Aviso por los comentarios
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Las únicas 2 (dos) vías de sociabilidad virtual que manejo son este blog y mi página en FB. Ninguna otra cuenta, muro o perfil —en Facebook, Twitter o donde sea— me representa. Por lo tanto, no me hago cargo de lo que ahí puedan decir o escribir personas inescrupulosas.
domingo, 27 de enero de 2019
EL TIPO, un cuento de hace muchos años
Ojalá les guste.
https://www.pagina12.com.ar/171103-el-tipo
sábado, 12 de enero de 2019
Mi cuento "Juan y el sol" en una revista de China
domingo, 14 de enero de 2018
JUAN Y EL SOL

Y sé que les debo el posteo de mis últimos artículos de los lunes. Quizás mañana.
https://www.pagina12.com.ar/89086-juan-y-el-sol
martes, 9 de enero de 2018
Otro cuento en Página/12: JESUS EN EL BAR LA ESTRELLA
https://www.pagina12.com.ar/87686-jesus-en-el-bar-de-la-estrella
Y SÍ, OLVIDÉ POSTEAR VARIOS ARTÍCULOS. MAÑANA LOS ACTUALIZO, PARA QUIENES ME HACEN EL HONOR DE INTERESARSE POR ESTE COSARIO!
sábado, 23 de diciembre de 2017
Un CUENTO DE NAVIDAD, como todos los años...
Tomé el modelo de Charles Dickens, hace años, y aquí sigo...
Hoy publiqué en el diario este cuento.
Ojalá les guste.https://www.pagina12.com.ar/84627-el-pueta-lugurua-o-la-navidad-de-los-bancarios
martes, 31 de enero de 2017
https://www.pagina12.com.ar/16861-tiempo-de-cosecha
https://www.pagina12.com.ar/16860-el-cuento-por-su-autor
domingo, 17 de enero de 2016
Appasionatta número cero, un cuento para el Verano austral
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-290491-2016-01-17.html
jueves, 24 de diciembre de 2015
Un Cuento de Navidad: Batuque en Ramos Mejía
Con mis mejores deseos para estas celebraciones y para el año que viene.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-288953-2015-12-24.html
jueves, 25 de diciembre de 2014
Cuento de Navidad 2014
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-262576-2014-12-24.html
Ojalá lo quieran leer, y felicidades a todos/as los lectores de este blog!
domingo, 12 de enero de 2014
VACACIONES, DÓLAR y CALOR - 3 lecturas para un Domingo
Mi columna dominical habitual en el The Buenos Aires Herald:
http://buenosairesherald.com/article/149468/inflation--market-blues-in-a-sultry-week
Un artículo en la misma línea de pensamiento en el Página/12:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-237554-2014-01-12.html
Y un cuento en el suplemento Verano/12 del mismo diario: "LA NECESIDAD DE VER EL MAR":
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-237528-2014-01-12.html
miércoles, 1 de enero de 2014
Mi último cuento: LA CHINA DE PANAMÁ
Como quiera que sea, si alguien tiene curiosidad, aquí está mi último cuento de Navidad, publicado en la contratapa del diario Página/12 del pasado 24.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-236354-2013-12-24.html
Con mis mejores deseos para el año que hoy se inicia.
lunes, 18 de febrero de 2013
Estación Coghlan en Inglés
Pensé que a algunos seguidores y/o lectores de este blog les podría interesar esta traducción de uno de mis cuentos. La hizo Diego Bard y me parece un encomiable trabajo, que agradezco.http://contemporaryargentinewriters.wordpress.com/2012/11/21/hello-world/
jueves, 31 de enero de 2013
Un cuento para mis lectores: La madriguera

Hoy, en el suplemento Verano/12, junto con el diario, y con una nota de autor acerca de la historia de este relato.
Ojalá les guste.
