Aviso por los comentarios

AVISO: Es probable que en algunas redes sociales existan cuentas, muros o perfiles a mi nombre. NADA DE ESO ES VERDADERO.

Las únicas 2 (dos) vías de sociabilidad virtual que manejo son este blog y mi página en FB. Ninguna otra cuenta, muro o perfil —en Facebook, Twitter o donde sea— me representa. Por lo tanto, no me hago cargo de lo que ahí puedan decir o escribir personas inescrupulosas.

domingo, 21 de octubre de 2012

Primer día en "mi" escuelita


La gran lección

La escuela EEP Nº 256, del paraje Pampa Guanaco, Departamento de Pampa del Infierno, en el corazón del Chaco, desde el jueves pasado lleva mi nombre.

No sé si lo merezco realmente, y además yo soy de una época en la que homenajes de este tipo no se hacían en vida del tipo; había que esperar a que muriese. Y tampoco sé si esta designación parecerá bien o no; yo no la pedí y de todos modos siempre hay quienes se encargan de cuestionarlo todo, por lo menos en las redes sociales electrónicas, movidos por envidia o resentimiento o lo que fuere que los enferma. De manera que paso y veo lo que sigue. Y lo que sigue es este relato que siento necesidad de hacer de una jornada de la que no me voy a olvidar mientras viva y hoy quiero compartir con mis lectores y amigos.

Me acompañaron mi hija Celeste y Lucía Rivoira, que desde hace diez años es voluntaria de la Fundación y una de mis más fieles y tenaces colaboradoras. Salimos a las 7 de Resistencia y llegamos en tres horas a Pampa del Infierno. Ahí, en la estación de servicio de YPF, nos esperaba Marta Elisa López, una veterana maestra chaqueña y autora de la idea de ponerle mi nombre a la escuelita. Nos presentamos, le agradecí y partimos hacia el monte chaqueño, donde ella enseñó por más de veinte años. Nos siguió un grupo de jóvenes maestros, estudiantes del instituto de formación docente local, donde Marta es profesora. En minutos dejamos el pavimento y el camino empezó a ser como todos los de El Impenetrable: tierra dura y reseca, y vastos guadales, esa arena como azúcar impalpable, polvo como talco que cuando llueve se vuelve barro cenagoso.

A marcha lenta y a los tumbos, a los lados la vegetación parece luchar por mostrarse todavía enhiesta, con algunos bosques macizos de quebrachos y algarrobos que se alternan con los campos ya abiertos por las topadoras y los incendios. Pienso en la fauna autóctona que andará huyendo para morir por ahí, y en cómo la mano dizque tecnológica es capaz de matar con hipocresía y sin culpa. Ver todo eso una vez más me duele, me enoja. Igual que cada vez que recorro mi provincia, me desespera ver a los costados de los caminos cómo preparan los campos para la soja transgénica y las lluvias de agroquímicos. Y para discursos que pretenden convencer de que es inocuo lo que es venenoso. Siento bronca, resignación, dolor mientras me aferro al volante de mi vieja y noble camioneta.
 
Y después de andar 40 kilómetros por esos caminos, en los que solamente nos cruzamos con dos o tres camiones cargados de rollizos recién cortados y sobre ellos hacheros que no saben que son llevados a destruir su mundo, llegamos a la escuelita. Un abra en el monte, de unas tres hectáreas y con canchita de fútbol al fondo. Y adelante la escuela, una construcción bastante digna con techo a dos aguas.

Allí trabajan dos maestras que de sólo verlas resultan conmovedoras: Laudelina es maestra de primaria y directora a cargo (la titular es Marta, con problemas de salud desde hace varios meses); y Patricia es la maestra jardinera. Trabajan en las dos únicas aulas, una para nivel inicial, otra para nivel primario. Son espacios chiquitos, con mesita y sillas y biblioteca para los de jardín y sólo dos hileras de bancos para los primarios. Bien aseadas, se iluminan con la luz natural que entra por la ventana y Laudelina y Patricia las mantienen con dignidad y limpieza dentro de lo que permiten el Viento Norte y el aire seco, sofocantes más de la mitad del año.

