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sábado, 25 de mayo de 2013

Elsi Bornemann se cambió de barrio


No es cierto, no se crean ninguna mala noticia. Elsita anda por ahí, en sus libros, en su sonrisa, acaso en sus gatos. Yo le mando un beso con todo el cariño que nos tuvimos siempre, que fue mucho y grande. Y con el beso, reproduzco esta conversación que 
mantuvimos a fines de 1991, que luego publiqué en la revista Puro Cuento Nº 32, y que ahora se encuentra en mi libro "Así se escribe un cuento".

            Chau, loca linda, y me debés el té que me prometiste hace tres meses, la última vez que hablamos por teléfono...

El cuento es una ola; un intenso día de vida; un amor a primera vista; un relámpago perdurable

Es muy rubia y sus ojos azules tienen una mirada transparente y llena de curiosidad. Es una mirada franca, sensible, diáfana, de persona que jamás caretea y que sabe muy bien todo lo que no le gusta. Certeza que el entrevistador ratifica en cuanto se sienta con un café ante sí y da comienzo la charla, mesa de por medio, observados por dos gatos que permanentemente se subirán a la mesa, hurgarán entre papeles o dormitarán sobre los sillones, cual verdaderos amos de ese moderno y ordenado departamento de la calle Bulnes, en el porteño Barrio Norte capitalino. Tan porteño como la manera de hablar de Elsa Bornemann, esta mujer que se define “infatigable ama de casa y maestra vocacional”, y que habla como esas muchachas de los años setenta que iban a manifestaciones y creían que era posible cambiar el mundo hasta que aparecieron los lobos feroces que engendraron, después, a los pragmáticos de hoy.

En cuanto uno entra, se siente atrapado por la cordialidad y la buena onda que destila esta mujer, que todavía no llega a los cuarenta años, pero es madre de dos hijos ya grandes y tiene una inmensa sabiduría, un sólido sentido común y una franqueza poco frecuentes. Sus respuestas son amplias, completamente femeninas (si por tal se entienden el irse por las ramas, el humor sutil y la ironía) y además tiene la costumbre de dibujar con los dedos en el aire —o sobre la mesa, mientras dice lo que dice— como si necesitara acentuar sus expresiones. Durante la charla (celebrada en noviembre de 1991) gesticula constantemente, fuma un cigarrillo tras otro, confiesa ser muy supersticiosa y no deja tema sin responder.

Hija de “un relojero alemán especializado en campanas, carrillones y relojes de torre”, Bornemann es, como casi todo el mundo sabe, uno de los más importantes escritores de literatura paro niños de este país. Maestra Normal Nacional y profesora de inglés, de alemán v de letras (egresada de la UBA), ha sido premiada y reconocida internacionalmente. Su obra es tan original como numerosa, y de sus más de veinte títulos pueden citarse Un elefante ocupa mucho espacio, Cuadernos de un delfín, Cuentos a salto de canguro, El libro de los chicos enamorados, Bilembambudín o el último mago, La edad del pavo, Los desmaravilladores y Socorro (12 cuentos para caerse de miedo).

GIARDINELLI: ¿Cómo te iniciaste en la literatura?

BORNEMANN: Sentí que escribir era mi modo natural de expresión, no bien empecé a hacerlo. La lectura de libros, y de poemas y cuentos, fue acentuando esa impresión y por suerte fui hija de padres que consideraban que los libros también formaban parte de la canasta familiar, por muy modestamente que viviéramos. Mis primeros escritos “libres” (es decir, que no respondían a la imposición de ejercicios escolares) son de cuando tenía ocho o nueve años. Creo que mi vocación literaria nació cuando me di cuenta de que las palabras significan algo más que un medio de comunicación entre la gente. Caí en un estado de enamoramiento por las palabras, la lengua castellana y los idiomas en general. Y ya no dejé de escribir. Y cuando cursaba el magisterio comencé a componer los versos que después se publicaron en mi primer libro: Tinke-Tinke.

—¿La poesía fue tu pasión inicial?

—Sí, muy tempranamente. Y es una pasión que jamás abandoné.

¿Y con el cuento, cómo fue el amor?

Bueno, en mi casa se valoraba mucho toda la literatura. Se leía mucho y de todo. A pesar de su exigente ritmo de trabajo mis padres nos educaron, a mis hermanas y a mí, en el gusto por la lectura. Hasta que aprendí a leer, me leyeron y contaron: mi hermana mayor, mi mamá (que solía inventarlos) y mi papá, que me los leía en alemán, sin traducírmelos porque decía que si prestaba mucha atención los iba a entender.

