los grandes, nos asombra. Los chicos no se asombran; los chicos se desenvuelven.
            E igual sucede con la LIJ y el así llamado "problema de la lectura". Los chicos leen cada vez más, al menos en nuestro país y gracias a la acción sostenida del Estado y de muchas entidades privadas como nuestra Fundación. El problema de la lectura, el verdadero problema de la lectura en la Argentina, hoy, es que la mayoría de los maestros no leen, y los papás y mamás de los chicos tampoco. Ése es el problema, y ésa es la tarea. •

lunes, 3 de junio de 2013

Colón en su lugar y la tozudez en la política



Conocida este fin de semana la declaración del Dr. Oscar Parrilli en los medios, acerca del traslado del monumento a Cristóbal Colón a Mar del Plata, hay que celebrar que quienes nos oponíamos ahora contamos con información oficial. 

Ahora por lo menos es posible mejorar el nivel del debate acerca de esta decisión que, con oportunismo total, el macrismo porteño se apresuró a condenar después de que hicieron silencio durante meses. En mi opinión, ahora sólo vieron en el monumento a Colón una nueva oportunidad de hacer antikirchnerismo barato. Claro que a eso contribuyó el propio gobierno nacional —todo hay que decirlo—, al regalarle al alegre equipo municipal y a los medios hegemónicos un traje a medida.

Como sea, la reiterada decisión de trasladar el monumento sigue siendo, en mi opinión, un error. Las razones ahora expuestas son débiles e inconsistentes para insistir en semejante movimiento y gasto.

En primer lugar porque la cuestión de la competencia en "el cuidado, mantenimiento y custodia de toda la Plaza Colón" no es lo que está en juego. Lo que se reclama es que no se traslade el monumento a Mar del Plata, ni a ningún otro lado. Eso, y no otra cosa, es lo que hay que debatir. Y si no es demasiado pedir, con grandeza.

Es intrascendente que el monumento a Colón haya sido, o no, declarado Monumento Histórico Nacional. Como también lo es la sanción de una ley declarándolo "bien integrante del patrimonio histórico y cultural de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires", hace apenas tres días... Tampoco hacen al caso las "dos violentas agresiones sufridas por el Monumento a Colón a lo largo de su historia", como destaca la nota del Dr. Parrilli. Ni tampoco si la gestión macrista aceptó ceder en 2007 "el cuidado, mantenimiento y custodia de toda la Plaza Colón, incluido su monumento, por razones relativas a la Seguridad de la Casa Rosada".

Nada de eso hace a la esencia de la cuestión. Lo que se pide es que se deje el monumento en su lugar, y se lo repare si está dañado. Eso, y no una disputa político-jurídica más. Quienes reivindicamos la permanencia del monumento en su sitio original no nos interesamos por la disputa judicial entre dos administraciones, ni por un nuevo carnaval de cautelares. Nosotros simplemente queremos que por respeto a la Historia, la estética y el cuidado de los monumentos públicos en los sitios donde originalmente se los instaló, el de Colón continúe donde fue colocado hace un siglo. Y si en efecto está dañado, queremos que se lo repare.

Y el mismo reclamo vale para todas las estatuas, esculturas, conjuntos artístico-arquitectónicos y demás ornamentos urbanos. En todo el territorio nacional.

Por eso sí importa la información respecto del "grave nivel de deterioro que registraba el Monumento a Colón" ya en 2008, así como "el riesgo estructural" y "la necesidad de su desmontaje a los efectos de su preservación patrimonial". Lo cual NO aconseja traslado alguno, sino que habla de la urgencia de una refacción integral para la mejor conservación del monumento. Lo que puede y debería hacerse en el sitio en que está emplazado.

También hay que subrayar la debilidad argumental del "pedido de la comunidad italiana de Mar del Plata", que se contrapone a decenas de pronunciamientos de asociaciones italianas, y de la prensa de toda Italia (que se recomienda leer a los responsables de la idea del traslado).

Y finalmente, respecto de la donación por el Estado Plurinacional de Bolivia de una escultura de la Generala del Ejército Argentino Doña Juana Azurduy, reitero lo escrito en este diario el pasado 20 de Abril, y que acaso la Sra. Presidenta y el Dr. Parrilli han leído: el mejor honor a Azurduy sería erigir ese monumento en el Campo de Polo de Palermo, que es propiedad del Estado Argentino y funciona bajo control del Ejército.

La Historia de una nación no es propiedad de un único conglomerado humano, y sobre todo no se cambia de un día para otro, ni es bueno que lo haga un solo gobierno, por más legitimidad que tenga. El debate histórico siempre es necesario y lleva mucho tiempo, y es bueno que así sea. Es un don magnífico de la Democracia.

Por eso es absurdo convertir este debate, necesario y republicanamente saludable, en una cuestión "K o antiK". Como sería absurdo, en mi opinión, el empecinamiento en no dar marcha atrás cuando se ha tomado una decisión errada. Si una virtud tuvo Colón en vida fue ser un tano tozudo. Sólo así pudo emprender su alucinada travesía. Pero no por eso la tosudez es un valor político. Todo lo contrario.

Aunque el traslado parece ya irreversible, quiero creer que en el gobierno nacional alguien entenderá, todavía, que es más conveniente, sensato, razonable y respetuoso de la Historia y de la cultura inmigratoria de nuestro país, dejar al gran navegante genovés en su emplazamiento original, restaurado y embellecido. Y colocar a la Generala Azurduy en el sitial de honor de un hermoso predio del Ejército Argentino. Ojalá en los oídos del poder no impere la sordera.