Es una escuela pequeña, humildísima, que existe desde hace décadas en el mismo emplazamiento, sobre un camino que recorre chacras, y cuya población escolar ha ido disminuyendo a la par del éxodo que producen los desmontes. Llegaron a tener más de 20 alumnos; hoy tienen 9. Y como casi todas las escuelas de El Impenetrable, tiene dos anexos: uno en Pampa Quimilí, a 25 kilómetros de Pampa Guanaco y 35 de Pampa del Infierno y a cargo del Maestro Ángel, con pinta de hombre serio y estudioso; allí asisten otros 9 chicos. Y el otro anexo se llama El Silencio, a 12 kilómetros de allí y a 51 desde Pampa, como todos llaman a la cabecera departamental, que tiene unos 10.000 habitantes. En El Silencio enseña el Maestro Javier, un santiagueño bajito y lleno de sonrisas, que vive allí mismo de lunes a viernes, forzado por la distancia. "Es que lleva casi tres horas de bici llegar hasta la escuela", me dice sonriendo.

Y eso es lo que más me impresiona de estos docentes: el buen espíritu y mejor humor que tienen. Observo una similar energía en la gente que se acercó al acto que está por empezar. Hay una Karina, de Pampa Juanita, y otra de Concepción del Bermejo. Paola es de Pampa Grande. Silvana de Pampa Bolsa. Otra Patricia enseña en el anexo de Pampa Grande. La mayoría son jóvenes, lindas por luchadoras, ciudadanas ejemplares. Me cuesta contener la emoción que me producen.

Vinieron también algunos paisanos de la comarca, madres y papás de los alumnos, vecinos de un par de chacras, criollos casi todos, alguno de ascendencia checa, otros alemanes. Visten sus mejores ropas y con maestros y alumnos se tratan como si fueran familiares. Todos los papás y mamás de la colonia ayudan en la escuela. No hay cooperadora, ni cuota a pagar, pero todos cooperan. Todos, todas. Y, agradecidos, dicen que también la Municipalidad de Pampa del Infierno los ayuda. Con pinturas, por ejemplo. Y también algunas empresas, y algunos anexos tienen padrinos urbanos.

Al fondo y detrás de un tinglado se está asando un chivito en mi honor, han preparado una exquisita ensalada de repollos y otra mixta que alguien trajo de Pampa, y hay gaseosas y pan casero recién horneado. Para el postre, una enorme torta blanca que los chicos miran como a un circo y que devorarán hasta las migas durante la posterior, extensa sobremesa conversada.

Me cuentan que antes todo esto era monte, y se trabajaban la madera y el algodón en los espacios abiertos. Ahora todo es desmonte y soja. Y últimamente girasol. Y topadoras y agroquímicos a rolete.

Se fumiga mucho, dice uno que tiene su campito allá adelante. Vienen con los mosquitos a fumigar, dice, y luego me explica que llaman mosquitos a los tractores o camionetas cerradas que lanzan su lluvia de veneno por atrás. Y también padecen fumigaciones aéreas. "Hace años que pasan y no podemos más que putearlos", dice una de las chicas y se ríe. Otra cuenta que después siempre hay gente con diarreas, vómitos, mareos. "Los pudientes fumigan así y quién les va a decir algo", comenta un chacarero. Esos vuelos criminales los llevan a pronunciar las únicas groserías de toda la jornada. Cambio de tema, es evidente que no les gusta hablar de eso.

Un alemán grandote me explica que ahora todo es siembra directa: única manera de que crezca algo, dice, porque la sequía es tan grande que cuando llueve se acumula el agua debajo del barbecho, como llaman a la tierra con malezas. Y esa humedad permite la germinación.

La sequía es todo un tema. "Ayer llovió hasta cerca de Sáenz Peña", comenta un paisano como envidiando lo que sucedió a más de 100 kms. de distancia. Patricia la maestra jardinera recuerda la última lluvia como una fiesta, y parece que eso fue: "Llovió 75 milímetros y no lo podíamos creer". Laudelina completa: "Fue exactamente el 18 de Mayo y fue de noche, y el 19 fue sábado y siguió lloviendo de a ratos".