¿Quiénes eran los autores de esos cuentos de tu infancia?

Recuerdo con nitidez el impacto que ejercieron sobre mí muchos autores: Lewis Carroll, Andersen, Poe, Hofímann, Busch, los hermanos Grimm, Quiroga, Elflein, Villafañe... La lista sería larguísima, de nunca acabar. Y tampoco querría dejar de mencionar los cuentos de autores anónimos como los de Las mil y una noches, ni las leyendas españolas, nórdicas, argentinas, italianas... Yo, de chica, leí muchos cuentos. Sólo cuando iba terminando la primaria, y me duró hasta cerca de los treinta, me atraparon las novelas, de toda índole. Pero actualmente prefiero los cuentos.

¿Qué es un cuento, para vos?

—Una ola; un intenso día de vida; un amor a primera vista; un relámpago perdurable.

¿De dónde nacen tus textos?

—De todo lo que me conmueve, me divierte o me hace sufrir, reflexionar, dudar. También nacen de la realidad, sin dudas, aunque obviamente se añaden contenidos que provienen del mundo onírico y de la imaginación. Y además está la cantera de la memoria ¿no?

Alguna vez me dijiste que vos sí creías en la inspiración. ¿Es así?

—Sí, y me animaría a describirla como un súbito golpe de sol o roce de nieve en el medio de los ojos, contra el alma y a su favor. Una sensación extraña y movilizadora de la posibilidad de escribir “eso” y “ya”. Y entonces uno lo escribe como al dictado... Esa conmoción de la sensibilidad puede producirse con frecuencia o no. Creo que todos padecimos (o disfrutamos, vaya uno a saber) etapas durante las que deseamos relacionarnos con las palabras y ellas han desaparecido. Y recién dije “disfrutamos” porque, en ocasiones, me asalta la sospecha de que no se escribe en tiempos felices.

¿Qué influencias literarias reconocés?

—Bueno, de hecho todos los escritores que he leído y leo con placer influyeron e influyen en mi obra. También reconozco una considerable influencia de la pintura, en particular de la surrealista, expresionista e hiperrealista. Me conmueven, y movilizan mucho mi imaginación.

Como egresada de Letras, ¿te interesás por las técnicas narrativas? ¿Juegan un papel en tu labor creativa?

—A partir de los 13 años, cuando leí un tratado sobre “El arte de escribir y la formación del estilo”, me interesaron mucho. Por supuesto, mi tránsito por las aulas de Filosofía y Letras acrecentó el interés. Pero ahora me gusta descubrirlas por mis propios medios y formarme un perfil aproximado de cada autor que leo, de acuerdo con los recursos a los que apela. En cuanto a mí... escribo cuando siento que me resulta impostergable hacerlo. Y eso me sucede constantemente, para alegría de quienes se hermanan con mis libros y para “mufa” de quienes no.

¿Qué pensás de los talleres literarios? ¿Tuviste uno alguna vez?

Integré dos talleres de teatro, coordinados por Pablo Palant, y después tuve varios talleres de literatura para niños. Mi experiencia es positiva, totalmente enriquecedora, pero sé que ésa no tiene por qué ser la regla general. Como en todas las actividades humanas, vos sabés, abundan los comerciantes, los ególatras, los incapaces, los irresponsables... y mejor paro de enumerar. De todos modos, considero que los talleres son útiles si son generosos para propiciar el crecimiento interior (y literario, claro) de los asistentes, y en tanto no se constituyan en un modelo único que imitar.

Tu producción es impresionante, parece una cantera inagotable. ¿Cuál es tu método de trabajo, cuál tu disciplina?

Siempre escribo a mano, en primera versión. Luego paso los borradores a máquina. Después los corrijo nuevamente a mano, en una tercera, y con colores. Entonces dejo el texto durante un cierto tiempo (o para siempre...) y lo retomo más adelante para supervisión y otras pasadas a máquina, hasta que quedo más o menos conforme... De hecho, escribo a diario. Como mi reloj biológico funciona con más lucidez durante la noche, suelo andar insomne y desvelada hasta el amanecer. Y como pertenezco a un mundo regido por “gallos”, estoy agotada, por lo general, hasta las nueve de la mañana.

¿Y como lectora, cómo sos? ¿Leés cuando estás escribiendo un libro?

—No sé, soy muy desordenada, exigente, voraz... No obstante, creo que soy cien veces mejor lectora que escritora. Y no es modestia, ¿eh?

¿Y con base en qué elementos disfrutás o rechazás un cuento o una novela?