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-212935-2013-01-31.html
lunes, 24 de diciembre de 2012
Un cuento de Navidad: La perrita de Dámaso
Como todos los años, mi Cuento de Navidad en el diario Página/12 de hoy:http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-210520-2012-12-24.html
¡ Y que pasen felices fiestas y tengan un excelente 2013 !
sábado, 21 de enero de 2012
Un cuento en el Página/12 de ayer
sábado, 24 de diciembre de 2011
Cuento de Navidad 2011
sábado, 2 de abril de 2011
1982 -2 de Abril- 2011
domingo, 11 de julio de 2010
Allá bailan, aquí lloran
Para Juan Rulfo
Juana hunde la pala y se seca la transpiración. Vuelve a hundir el instrumento en la tierra, quita otros terrones, respira agitada, dolorida, y sigue y sigue. Cada tanto, se yergue, se inclina hacia atrás, arqueando la espalda, y luego vuelve a palear. Piensa que antes de que oscurezca debe tener el fuego encendido en ese rectángulo de tierra que está preparando, como de cuatro metros por cuatro. Oye la música de la bailanta que se organiza en la otra cuadra, en el rancho de Vicenta Torres, chamamés invitadores, uno que otro paso doble, alguna cumbia alegrona, procaz, incitante, y prefiere no pensar en la alegría de ese 24 de junio, cuando todo el pueblo se lanzará a cruzar las brasas encendidas con los pies descalzos, sin quemarse (así dicen) porque es la noche de San Juan y en todo el Chaco se celebra la fiesta de Tatá Yejhasá.
Y vuelve a palear porque ella no siente alegría alguna, porque en el interior de su rancho, entre cobijas y sobre la mesa de madera, junto al catre donde se apretaron unas pocas veces (ahora le parecen demasiado pocas, insuficientes), bajo una cruz de bronce que le prestó el cura y rodeado de una decena de velas ardientes, está el cadáver de Rosauro, con su cara quieta y relajada y sus ojos, que eran negros y bellos, y saltones como los de un yacaré, cerrados para siempre. Y vuelve a palear. Para no pensar más.
En la victrola ponen ahora “Puente Pexoa” y el rasguido doble llena la tarde, mientras Juana se arquea otra vez y ya parece que termina el cuadrilátero justo antes de encender el carbón que rociará por todo el espacio que prepara, porque ella es devota, se dice, y no es cuestión de fallarle al santo, y aunque no irá a la fiesta ella cruzará las brasas, como al Rosauro le hubiese gustado, si en cierto modo por eso lo mataron. Bueno, no fue así exactamente, pero en cierto modo sí fue. Porque él quería lucir, esa noche del 24, unas alpargatas nuevas, negras, de lona limpia, que suplantaran a esas bigotudas que ahora sobresalen del borde de la mesa, detenidas para siempre, nunca más bailadoras, nunca más andariegas, juguetonas. Él quería unas alpargatas nuevas y por eso se conchabó en el ingenio, aunque le dijeron que no lo hiciera porque estaban en huelga y no era cuestión de ser carnero, porque la solidaridad, los ingleses explotadores y todo eso. Pero ella sabía que él no tenía ninguna mala intención; sólo quería unas alpargatas nuevas y también plata para una tela floreada con la que ella, Juana, se hiciera un vestido para la fiesta de San Juan.
Y otra palada, que parece la última, acaso lo sea, y volver a erguirse, apoyarse las palmas en las caderas, sobre los riñones, y mirar el campo: esa planicie empecinada, interminable, reverdecida por las últimas lluvias, con los cañaverales desgastándose, secos en algunas partes, inútilmente germinados en otras, porque la huelga lleva ya dos meses y la fábrica no muele y si hasta parece que el olor a bagazo y a alcohol han desaparecido del aire. Y entonces una última palada y a prender el fuego de carbón de leña como ella sabe hacerlo, creándole un corazón de llamitas en el centro, soplando suave pero indetenidamente por los costados, colocada en cuatro patas y apantallándolo con un pedazo de cartón, para que crezca como un niño sano, como el que soñaron con Rosauro pero ella no tendrá porque acaban de llegarle las sangres de ese junio fresco, apenas otoñal.
Y enciende el carbón de abajito, despacio y bueno, fuerte el fuego, impetuoso, mientras escucha “Mi linda paloma blanca” y evoca un abrazo, otra bailanta de hace un par de años, una escapada a la orilla de la laguna, el vigor de Rosauro soltándole el pelo y alzándole la pollera, y no puede evitar un estremecimiento, ni el llanto que no reprime, porque después de todo, se dice, cómo no llorar si él está muerto, y entonces se enjuga las lágrimas en el antebrazo moreno y vuelve a apantallar el fuego, que sube lento, desde el corazón, como un sentimiento noble.