El agua es uno de los dos más grandes problemas que tienen. Por la sequía, el tanque del techo está vacío. Y tienen un aljibe que también. El agua de pozo, que aquí no hay, sabe estar a más de 30 metros de profundidad y es salada y con alto contenido de arsénico. Apenas sirve para lavar los platos, bañarse de vez en cuando. El agua potable se compra en bidones, carísima. La paga cada docente y se reparte a los alumnos. Igual el gas, que hay que traer en garrafas de diez kilos. Cada una cuesta 35 pesos en Pampa y dura dos semanas. También lo pagan ellos.

El otro gran problema es la electricidad. Ya lo he visto en otras escuelas: en Taco Pozo, en Monte Quemado, arriba de Miraflores, en la zona de Castelli, Río Bermejito, no tienen luz. Sí hay un par de paneles solares, pero todos sabemos que eso no alcanza. Es muy poca la energía que pueden almacenar las baterías. Alcanza para algunos foquitos algunas horas, sobre todo cuando es invierno y hace frío. Algún maestro tiene su radio, su ventilador de mesa. Pero no da para tener heladera, ni mucho menos frízer, ni computadora. Aunque en la 256 tienen una PC desde hace como siete años, nunca funcionó. Es un modelo ya obsoleto, le han puesto un mantelito encima.

¿Y cómo hacen con la comida? "Como podemos", se ríen a coro. Y nuevamente me impacta el humor que tienen. Porque entre esta gente no hay quejas, no hay lamentación. Es como que saben que lo que hacen, lo que pueden hacer, siempre es superior al gasto de energía inútil de los quejosos. Pienso en la gente de ciudad, en ciertos lamentosos urbanos, lo que aprenderían viendo esto. Suerte que traje a mi hija, que ya hizo un par de amigas y andan por ahí, de la mano, como caminan las chicas. Es admirable: aquí nadie se queja. Ponen el hombro, ponen el cuerpo y se las ingenian, estos maestros se me antojan como gladiadores. No sé por qué me acuerdo de Kirk Douglas en "Espartaco", el clásico film de Stanley Kubrik.

También se habla de salarios, por supuesto, y de los supervisores zonales, de la burocracia del Ministerio, de las asignaciones para comer. Pero no se quejan. Una maestra dice que les mandan $2,19 por chico por día, para desayuno y almuerzo. Pregunto cuánto, a ver si entendí mal. Pero no, entendí perfectamente. Dos pesos con 19 centavos por chico por día. "Y antes estábamos peor, mucho peor", dice uno de los maestros varones. Todos asienten a coro.

"Pero nosotros estudiamos para maestros, no para magos", dice Elvira. Veterana, quizás cincuentona, se le nota el cuarto de siglo enseñando en el monte. Ha venido desde una escuela vecina, que está a su cargo: la EEP Nº 724 de Pampa El Mangrullo, que tiene 12 alumnos, 6 más en un anexo a 20 kms. y otros 27 alumnos en un anexo para adultos.

"Yo tengo nueve chicos en primaria y siete en jardín –cuenta otra de las Patricias–. Treinta y cinco pesos por día para que desayunen y almuercen todos. Y lo logramos". Cocinan a gas, y cuando se acaba, a leña. Otra dice que en su anexo necesitan una cocina nueva y la están pidiendo desde hace dos años. Otra cuenta que a ella le mandaron 2.000 pesos para refaccionar pero decidió comprar una cocina y refaccionar menos. Otra sonríe y dice que le dieron una partida especial y con eso compró tres bicicletas, para los chicos que viven más lejos. ¿Y cuánto de lejos?, pregunto. "Veinte kilómetros uno, doce otro y dieciocho dos hermanitos".

¿Y cómo hacen? "Magia", se ríe una de las estudiantes del profesorado. Es lo primero que debemos aprender. El chiste lo festejan todos y todas.