Siempre espero que una narración me seduzca desde las primeras líneas, que me impulse a leerla de un tirón, que su final no se me aparezca como demasiado previsible y que, apenas concluida su lectura, me resulte de olvido imposible a pesar de que —seguramente—voy a volver a ese texto en varias oportunidades, ya sea para recrearlo en mí o para compartirlo.

¿Hay algún género que prefieras, de todos los que practicás?

—No, no tengo uno preferido.

¿Qué distingue al cuento de la nouvelle y de la novela?

El cuento requiere de un gran poder de síntesis; de concentración en una idea que, sin embargo, debe estar claramente delineada; y debe tener intensidad en la caracterización del o los personajes, sin admitir elementos accesorios. Todo en el cuento es —o mejor dicho: debe ser— esencial. En cambio la nouvelle, aunque suele asociársela con el cuento largo, no es cuento. Creo que participa mas de los rasgos de la novela. En nuestro idioma, podríamos hablar de “novela breve”. Y digo que participa de rasgos novelísticos porque pareciera que la novela pretende extenderse sobre una idea base en profundidad, y agotar todas las perspectivas de acercamiento a la misma, ¿no? Es un género de tanta complejidad como el cuento, sólo que a veces se ramifica tanto, se explaya acerca de tantos personajes, situaciones, escenarios, etc., que uno tiene la sensación de estar leyendo una enciclopedia de ramos generales o algo así.

¿Tenés buena relación con tu propia obra?

—Sí, aunque eso no significa que viva fascinada por mis libros. Lo que pasa es que la respuesta de mis jóvenes lectores me da energías para seguir escribiendo. Pienso que si sus potenciales destinatarios (los chicos, claro) no me respondieran como lo hacen yo no persistiría en una escritura tipo auto-espejo. Son ellos los que tienen que reflejarse.

Como autora de cuentos para chicos te has destacado entre otras cosas por proponer un mundo fantástico, alucinante, pero en el que los datos de la realidad nunca faltan. ¿Creés que la literatura puede modificar la realidad?

—Sí, en tanto modifique la cosmovisión del lector. De lo contrario no se explicaría que se la margine, que se la haga blanco de censuras durante los períodos totalitarios de cualquier región del mundo y en tan diversas épocas, ni que sus creadores sean víctimas de las más perversas persecuciones.

Es un poco lo que te pasó a vos, que fuiste censurada durante la última dictadura militar. ¿Qué te pasó, exactamente?

Fue una desgracia, algo tremendo. La junta militar de entonces firmó un decreto terriblemente infamante mediante el cual se prohibía mi libro Un elefante ocupa mucho espacio, en la totalidad de sus 15 cuentos. Este libro había recibido en 1976 una importante distinción en Europa (fue incluido en el Cuadro de Honor del Premio Internacional “Hans Christian Andersen”, seleccionado por IBBY, que son las siglas de la Junta Internacional del Libro Infantil y Juvenil) y era la primera vez que figuraba la Argentina... La prohibición se produjo en octubre de 1977 y alcanzó por extensión a toda mi obra. Se me vedó el acceso a la escuela pública y a todos los medios de comunicación masivos. Fue una experiencia espantosa.

¿Por qué te censuraron: por razones políticas, morales, religiosas...?

—Menos pornográfico, el decreto decía de todo... Yo me enteré por los diarios. Decían que atacaba a la familia, la Iglesia, la moral, las buenas costumbres, al individuo como sí y al individuo en la sociedad, y que mi libro estaba escrito “con la finalidad de adoctrinamiento para el accionar subversivo”... Se les escapó lo de procaz... El 77 fue un año tan terrible...

¿Y vos qué hiciste?

—¿Qué voy a hacer? Mi primera reacción —yo tenía quince años menos que ahora y una cuota mayor de inocencia y de ignorancia— fue de desconcierto y de pánico. Pensé en irme del país, pero me pareció que afuera iba a morirme de tristeza. Tuve una larga charla con mi papá y él me dijo: no, vos te quedás en tu casa y te la aguantás. Me quedó un insomnio espantoso, de esas épocas. Durante años escribía de noche, y si no, me quedaba pensando hasta las seis de la mañana, y a la seis me decía: bueno, ahora ya no vienen. Porque... no lo hacían de frente ni a la luz del día, en general, ¿no?

¿Qué hay que hacer para escribir cuentos para chicos?

—Lo mismo que para escribir, Mempo, y vos lo sabés. Mi primer consejo para cualquiera siempre es el mismo que dan ustedes en la revista: que lean a destajo y que sean honestos consigo mismos en cuanto a reconocer si la lectura les provoca goce e incluso adicdón. Si bien hay multitud de muy buenos lectores que no desean escribir, me parece que es improbable llegar a ser un “escribidor profesional” si no se ama la lectura. Una de las vías más seguras para aprender a escribir es leer con pasión.