Allá lejos se oyen los primeros gritos, los saludos y sapukays cuando llegan las carretas y los sulkys, y se maniatan los caballos al palenque, a las ramas bajas de los naranjos; hay un rumor que llena el aire, rumor de voces, de diálogos breves, salutaciones y primeros brindis, porque ya cae la noche y las estrellas empiezan a reverberar en el cielo, y ella recuerda la noche de antenoche, cuando Rosauro volvió de la fábrica y dijo “estoy cansado, molido, y tengo miedo”, y ella dijo “salite, Rosí, andan diciendo que'stá mal lo que hacés”. Él replicó “sólo sigo hasta el viernes, por la alpargata, ¿sabés?”, y se rió al ceñirle la cintura y echarse sobre ella, en el catre que pareció cloquear con suave golpeteo contra el piso de tierra.
Sólo sigo hasta el viernes, recuerda Juana, esa frase la ha repetido ya mil veces y se jura que la repetirá siempre, toda la vida si la vida es siempre, sólo sigo hasta el viernes, dijo él, y sí, el viernes se detuvo, lo detuvieron, no pudo seguir porque se le cruzó alguien al salir del ingenio, junto a un muro lateral de la fábrica. Dos puntadas recibió, las dos sabias, certeras, una con leve error y la otra más precisa que le partió el corazón, así dijeron las amigas, Vicenta, Doña Encarnación, Martita, la Eduviges, cuando llamaron a la puerta del rancho palmeando muchas veces, le partió el corazón, repitieron, encimándose, como rivalizando para ser cada una la primera en dar la infausta nueva, dos puntadas, de cuchillo grueso, así de grande, como machete pero corto, le dijeron mientras ella negaba con la cabeza, semiahogada, como estaqueada al piso y sin entender, aunque reconociendo que se cumplían sus presagios.
Era viernes de noche y ella había tenido tanto miedo. Tanto. Lo había silenciado esa mañana, cuando Rosauro se fue para el ingenio y saludó “hoy termino, Juana” y pucha si era cierto, ahora que todas medio le gritaban, excitadas como avispero apedreado, y algunas ya ensayaban su función de lloradoras y Doña Encarna la rodeaba con sus brazos gordos, anchos como durmientes de ferrocarril y le decía “vení, mijita, tenés que ser juerte”, y ella se preguntaba qué era ser fuerte, y qué llorar si se quedaba sola, si todos sus presagios se cumplían nomás.
Como para quitarse la confusión vuelve a pasarse el antebrazo por la frente, da un pisotón para repeler un mosquito que le chupa el tobillo y se queda mirando las llamas embravecidas, crepitantes, que ya abarcan todo el enorme contorno de leñas, el fuego está listo, piensa, mirando subir las llamas. Se aparta un poco del calor y mira, por sobre la fogata, la inmensidad del campo y allá, como a cientocincuenta metros, la fiesta que se pone linda en lo de Vicenta Torres, donde se ha congregado todo el pueblo para cruzar las brasas encendidas, porque es la fiesta del Tatá Yejhasá y no se queman las plantas de los pies, y para después bailar y empedarse y gritar, gritar hasta el amanecer, gritar cómo ella evita hacerlo en este instante en que escucha a sus espaldas que el último asistente al velorio se despide: “Chau, Juana, ya me voy”, dice, culposo, el viejo Roque Pérez, y agrega: “áhi se queda un rato más la Eduviges, pero vos entrá, chamiga, que no se lo debe dejar solo”, y se da vuelta y sale.
Juana lo mira rodear a paso lento el rancho, agitando una mano en débil saludo hacia Eduviges, que está adentro, sentada en un banquito junto al cadáver, llorando desde las seis de la tarde, cuando suplantó a Rita Brozniky, que lloró desde las tres, cuando se retiró la Lucre Bertini, que estuvo a la siesta, y antes ni se acuerda ni tiene importancia porque lo que importa ahora es que deberá volver al rancho para que salga la última y ella se quedará sola con su Rosauro muerto y frío, empalidecido a la luz de las velas y el Soldenoche que cuelga del travesaño de algarrobo del techo, quién sabe si a punto de terminársele el querosene.
Lentamente, se pone de pie y esparce el fuego. Palada a palada va colocándolo en el cuadro que ha trazado, de apenas unos centímetros de profundidad, concentrada mecánicamente en su accionar y sin pensar, sin escuchar los renovados gritos ni la música estridente de “Los Wawancó” que arranca nuevos bríos al jolgorio de la otra cuadra, de donde también llega el ruido de un botellazo, un relincho, acaso un beso entre la hierba. Juana reparte prolijamente las brasas, que parecen adquirir nuevo brillo al caer, al despedazarse los carbones. Y cuando acaba suspira profundo, mira al cielo, se muerde el labio inferior para reprimir su dolor y se dirige al rancho, al que entra apartando la cortina de arpillera.