No vine para esto, les digo, pero a ver, si tuvieran que decirme qué podría pedir yo por ellos en el ministerio, en Resistencia, ¿qué me dirían?

Ante la hipótesis, la respuesta es unánime: electrificación rural. Algunos sonríen, como si decirlo fuera más esperanzador. Me cuentan que el tendido de luz entre Castelli y Pampa del Infierno está detenido desde hace meses, la obra parada y no saben por qué. Y el agua potable, dice otro, pero eso ya sería un sueño. Sueño electoral, grita desde el asador uno de los que controla los chivos al fuego. Cada vez que va a haber elecciones todos los candidatos vienen y dicen que ellos sí harán el acueducto para llevar agua al interior del Chaco. Entonces sí que se ríen todos. Pero los milicos no eran mejores, defiendo yo para que no derrapemos hacia la antipolítica también aquí. No, Don, quédese tranquilo, me dice uno, acá somos todos democráticos; hablamos desde ahí. Una de las chicas dice que le gustaría tener un salón multiuso; otra la reprende suavemente y dice ventiladores de techo, eso es lo que nos falta, pero primero que haya luz. Ah, y una grabadora. Y un equipo de música. Y quizá un televisor. Y una compu, lo lindo que sería, dice otra. Pero en todos los casos, primero la luz... El listado es sereno, preciso, cada uno escucha y agrega, ordenadamente. Allá necesitan diez sillas. Otra pide un frízer, porque les ha llegado el tendido de luz hace poquito. Otro quisiera zapatillas, quince pares. Otra sugiere que arroz y fideos y yerba, para ir variando.

Asumo el compromiso de la gestión. No se los digo pero nosotros en la Fundación tenemos un programa de asistencia a comedores infantiles.

Entonces Marta invita a empezar el acto. Nos acercamos y ya los chicos están formados sobre el piso de tierra, hay unas cuantas sillas y allí familiares y visitantes. El ambiente es delicioso.

Y en este punto no me voy a extender, pero quiero decirles que cantar el Himno Nacional en el monte y en esa escuelita es una experiencia muy fuerte. La verdad es que no encuentro palabras ni modo adecuado para narrar lo que se siente. Con casi 40 grados y Viento Norte, el cabrito asándose y los chicos firmes y en silencio, y los padres serios y concentrados porque es un acto importante, trascendente para ellos que vinieron de todos los parajes, más que un acto escolar parece una comunión, un acto de fe. Y cuando aparece la bandera de ceremonias portada por una chiquilla de la edad de mi hija, en zapatillas viejitas y con el empaque precioso de una novia, la letra de nuestro himno a coro en ese monte, y Marta Elisa que llora emocionada, y Laudelina que me abraza y llora como si fuésemos hermanos, o invitándome a serlo, a mí me quebraron.

Después hubo dos discursos para conformar el homenaje más conmovedor que recibí en mi vida. Y mis palabras al final, cuando no podía hablar y ahora ni sé qué les dije aunque gracias seguro, muchas veces gracias, gracias y entonces me dejé abrazar por todos y cada uno de los chiquitos, que, les juro, eran tan tiernos que se les notaba a chorros la necesidad de afecto. Como a todos los que estábamos ahí, que, me parece, éramos a la vez testigos y protagonistas de una especie de pequeño milagro marginal.

Fue el primer día en "mi" escuelita. Y fue, para mí, una maravillosa lección. •

miércoles, 10 de octubre de 2012

Un regalo de docentes chaqueños

Quiero compartir este honor con mis amigos, lectores y seguidores: le ponen mi nombre a una escuela del Chaco profundo, en un paraje llamado Pampa Guanaco, a 40 kilómetros de Pampa del Infierno en el centro mismo de mi provincia. Fue idea y gestión de maestros de la zona, a unos 300 kilómetros de distancia de Resistencia y por caminos no pavimentados. Este miércoles 18 será un día inolvidable para mí.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Buenos Aires y el país

A propósito de la marcha de protesta de la semana pasada, un punto de vista heterodoxo.
En el diario Página/12 de hoy domingo:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-204055-2012-09-23.html

viernes, 24 de agosto de 2012

Discurso de recepción del Premio IBBY Asahi 2012


Por el Programa de Abuelas Cuentacuentos de la Fundación. 
Londres, 23 de Agosto de 2012.