¿Vos pensás en los chicos cuando escribís para ellos?

Sí, claro. Sobre todo en los chicos que —en cada período— son mis contemporáneos. Esto significa que, dada la aceleración de los cambios generacionales, tengo que estar continuamente alerta, aunque nadie duda de que existe una zona de “niñedad” que es universal y atemporal. Mientras escribo, imagino que le esroy hablando a determinado grupo de criaturas a las que —en esas horas y días— pretendo destinarles los textos que voy creando. Dadas las características de la infancia, de tan frecuentes y profundos cambios a partir del mismo nacimiento, estaría frita si desconociera u olvidara esta condición.

—¿Tenés una enorme vocación docente, no?

—Sí, la enseñanza me gusta mucho. Yo fui maestra de jardín de infantes, y enseñé en primaria, en secundaria y en nivel terciario. Actualmente no ejerzo la docencia, salvo cursillos o seminarios para docentes que doy cada tanto.

¿Existe una preceptiva específica para el cuento destinado a los niños?

No, no, sería ridículo sugerir siquiera una receta... Existen tantos chicos lectores como libros para ellos. En líneas generales, creo que sólo podría proponer dos o tres cosas: una es tomar en cuenta sus necesidades y sus intereses (algo que vengo repitiendo desde hace tanto tiempo que ya me causa gracia reiterarlo); otra es no menospreciar la capacidad receptora y perceptora del interlocutor de pocos años. Y otra más: la estética, la ética, términos que a muchos adultos les suenan obsoletos o absurdos en tanto deban considerarse como valores en una obra para niños. Ah, y una última: recordar que un cuento que los chicos aman suele ser igualmente apreciado por los adultos, aunque pocos lo reconozcan.

¿Cómo y por qué se te ocurrió escribir cuentos de terror para chicos?

—Bueno, porque me pasaba lo mismo que con los cuentos de amor y de ciencia-ficción: me encantaba leerlos y deseaba escribirlos desde que era chiquita. El detonante para que lo hiciera fue, sin embargo, el pedido reiterado de muchos chicos, desde hace varios años.

¿ Y escribís algo para adultos?

Sí, pero sinceramente no siento que valga la pena ceder los derechos de su publicación. Eso implicaría dedicarles a los mayores tanta vida como la que ahora dispongo con mi trabajo para el público infantil. Los adultos no terminan de agradarme, la verdad. Además, tengo la certeza de que hay ya abundancia mundial de excelentes escritores para “la gente grande”. En cambio los chicos son los grandes olvidados, igual que los animales y las plantas y todo ser que no vote.

-—Sé que te llaman constantemente de muchas escuelas y que siempre vas. ¿Por qué lo haces?

—Porque me gusta, porque me parece un buen servicio y también porque lo preciso. Además entre los adultos, Mempo, particularmente en los países de habla hispana, y en los latinos en general, la literatura infantil es como que no existe para la crítica.

¿Qué lugar dirías que ocupa la literatura para niños dentro de la literatura argentina en general?

—Todavía hay mucha desvalorización, ¿no? De esta literatura y, en consecuencia, de los autores que abordamos esta especialidad...

¿Hay una subestimación histórica del género, verdad?

Sí, claro que la hay. Y tiene que ver con una subestimación de la infancia. Es como una amnesia. Yo cuando era chica observaba a los altos, y me decía que un día iba a ser grande pero no quería, no me gustaba. Contra lo que habitualmente se piensa —que los chicos quieren crecer— yo no quería salir de los doce o trece años. Porque la mayoría de los adultos que encontraba, a mí no me gustaban. La adolescencia para mí fue terrible, muy dolorosa. Y bueno, los adultos en general no me gustan, y ahora menos. Pienso que con la literatura para chicos hay una desvalorización de la infancia; lo que pasa es que no se los considera interlocutores válidos. Se los desvaloriza. “No piensan”, dicen los adultos. Igual pasa con los animales... ¿Te gusta la vida o no te gusta la vida? El hombre está destruyendo las tres cosas que tienen que ver primariamente con la reproducción de la vida, y con el equilibrio: los niños, los animales y las plantas. Mariposas no existen más... Están envenenando todo.

¿Y por qué se piensa en esta literatura como en un subgénero?

—Bueno, la responsabilidad de esto es variada. En los últimos años los productores —autores, editores— pensaron que esto era muy buen negocio y desde entonces a cualquiera que escribe dos o tres cosas ya se las publican. No hay criterio... Y cuando no pasa por el criterio, pasa por la escuela. Entonces ponen a unas asesoras que tienen que ver con la pedagogía, pero que no leen nada de literatura infantil. Y no leen, no leen, yo me doy cuenta de que no leen.