La Eduviges la ve y cesa su llanto, se seca las lágrimas con un pañuelo amarillento y dice:
—Me voy, Juana, seguí vos.
—Andá nomás, chamiga, y gracias. Yo sigo, sí.
Y cuando la otra se retira, se repite a sí misma yo sigo, sí, yo sigo, sí, y se sienta en el banquito de sentadera caliente y se pregunta cómo seguir, si va a llorar, qué va a hacer ahora. Se distrae mirando las alpargatas viejas de Rosauro, que asoman sus hilachas bajo la manta que cubre el cuerpo todavía ensangrentado, de pecho enrojecido y seco y frío. Y piensa que debe haber sido el Rufino el matador, porque siempre le tuvo celos al Rosauro, porque la quiso primero a ella pero cuando ella era muy niña y no lo aceptó, hace no sabe cuántos años. Y se dice que después de todo no importa, nunca lo sabrá, y siente una pizca de culpa pero especialmente porque ahora es incapaz de llorar; simplemente mira el cadáver y entonces empieza a hablarle, en voz baja, total está sola en el rancho, todo el pueblo está en la fiesta de San Juan, y já, se ríe, irónica, allá bailan, aquí lloran, pero enseguida se pregunta quién llora si ella misma no es capaz de hacerlo, si no tiene fuerzas, ni ganas, porque hay que tener fuerzas también para el dolor, para imaginar siquiera una venganza y eso no, ella está sola, derrotada, sola y sin Rosauro y ahora qué.
Entonces se quita las zapatillas y se queda en patas, contemplando el penumbroso ambiente envelado hasta que descubre que, involuntariamente, sus pies siguen el ritmo de un tema de Palito Ortega que ha silenciado la cadencia del último chamamé.
Entonces piensa en rezar, pero cuando llega a mas-líbranos-de-todo-mal se da cuenta de que es inútil, ni de eso tiene ganas, quizás de bailar con Rosauro pero eso nunca más, entonces se pone de pie y da los dos pasos que la separan de la mesa y sobre ella se tiende, abrazándose a su hombre, decidida a no pensar más, ni en la huelga ni en los cañaverales, ni en las alpargatas nuevas que él quería, ni en que debería llorar porque a los muertos hay que llorarlos, ni en que acaso fue el Rufino, ni en que le partieron el corazón de dos puntadas, una errónea, la otra certera, como le partieron el corazón.
Y cuando la voz de Palito Ortega se repite en la victrola lejana y a ella como que le aletean los pies, listos ya para entrar a las brasas, porque así debe ser en una noche de Tatá Yejhasá, y porque así lo iban a hacer juntos, él quitándose sus alpargatas nuevas y ella recogiéndose la pollera para cruzar sonrientes, confiados, medio rezando entre los rezos de la gente, quizás profiriendo grititos amorosos, esas brasas de la casa de Vicenta Torres, cuando Palito canta “La felicidad jajá-jajá”, a Juana se le ocurre alzar al Rosauro y lo hace, robusta, pujante, abraza el torso de Rosauro, yergue su cuerpo semiendurecido hasta que consigue ponerlo de pie aprovechando la extraña rigidez encorvada del cadáver, y se lo lleva, medio arrastrando, medio forcejeadamente, respirando agitada, hasta el patio posterior del rancho donde arde el cuadrilátero de brasas, y allí se lanza, con el Rosí grandote, el Rosauro lindo, amado, pesadísimo en sus brazos, y pisa los primeros carbones que le queman la carne, le calcinan chicharreantes las plantas de los pies, a pesar de lo cual ella danza que “la felicidad jajá-jajá”, la voz de Palito parece que sube al cielo y baja sobre ellos dos, y Juana soporta el dolor y se olvida de rezar, única manera de que el Tatá no te queme, le han dicho, se olvida de rezar y desfallece y siente, aterrada, que se le cae el cuerpo del Rosauro, que empieza a chamuscarse sobre el fuego, y ella titubea un segundo pero se acuesta junto a él, aguantando el dolor, convencida de una vez y para siempre de que la muerte, la maldita muerte no tiene por qué doler, y aguanta, y aguanta, y aguanta... •
Buenos Aires, 1975 - México, 1982.
jueves, 24 de junio de 2010
El libro perdido de Jorge Luis Borges
De mi libro ESTACION COGHLAN Y OTROS CUENTOS (2006)
Para Bebe Martínez
Borges tenía los ojos cerrados y sobre su falda descansaba una carpeta de cuerina color obispo. Parecía rezar, aunque tratándose de él uno debía suponer que estaba componiendo o recitando un poema. Fue muy amable conmigo y cuando me presenté como compatriota dijo, sonriente:
—Quizás no sea casualidad que dos argentinos nos encontremos a tanta altura. Ya ve cómo nos cuesta tener los pies sobre la tierra.