Ante todo, quiero agradecer a IBBY (International Board on Books for Young People) y al Jurado por este reconocimiento. Y también a ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina) por haber propuesto para este premio a la Fundación que presido en el Chaco.
            El slogan de este Congreso es: "Cruzando fronteras: migraciones y traducciones" y a mí me trae fuertes recuerdos personales. En 1976 debí marchar al exilio por nueve años, y en México aprendí todo sobre fronteras y migraciones.
            Años después, cuando los argentinos recuperamos la Democracia, me encontré con un país diferente, en el que había muchas nuevas fronteras que cruzar. Después de muchos años de dictadura y autoritarismo, mucha gente en mi país, posiblemente la mayoría de la población, había abandonado el trabajo y el placer de leer.
            Este fue el origen de nuestra Fundación: la promoción de la lectura, con los ojos puestos en la literatura.
            En 1998, durante una gira por Alemania para presentar un nuevo libro, acompañé a una amiga de Mainz, cerca de Frankfurt, a visitar a su mamá, gravemente enferma en un hospital. Allí, mientras esperaba a mi amiga, vi que junto a cada cama una persona leía para cada paciente. Cuando salimos pregunté si se trataba de lecturas religiosas, y mi amiga dijo no, son voluntarias que leen novelas, cuentos y poemas para ayudar a bien morir a los enfermos.
            En el viaje de regreso pensé que, dados los serios problemas de mi región, el Chaco, en el Nordeste de Argentina, por entonces la de mayor desigualdad social, nosotros podíamos y debíamos organizar un voluntariado similar, pero para ayudar a nuestros niños a bien vivir.
            En 1999 empezamos el Programa de Abuelas Cuentacuentos. Sabíamos que en nuestra ciudad, Resistencia, en el corazón del Chaco sudamericano, la gran mayoría de los niños no había tenido oportunidad de compartir experiencias de lectura basadas en el afecto y la belleza conceptual y estética.
            Hoy tenemos más de 3.000 abuelas lectoras en 60 ciudades de la Argentina, y en siete países hermanos de Sudamérica. En Medellín, Colombia, las abuelas leen en la red de bibliotecas de la ciudad a los niños desplazados por la violencia. En Valdivia, Chile, nuestro Programa fue adaptado para acompañar a las víctimas del último terremoto. Y en Monterrey, México, más de cien voluntarios leen en medio de la narco-violencia.
            Hoy podemos decir, en 2012, que las abuelas de la Fundación están llevando lecturas a unos 100.000 chicos cada semana.
            Pero lo mejor es que, de hecho, ellas son Abuelas Lectoras. No son solamente narradoras, ni llevan entretenimientos ni convierten su actividad en espectáculo. No. Son lectoras de libros, que leen en voz alta para los más variados auditorios de niños y niñas. Su actividad gira en torno del objeto libro y de lo que contiene un libro. Ellas son lectoras calificadas que van un día a la semana, como mínimo, a escuelas, hospitales, comedores infantiles y orfanatos. Tratan de enseñar valores de la manera más amorosa y generosa. Ellas eligen los textos que van a leer, clásicos y contemporáneos, y acompañan el desarrollo intelectual de los mismos grupos de chicos, en muchos casos durante años. Hoy tenemos adolescentes que son lectores competentes porque nuestras abuelas les leyeron desde que eran chiquitos.
            El Programa es participativo e integrador, y no incluye solamente a personas jubiladas, sino que moviliza energías y genera actividades para personas que han sido expulsadas del "mercado laboral" pero tienen intactas sus capacidades. Así el Programa crea, de manera gradual pero consistente, oportunidades para personas que parecían condenadas al aislamiento y la inacción. De este modo se produce un importante impacto en la autoestima de las Abuelas, que son voluntarias en su mayoría de entre 50 y 70 años con altos niveles de instrucción. Estas mujeres —y algunos hombres— expresan su gratitud por haber encontrado en el Programa una nueva y productiva manera de utilizar su tiempo y sus capacidades en el rol de Cuentacuentos que leen.