Perdoname que insista pero no me queda claro por qué razón se menosprecia este género. Aunque nadie lo dice, se lo considera un juego, una cosa menor. ¿Por qué?

Bueno, si los que piensan eso son escritores, yo desconfiaría si son realmente escritores o si lo hacen por otras causas que puedo respetar pero no compartir. Porque sería ignorar, me parece, que cuando eran chicos sintieron alguna emoción estética, un golpe en el corazón, una emoción, algo, con una lectura literaria. Pero parece que, como se han olvidado, piensan que ningún chico es serio. Es falta de sensibilidad, sencillamente. Si un niño fue insensible a la escritura, a la pintura o a la música, de adulto va a ser más insensible todavía. Esos son los que menosprecian este género.

—¿Qué autores del género te parecen paradigmáticos?

—¿De nuestro país? (Piensa unos segundos.) Yo diría que María Elena Walsh, Javier Villafañe y María Granata. Los vi siempre como paralelos a la escuela. Y del extranjero mencionaría a muchos, algunos de los cuales creo que no están traducidos. Por ejemplo los personajes Max & Moritz, de Wilhelm Busch, que es un cuentista del norte de Alemania de hace cincuenta años y fue un genio que se anticipó a Disney.

¿Y qué te pasa con algunos clásicos del género, como Carlo Collodi, los hermanos Grímm, Andersen... ?

La pregunta debería ser qué me pasaba antes... Y bueno, algunos cuentos me gustaban mucho. Por ejemplo, de Andersen, “La reina de las nieves” me parece lo mejor aunque acá no fue lo que más se conoció. Es un cuento extraordinario: tiene elementos que uno después va a encontrar en la vida, es una gran metáfora. En cambio “Pinocho” nunca me gustó. A mí de chica me preguntaban cuáles eran mis personajes favoritos y yo decía que eran Peter Pan y Alicia, pero Pinocho... Esa historia está muy bien por la idea de que un muñeco cobre vida; engancha por ahí. Y además pienso que Collodi tenía la mejor intención. Pero nunca me gustó esa cosa de la mentira y de que le crece la nariz...

¿Y vos, como autora de cuentos para chicos, te sentís reconocida por tus pares, por los grandes?

—Por pares que no son autores de literatura infantil, sí. (Se hace un silencio y se ríe sola.) Las otras son “paras”, no pares...

¿Por qué “paras”, porque son mujeres las que no te reconocen?

—(Riéndose mucho.) Y bueno, digamos que son mujeres de otra generación, pero qué le vamos a hacer... Creo que yo tendría que haber empezado a publicar ahora; entonces no pasaría esto, o si no, tendría que escribir y publicar menos.

O sea que te tienen envidia porque empezaste muy joven y te fue muy bien.

Y claro. Y lo terrible es que no me morí a los veintidós años. Pero bueno, ¿qué querían? Ay, la estructura de esta sociedad... (y se ríe más y más).

Para terminar: ¿te parece interesante el movimiento de literatura para niños en la Argentina?

—Sí. Y si comparamos nuestra producción con la de los demás países de habla castellana —e incluso con la española—, considero que la nuestra es bastante superior en calidad.

¿Hay alguna pregunta que esperabas y que no te hice?

—Sí, estaba segura de que me ibas a preguntar qué me parece el doctorado honoris causa que le dieron al Presidente en Israel, y mi opinión sobre las últimas declaraciones de Maradona...

Bueno, ¿qué te parecen el honoris causa a Menem y lo que dijo Maradona?

Ah, no, ahora ni te lo pienso contestar. Te quedarás con la intriga. (Y se ríe a carcajadas.)

domingo, 19 de mayo de 2013

El Chaco ya no es el mismo


Apenas hoy, con un mes de atraso, me entero de que ha muerto un poeta, un narrador excepcional que fue mi amigo y también era chaqueño. Me dicen que se fue, nomás, Jesús Urzagasti, chaqueño de Bolivia y autor de libros memorables.

Nacido en 1941 en Campo Pajoso, pequeña comunidad campesina de Yacuiba, en la provincia del Gran Chaco, al sur de Bolivia, este descendiente de vascos escribió por lo menos tres libros notables. Una es "De la ventana al parque", una nouvelle que hace más de veinte años me atreví a comparar con "Pedro Páramo" en el sentido de novela breve fundacional. Y los otros son "Los tejedores de la noche" y "Tirinea", esta última una obra que muchos consideran entre las más importantes de la literatura boliviana. Esa misma de la que, inexplicablemente, tan poco o nada se sabe en la Argentina.