Me preguntó en qué podía servirme y le respondí que simplemente no quería dejar pasar la ocasión de saludarlo y le conté, brevemente, que acababa de publicar un cuento titulado “La entrevista” en el que yo imaginaba que él, Borges, llegaba a los 130 años de edad sin ganar el Premio Nóbel y un editor norteamericano de voz meliflua me encargaba a mí, para entonces un viejo cronista jubilado de ochenta y pico de años, que lo entrevistara.
Naturalmente, Borges no se interesó por mi ficción, pero sí inquirió acerca de mi interés en él: quiso saber qué obras yo había leído, o cuáles conocía, al menos. Me di cuenta que le importaba distinguir a un cholulo de un lector, de modo que le conté que lo había leído completamente gracias a un torneo de ajedrez entre escritores. Sin dudas lo halagué y desperté su curiosidad. Entonces le referí la breve historia de mis años de trabajo en la vieja Editorial Abril, donde además de una excelente escuela de periodistas había decenas de buenos poetas y narradores y casi todos jugaban bastante bien al ajedrez. Mencioné, por supuesto, a muchas distinguidas plumas de entonces, comienzos de los ‘70. Comenté que todos lo habían leído y querían ganar el premio que la editorial había dispuesto para el campeonato de aquel grave año de 1975: sus Obras Completas. Pero quiso el azar (le dije, sabedor de que le encantaría tal atribución) que campeonato y premio los ganara yo, que era un jovencito infatuado que por entonces privilegiaba a la Revolución por sobre la Literatura y que no lo había leído por puros prejuicios juveniles.
—Quizá usted tenía razón —me reconvino—. Fue el año en que yo dije que Pinochet y Videla eran dos caballeros. Un desatino del que hoy me avergüenzo.
De todos modos, era imperdonable que siendo yo entonces un joven aspirante a narrador no lo tuviese leído y bien leído, así que le conté que de inmediato había subsanado mi falta y le manifesté mis preferencias. En un momento él me interrumpió para pedirme que por favor no fuera tan superlativo, y finalmente le confesé que me llamaba mucho la atención su insistencia en mencionar textos inencontrables como el Nekronomikon, la Primera Enciclopedia de Tlön, El acercamiento a Almotásim, las obras de Herbert Quain tales como El Dios del Laberinto, Abril Marzo, El Espejo Secreto, etc., y sus menciones de otros autores que solía nombrar como Joahnn Valentin Andre, Mir Bahadur Ali, Julius Barlach, Silas Haslam, Jaromir Hladik, Nils Runeberg, el chino T’sui Pen, Marcel Yarmolinsky, las confesiones de Meadows Taylor o las según él siempre oscuras, incomprensibles ideas filosóficas de Robert Fludd.
Borges se rió de buena gana y me dijo, enigmáticamente:
—De todos esos libros, sólo uno es verdadero. Y lo tengo escrito.
Sólo atiné a mirarlo fijamente, encandilado por ese hombre delicado y magro cuya ceguera miraba mejor que nadie el infinito vacío que había del otro lado de las ventanillas, mientras acariciaba rutinariamente la empuñadora de su bastón.
El advirtió la densidad de mi silencio.
—Más aún: tengo aquí un borrador —dijo suavemente, casi un susurro— ¿Quiere echarle una ojeada?
Me emocioné, diría, hasta el borde mismo del llanto. Le dije que por supuesto, le agradecí el gesto disimulando ineficazmente mi ansiedad, y cuando me tendió la carpeta de cuerina color obispo yo regresé a mi asiento en la clase turista, en el fondo del avión, y me sumergí en la lectura.