            Las voluntarias establecen extraordinarias conexiones entre ellas, a despecho de sus diferentes orígenes sociales. Es asombroso ver cómo interactúan sin prejuicios abuelas de clase media o alta con chicos de sectores marginados. La nutritiva combinación de "afecto + calidad literaria" promueve la integración social y cultural. Los cuentos transferidos de una generación a otra siempre fortalecen la identidad de una comunidad y la memoria colectiva. Por eso en cada lugar que visitan las Abuelas, se incrementa la demanda de lectura. Por eso estamos convencidos de que contribuimos a construir una ciudadanía con una fuerte cultura lectora y mucho más y mejor integrada de cara al futuro.
            Aunque no es misión específica de la Fundación, muchos de los textos que las Abuelas leen a los niños incluyen mensajes que promueven un trato amistoso y consciente con la naturaleza, así como la seguridad sanitaria y las responsabilidades cívicas, sin descuidar la calidad estética.
            La misión de nuestra Fundación es la promoción de la lectura, porque sabemos desde siempre que la lectura es un alimento necesario. Por eso damos de comer y damos también de leer.
            Para ello creamos un sistema de gestión que garantiza la sustentabilidad y el registro de las acciones de todas y cada una de las abuelas, lo que permite acompañarlas sin estar nosotros presentes, de manera que ejerzan su voluntariado en la intimidad del aula o del espacio de lectura donde ellas elijan encontrarse con sus auditorios.
            Por cierto, no hay lugar donde no quepa la lectura. Ellas también asisten a cárceles, donde leen a madres procesadas o condenadas, y a los hijos que algunas crían en sus celdas. Otras van a hospitales y leen en las nursery a las nuevas mamás, y sobre todo a las niñas que son madres prematuras. Y leen también a niños enfermos, accidentados o quemados. Desde hace muchos años leen en hogares de niños discapacitados, en comedores comunitarios y en colonias de verano.
            La eficacia del Programa depende de tres factores fundamentales: primero, la calidad de las lecturas, o sea, la mejor literatura para niños y jóvenes, clásica y contemporánea, bien ilustrada, la mejor.
            Otro factor es la libertad. La libertad de expresión, porque cada Abuela Cuentacuentos necesita para su tarea lectora un ambiente de paz y libertad.
            Y a propósito, y por las mismas razones, en tanto escritor y periodista quiero enviar desde esta tribuna y este acto mi solidaridad y mi afecto al Sr. Julián Assange, quien está refugiado en la Embajada de la República del Ecuador, en esta misma ciudad.
            La tercera, y acaso la más importante, es el amor, una palabra que no siempre se usa en la educación y que en la literatura suele asociarse a la cursilería.
            Bueno, en esta materia el amor es el centro, el motor y la garantía de continuidad. Amor al prójimo y amor a la gran literatura universal, y por supuesto esa manera especial del amor que son capaces de brindar las abuelas de todo el mundo.
            Me gusta pensar que este Programa se basa en la misma, romántica idea de cualquier historia de amor, incluída la nuestra, la de cada uno de nosotros, y que en este caso terminaría como en los cuentos de hadas: "y tuvieron muchas, muchas abuelitas".
            Muchísimas gracias.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Encuestas en el Observatorio