Hombre sencillo y silencioso, su porte menudo y su voz siempre medida disimulaban la grandeza del talento de Jesús Urzagasti. No recuerdo cómo nos conocimos pero creo que fue en los tiempos de la revista "Puro Cuento". Después nos vimos algunas veces y lo invité a uno de los Foros que hacemos en Resistencia, y otra vez le pedí a Lucho Sepúlveda que lo invitara al Salón del Libro de Gijón. Allá en Asturias nos reencontramos para caminar malecones, comer mariscos y hablar de nuestras literaturas, de igual modo que aquí en mi ciudad degustamos chipás y poesías. A mí me quedó el pendiente de visitarlo en su tierra, y a los dos el de organizar la gran mesa de la literatura del Chaco con Augusto Roa Bastos y otros colegas de los cuatro países que tienen Chaco. Lo hablamos alguna vez con Augusto, y con Rubén Bareiro Saguier, y hoy pienso que nos fascinaba tanto la idea que por eso mismo jamás la llevamos a cabo.

Ahora me escribe Sulma, su compañera: "Debo decirte que nuestro querido poeta partió a la tierra sin mal de los guaraníes: se le rompió el corazón la madrugada del sábado 27 de abril y como era su deseo llevé sus cenizas hasta Retiro, una comunidad chaqueña a orillas del río Pilcomayo, a los pies de una isla de árboles jóvenes donde reina el canto de los pájaros."

Quiero despedirlo esta noche evocando algunos de sus versos:

Iremos a un país de hermosos árboles
cruzaremos su ancho río
y en la isla de arena
estaremos desnudos
mirando los caballos
enloquecidos en el horizonte.

Y también estos:

La soledad es eso
un río que no cesa
entre peñascos y tierras labradas
un árbol que sale de una habitación
a buscar el ancho cielo.

A mí se me hace que Chucho ha de haber encontrado ya ese ancho cielo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

LECTURARIO # 11



• En diversos aeropuertos, vuelos y hoteles, el último mes leí varios libros, entre ellos el estupendo "Dama de Porto Fim", que es un delicioso trabajo de Antonio Tabucchi. Escrito en los años 80, cuando él se fascinaba con Portugal —como todo visitante de ese país— y se interesaba por los asuntos del mar, en cierto sentido se trata de un libro de cuentos aunque tiene un hilo conductor que habilita su lectura casi como si fuese una novela. Las Islas Azores, su belleza y su desamparo, así como el mundo de los balleneros son el gran tema de este libro que medita, a la vez, sobre la soledad y el amor. Lleno de encanto y poesía, el texto que da título al libro es absolutamente inolvidable. (Anagrama).

• En el reciente viaje a Chile terminé de leer "El mendigo", de Naguib Mahfuz (1911-2006). Era una deuda que tenía conmigo, porque desde niño me sentí atraído por la literatura árabe, que en Resistencia frecuentaban mi hermana y algunos vecinos de origen sirio-libanés. Y si bien cuando el egipcio Mahfuz ganó el Premio Nóbel en 1988 me propuse entrarle a su obra, postergué inexplicablemente esa tarea. De manera que ahora empecé por esta novela de su madurez narrativa (es de 1965, y la edición castellana de Plaza & Janés, del 83) y la verdad es que sentí una fuerte lejanía con el texto, que incluso me parece que no ha de ser representativo del Egipto actual. Y es claro que ninguna literatura está obligada a ser "representativa" de las sociedades en las que se produce, pero yo esperaba otra cosa, algo más audaz que la historia de un abogado burgués que no sabe qué hacer con su vida. Muy y bien dialogada y con pincelazos atractivos, sin embargo no alcanzó a deleitarme. Así que mi deuda sigue en pie.