El texto llevaba un extraño, borgeano título que sinceramente no recuerdo con exactitud. Tonto de mí, creo confusamente que era El irregular Judas o algo así. Era una novela, o lo que yo supongo que debía haber sido la novela de Borges, mecanografiada por alguien a quien él le habría dictado. La trama era sencilla: Egon Christensen, un ingeniero danés, de Copenhague, llegaba a Buenos Aires en 1942 como jefe de máquinas de un carguero cuyo capitán no se atrevía a partir por temor a ser hundidos por los acorazados alemanes que infestaban el Atlántico Sur. Egon se radicaba cerca de La Plata, revalidaba su título de ingeniero y marchaba a Jujuy, conchabado por el Ingenio Ledesma. Su pasión era el ajedrez, admiraba a Max Euwe, y en Jujuy vivía una peripecia amorosa y otra deportiva, ambas colmadas de paradojas.
Lo extraordinario, desde luego, eran su prosa, la infinita rigurosidad de vocablos, el armado preciso y despojado de la secuencia exponencial, una inevitable mención a Adolfo Bioy Casares, la retórica perfecta y sobre todo la erudición, que dejaba perplejo al privilegiado lector que yo era.
Cuando terminé, temblando de emoción y agradecimiento, le llevé la carpeta de regreso. Borges dormía, con la cabeza inclinada sobre un hombro como un capullo de algodón quebrado. Me pareció inconveniente despertarlo, y además estaba tan impresionado que sólo iba a ser capaz de decirle tonterías. Preferí depositar suavemente la carpeta sobre su regazo.
Cuando llegamos al Aeropuerto Kennedy, a él lo recibió un montón de gente que subió al avión (editores o embajadores, supongo) y vi cómo se lo llevaban de prisa a un salón Vip.
Al cruzar Migraciones vi también, y con espanto, que la misma carpeta de cuerina color obispo estaba en manos de un hombre muy alto, rubio, de inconfundible aspecto escandinavo. Me pareció haberlo visto en la primera clase, pero no estaba seguro y era ya un dato irrelevante: lo evidente era que le había robado el manuscrito a Borges.
Me alarmé y dudé si denunciarlo a los gritos o correr hacia el hombre para rescatar la carpeta puesto que ya no podía avisarle a Borges ni a quienes lo acompañaban. El oficial de migración me dijo no sé qué cosa y en el segundo siguiente perdí de vista al danés, porque era un danés, sin dudas. Sentí un extraño pánico que me duró todo ese día y los que siguieron. Leí con angustia los diarios de toda esa semana, esperando encontrar una denuncia, el reclamo de Borges o sus representantes. Pensé incluso que él podría acusarme de semejante atropello.
Nada. No sucedió nada y, que yo sepa, él jamás pronunció una palabra sobre el episodio. Y yo no volví a verlo hasta una noche de 1985, ya en el desexilio, cuando de la Editorial Sudamericana me invitaron a una charla de Borges sobre un libro de viajes que había escrito con María Kodama. Fui con la intención de preguntarle acerca de aquella carpeta de cuerina color obispo. Pero en un momento, ante la primera pregunta del público, él contó que una vez, durante un viaje en avión, había soñado con un tipo que se le acercaba desde la clase turista y al que él engañaba entregándole un texto apócrifo que aquel hombre jamás le devolvía.
Decidí callar, por supuesto. Borges falleció tiempo después, como todo el mundo sabe, en Ginebra. •
miércoles, 2 de enero de 2008
El sueño angustioso de Canetti
De mi libro SOÑARIO (2008)
Era un caballo magnífico que pasaba por el medio de la calle. Sin montura, salvaje y desenfrenado, impactaba su trote marcial, brioso, todo energía y poder. En el sueño el escritor lo miraba, fascinado y perplejo, desde su ventana. Lo evaluaba con preocupación, porque era una fuerza desbocada, en apariencia incontenible, una especie de loca marea de músculos y aceros que salpicaba de chispas el pavimento, que después de la lluvia brillaba como inundado de minúsculas estrellas. La preocupación que sentía estaba relacionada con la idea de la devastación que toda fuerza desbordada implica. Ese caballo desatado y sin destino, esas chispas, ese fuego interno, intenso, calcinante, no autorizaban la ironía ni alentaban intentos poéticos. Lo que se desplazaba ante sus ojos, capaz incluso de una belleza fría, metálica, era esa fuerza que llamamos bruta, siempre fascinante pero ominosa y letal.
Aquella mañana de 1939 Elías Canetti se despertó con la boca seca y una odiosa ansiedad que le inundaba el alma. Un rato después, cuando lo llamaron para avisarle que los tanques alemanes habían cruzado la frontera polaca, hizo lo único que podía hacer para intentar el imposible sosiego de esa angustia perfecta que sentía: se puso a escribir. •