Recomiendo especialmente, y sobre todo a los chaqueños, la Encuesta sobre Lectura, Libros y Bibliotecas que hicimos con Ibarómetro y que estamos publicando en el Observatorio de Lectura de la Fundación:
http://fmg-observatorio-nacional-lectura.blogspot.com.ar/

domingo, 19 de agosto de 2012

A puro Foro


Bueno, terminó el 17º Foro, como verán en diversos blogs y páginas, y en el FB. Ha sido una maravilla y me siento extenuado pero al mismo tiempo feliz. Todos los Foros, cada Agosto, sucede igual, pero éste tuvo algo de especial. Quizás por la presencia de Eduardo Galeano, que aunque anda delicado de salud alborotó a la concurrencia, y el viernes ofreció una lectura para 2.000 personas que fue impresionante.
            Como lo es el cariño de la gente del Chaco, y el de cientos de personas que vinieron de la Patagonia y de Mendoza, de Salta y el Paraguay, de Misiones y Córdoba, de Entre Ríos y Formosa y Santiago del Estero y Tucumán y Corrientes y de Buenos Aires, provincia y capital.
            Y como también fue impresionante la presencia generosa de tantos colegas, llenos de talento y buena onda, dando vueltas por el enorme Domo colmado de gente, visión que a mí me resulta todavía conmovedora.
            Ayer sábado Eduardo no se sentía del todo bien y prefirió un almuerzo íntimo, en casa y fuera de programa, mientras se descongestionaba el Domo y decenas de colaboradores ponían las cosas en su lugar y limpiaban todo, después de cuatro días de fiesta de la lectura y la literatura. Una delicia todo, créanme, que se debe fundamentalmente a la polenta de Natalia y su eficaz equipo: Adela, Blanca, Lucía, Maia, Marta, Silvana, Perla, Gladys, Bichi, Mirian y todas las chicas y chicos, decenas de voluntarios que hicieron posible este Foro.
            De las mesas de debate nos quedan también recuerdos imborrables. Ponencias agudas, inteligentes, bien fundadas, ingeniosas, brillantes. En particular las dos de Hernán Casciari, el de Orsai, que, provocador y original, cautivó al auditorio. Pero también todos los demás, los que estuvieron en cada mesa, en cada taller, en cada escuela de la ciudad, caray, a mí se me eriza la piel cuando recuerdo que todo esto nació hace ya muchos años, cuando la Argentina profunda, la popular, la no urbana ni intelectualizada, no sabía darse cuenta de lo que la LECTURA y la LITERATURA podían significar para su destino. Quizás suene yo solemne, y me disculparán ustedes, pero hoy, después de estos días en que se acercaron a abrazarme tandos maestros y estudiantes del Impenetrable, del Chaco santiagueño, del interior de Corrientes, de Formosa y de tantos otros verdaderos bordes de la república, siento que si algo bueno he hecho en mi vida es esto. Qué duda cabe.
            Lo cierto es que anoche, del cansancio y de tanta emoción contenida, no podía dormirme. Y entonces en un momento me fui a la galería que da a mi jardín. Ya no llovía pero tampoco salía la luna, y en lo sombrío de la noche, chaqueñamente incapaz de ser del todo fría, me dejé ir con un par de lagrimones. Disculpen si no sé no ser cursi, pero si Resistencia parece otra ciudad cuando se llena de Foro, pensé, capaz que yo también estaba siendo otro, lleno de cariño, agradecimiento y compromiso. ¡Salute y buen domingo!

Y para quienes deseen ver la lista de asistentes de lujo que tuvimos, visiten el blog de la Fundación:
Y/o el del nuevo Observatorio de Lectura que inauguramos: http://fmg-observatorio-nacional-lectura.blogspot.com.ar/

lunes, 13 de agosto de 2012

miércoles, 1 de agosto de 2012

Hoy en la contratapa del diario Página/12, algo para celebrar!