• Y finalmente leí "El amigo de Baudelaire" y 'El farmer', de Andrés Rivera (Alfaguara). Desde hace varios años las tenía pendientes, porque mi relación personal con este autor estuvo signada por un duro enfrentamiento que tuvimos dos décadas atrás. Yo lo admiraba mucho hasta que dejé de leerlo. Fui quien propuso que se le diera el Premio Nacional de Literatura por su extraordinaria novela "La revolución es un sueño eterno" e integré el jurado que se lo otorgó en los años 90. Y mucho antes le había publicado un par de cuentos en mi revista "Puro Cuento" y tenía de él y su obra el más alto concepto. No importa evocar ahora el por qué de aquel distanciamiento; sólo digo que dejé de leerlo hasta que ahora un amigo, cuya opinión respeto muchísimo, me dijo que debía leerlo a despecho de la cuestión personal. Me di cuenta de que mi amigo tenía razón, pero sobre todo constaté una vez más que a esta altura de mi vida soy incapaz de leer nada con prejuicios.
            Me lancé, entonces, a ambas lecturas y la primera, "El amigo de Baudelaire", no me convenció. La encontré entre superficial y pretenciosa, un tanto forzada. Pero "El Farmer" me encantó; mucho más sólida como novela breve, es un texto lúcido, original y brillante por momentos, que recupera el espíritu y la voz de un Juan Manuel de Rosas formidable. Se trata de una novela histórica interesantísima, tanto por la recreación del personaje, devenido literatura, como por la libertad creativa y sobre todo por el fraseo del texto, que es un verdadero hallazgo.
            De todos modos, sigo pensando que el mejor texto de Rivera es "La revolución es un sueño eterno", donde hay un Castelli único, memorable, tan real como literario.
            Como sea, y aunque este autor no me interesa como persona, ahora estoy en paz con su literatura: la de un gran escritor argentino de este tiempo.

• Estuve leyendo también la última edición de la revista Casa, que edita en La Habana la ya legendaria Casa de las Américas. Este número (el 269, de octubre-diciembre de 2012) está dedicado al gran artista plástico cubano Mariano Rodríguez (1912-1990), quien presidía esa institución cuando fui por primera vez a La Habana en 1985, y quien ejerció una notable influencia en muchos jóvenes artistas caribeños. De formación surrealista y fuertemente picassiano, en este número se le rinde homenaje con textos de Mario Benedetti, la crítica mexicana Raquel Tibol y el eterno poeta cubano que es Roberto Fernández Retamar.
            Esta edición de Casa ofrece también buenos textos de Tununa Mercado, poemas de Jorge Boccanera y una interesantísima entrevista a Ticio Escobar, antropólogo paraguayo que fuera ministro de Fernando Lugo y en la que se explaya con autoridad y agudeza acerca de la lengua y la cultura guaraní.

lunes, 6 de mayo de 2013

Premio Andrés Sabella 2013

Inesperadamente, la semana pasada me llamaron desde Antofagasta, Chile, para invitarme a la Feria del Libro FILZIC 2013 que se realiza en esa impresionante ciudad del norte chileno y a orillas del Pacífico.

Fue la narradora chilena Pía Barros la encargada de comunicarme que no podía faltar porque iba a recibir el "Premio Literario Andrés Sabella 2013".

Y en efecto, arribé a Antofagasta este sábado 4 por la mañana y el domingo 5 a la noche recibí el Premio en una emocionante y cálida ceremonia popular.

Este galardón fue establecido en 2011 por la comunidad de Antofagasta, en homenaje al más importante poeta y narrador que dio la ciudad. Sabella (1912-1989) fue además periodista, militante social y dibujante, y entre sus obras destaca su novela "Norte grande" (1944).

En 2011 recibió este premio Antonio Skármeta, y en 2012 el galardonado fue Hernán Rivera Letelier. Ambos autores nacieron en Antofagasta y se formaron, en cierto modo, al influjo de Sabella. Y por cierto Hernán, que volvió a esta ciudad y allí reside desde hace veinte años, me hizo el honor de acompañarme.

Ésta es la primera vez que se otorga el premio a un extranjero, y me dicen que el jurado subrayó que la decisión fue "por unanimidad y en reconocimiento a una vida dedicada a la literatura".

No puedo sentirme más honrado.

sábado, 4 de mayo de 2013

Un regalito inesperado



Mi amiga y colega Graciela Bialet, generosamente, me manda esta fotografía que tomó en una escuela de las Sierras de Córdoba. La comparto, emocionado.

miércoles, 1 de mayo de 2013

LECTURARIO # 10


No sé si a ustedes les pasa, pero cada vez que yo viajo —y viajo mucho— a la hora de preparar mi valija me enfrento a la trabajosa decisión de escoger los libros que me acompañarán durante la travesía. Deben ser uno o dos y no muy pesados, porque además en congresos, ferias o universidades necesariamente se intercambian libros con colegas y eso me provee lecturas no programadas. Lo cierto es que en mi equipaje de mano y junto a mi computadora, suelo llevar apenas uno o dos libros que sé que querré leer durante el periplo.
            En mi último viaje de trabajo, durante dos semanas visité Lisboa, Salamanca, Bolzano y Roma, y en hoteles, trenes y aviones devoré algunos libros que resultaron ser estupendos.

• En primer lugar terminé "Sociedad Negra", de Andreu Martín (RBN Editora). Una verdadera novelaza del maestro catalán del género negro, que me la envió (imperdonablemente sin dedicar) con un amigo común, y en la que hace gala de un conocimiento profundo de cómo operan hoy las llamadas "mafias chinas" en Barcelona y en el mundo. La novela es apasionante, y no sólo para aficionados al género negro. Para mí, aquí el autor lo trasciende al componer una novela cervantina, diría yo, una épica llena de acción y peripecia, visión política, interés social y encanto, y está escrita como escribe Andreu, con sabiduría y gracia. La trama ha sido magníficamente urdida, sin golpes bajos y con un inmenso trabajo autoral de documentación.
            Leí esta novela apasionadamente en cuatro noches y la terminé, como he dicho, en el vuelo de doce horas entre Buenos Aires y Madrid, sin poder despegarme de esa cosmovisión chino-catalana que yo ignoraba por completo. Y que tiene, para mí, un único, minúsculo error de información: la República de El Salvador y los grupos llamados "maras" no son sudamericanos; son centroamericanos.
            Como sea, "Sociedad negra" es una novela magistral e inolvidable por amena, interesante e imposible de abandonar. Esa clase de lecturas que te mantiene enganchado durante días, en los que no podés soltar el libro en el colectivo, el subte, la cola en el banco o donde sea. No será fácil conseguirlo en Argentina, pero igual búsquenlo, pídanlo a España, no se lo pierdan.

• En Lisboa me encontré inesperadamente con el narrador peruano Santiago Roncagliolo, a quien no conocía en persona. Buen conversador, agradable y mundano, y lector avezado, de entrada me soltó un "Soy uno de tus fans desde hace mucho" que tuvo, para mí, un doble sonido: el obvio halago por un lado; y la constatación de que pertenezco nomás a la categoría de escritor veterano. Naturalmente intercambiamos libros, como es de estilo entre colegas, y lenta y rigurosamente me adentré en su notable "El amante uruguayo. Una historia real" (Punto de lectura), que es un libro interesantísimo desde varios puntos de vista.
            Parece ser la historia de amor entre Federico García Lorca y el escritor uruguayo Enrique Amorim, pero es mucho más que el revelado de una relación íntima entre dos varones, lo que en aquellos tiempos era socialmente condenable. En realidad lo que hace Roncagliolo magníficamente es la exhaustiva biografía de Amorim, un millonario excéntrico y contradictorio que fue, al parecer, una especie de escritor de segunda categoría, insincero trepador todo-terreno y perdido enamorado del poeta andaluz.
            Pero además el libro recrea una etapa inigualable del arte del Siglo XX, protagonizada por figuras como Neruda, Picasso, Aragón, Borges y tantos más, todos los cuales estuvieron vinculados, de un modo o de otro, con el enorme poeta granadino y con el oportunista escritor uruguayo. Santiago Roncagliolo, notable narrador peruano, logra en este libro una estupenda combinación de narrativa, periodismo e investigación histórico-política.
            Por cierto, y permítanme la digresión, es notable lo inspiradora que sigue siendo la temporada que García Lorca pasó en Buenos Aires poco antes del inicio de la Guerra Civil española. En primer lugar, recuerdo la magnífica novela de Reina Roffé "El otro amor de Federico" (Plaza & Janés) que leí hace un par de años cuando aún no había empezado este Lecturario en mi blog. Conozco también varios trabajos doctorales en los Estados Unidos, como el de Pedro Larrea Rubio, de la Universidad de Virginia, ("FGL en Buenos Aires"), universidad ésta donde por muchos años hizo docencia el más grande lorcólogo contemporáneo (si se me permite el neologismo), mi querido amigo y maestro Javier Herrero, hoy jubilado profesor de esa universidad pero activísimo lector e investigador de la vida y la obra del gran Federico.

• En Salamanca, mi amiga Mariángeles Pérez López me regaló "Materia y sombra. Poesía completa", de Julio Vélez. Una edición hermosa y muy bien cuidada de la obra de Vélez, poeta andaluz nacido en 1946 que fue profesor de la Universidad de Salamanca durante apenas dos años, pues falleció en 1992 a los 46 años de edad. Durante el regreso leo el libro con disciplina y atención. Era un poeta talentoso, Vélez, lorquiano y andaluz hasta la médula, todo tensión y ardor amoroso a cada verso. El extenso libro me resulta, sin embargo, un tanto fatigoso. Como que no termina de conmoverme. O quizás ha sido el viaje, que acaba al llegar a Resistencia con este libro en mis manos dormidas.