Aledo cumple cien años

Nació el primero de agosto de 1912 en Estación María Lucila, un pequeño caserío de la pampa bonaerense, apeadero del Ferrocarril Midland en 1908, transferido al Belgrano en 1948 y clausurado en 1977 por los militares.
            Aledo Luis Meloni —de él se trata— llegó al Chaco en 1937, cuando tenía veinticinco años y era un joven maestro de los que enviaba el Consejo de Educación a los territorios nacionales, y se radicó en Campo del Cielo, en el extremo sudoeste de la provincia y casi en el límite con Santiago del Estero.
Pero no lo sedujo la historia del lugar, impactado hace unos 6.000 años por una lluvia de meteoritos que hoy, cada tanto, son noticia, sino el amor de Nidia Gutiérrez, también maestra en esa colonia agrícola que abrían a hacha y palo algunos inmigrantes rusos y alemanes del Volga, y con la que tuvo cuatro hijos y un montón de nietos y bisnietos.
            Allá vivieron y enseñaron durante casi tres décadas, hasta que pasados sus 50 años él decidió dar a conocer los versos que escribía desde los 16. Eran coplas, cuartetas simples, haikus y poemas breves que se fueron esparciendo como semillas por todo el territorio chaqueño. Con descripciones minimalistas, austeras y llenas de encanto, y un fluir pausado y sereno, la poesía de nuestro Aledo —como lo llamamos los chaqueños— devino lectura habitual en todas las escuelas de esta provincia desde hace por lo menos dos generaciones.
            Su primer libro, de 1965, fue "Tierra ceñida a mi costado": una modesta pero digna edición, que desde entonces se reeditó muchísimas veces y hoy es un clásico local. Su obra se amplió después incesantemente, con los años y con otros títulos como "Costumbre de grillo", "La palabra desnuda", "Don de lágrima", "Memoria y olvido", "Leve fulgor" y "La hora del cierre", entre otros. Su obra poética casi completa está reunida en un libro estupendo: "La tentación de la palabra" (2009).
            Este hombre irreprochable vive en Resistencia desde 1956 y aquí se jubiló como maestro en el 63, aunque siguió trabajando en la Biblioteca Popular Herrera y fue corrector de pruebas en el ya desaparecido diario El Territorio, y luego en Norte.
            Respetado y querido con inusual unanimidad, recibió diversos premios por su trayectoria, entre ellos la Orden de Mérito de Italia en 1982 y el Santa Clara de Asís en 1990. Y en 2006 la Universidad Nacional del Nordeste lo distinguió con el doctorado Honoris Causa.
            Para quienes no lo conocen, lean por favor este bello poema, titulado "Distancia", de su primer libro:
En la polvareda verde
del monte, al sol, galopando,
desde mi escuela a tu escuela
hay una legua de canto.
            Si lo sabremos
            Yo y mi caballo…
Y en la polvareda oscura
de la noche, paso a paso,
hay de tu escuela a mi escuela
diez leguas de sobresalto.
            Si lo sabremos
            Yo y mi caballo…

De entre sus cientos de coplas, que muchos chaqueños incorporaron a su lenguaje cotidiano, suelo escoger dos. Una que dice: "Ya no le pido a la vida / cosas de mucho valer; / sólo le pido una nada: / que me devuelva la sed".
            La otra la usé hace treinta años en "Luna Caliente": "El hombre llega al otoño / como a una tierra de nadie: / para morir es muy pronto / y para amar es muy tarde".
            Casi todo el último año, antes de cumplir los cien, sucedió que innumerables escuelas, instituciones y funcionarios del Chaco empezaron a organizarle homenajes, sin cesar, uno tras otro y a cual más imaginativo y rimbombante. Se evidenciaba así el respeto y el afecto que se ganó Aledo, sin dudas, pero a la vez —y como los chicos— desconociendo todos los límites. Entonces Aledo no tuvo más remedio que enviar a un diario local, hace poco más de un mes, una sintética carta de lector, breve pieza magistral de cordura y sentido común:
            "Sr. Director: Permítame una confesión y un ruego. Aunque muy agradecido, estoy saturado de homenajes. Demasiado incienso termina por ahogar. Quiero, necesito andar mi último tramo de vida en silencio, lejos de toda perturbación, por afectuosa que sea. Después de todo, acercarse a los cien años no es ningún mérito. Muchas gracias".
            Ahora en silla de ruedas pero siempre con la cabeza más lúcida del pueblo, Aledo ya no camina las calles de la ciudad como lo hizo durante los últimos treinta años, ni toma su habitual cafecito matutino con los japoneses del Bar Zan-En, frente a la plaza principal. Pero sigue hablando con nosotros, sus amigos, por teléfono, como sigue escribiendo coplas y poemas incesantemente.
            Así recibe, este primero de agosto, el saludo silencioso de un pueblo que lo admira y lo quiere. Y ése sí que es mérito grande. •