Aviso por los comentarios

AVISO: Es probable que en algunas redes sociales existan cuentas, muros o perfiles a mi nombre. NADA DE ESO ES VERDADERO.

Las únicas 2 (dos) vías de sociabilidad virtual que manejo son este blog y mi página en FB. Ninguna otra cuenta, muro o perfil —en Facebook, Twitter o donde sea— me representa. Por lo tanto, no me hago cargo de lo que ahí puedan decir o escribir personas inescrupulosas.

domingo, 16 de enero de 2011

Malvinas, Santo Oficio, Qué solos y la literatura condicionada

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

Mala semana la que pasó. No sólo porque se nos murió María Elena Walsh, ni porque la sociedad argentina vuelve a ser provocada por los más privilegiados —que protestan como si fueran indigentes—, sino porque también me enteré de la muerte de Ignacio Xurxo, quien fue mi brazo derecho, verdadero copiloto en la revista Puro Cuento.

No me enteré de su deceso aunque sucedió hace un mes, en Buenos Aires, e inexplicablemente nadie me avisó... Bueno... Quien me lo dijo fue Orlando Barone durante un corte de un programa de televisión (6-7-8) y la verdad es que me dejó como fusilado. No redactaré ahora un obituario —dos en una semana serían demasiado—pero un día de estos escribiré algo sobre IX, que fue uno de mis amigos más leales, un sensato incurable, uno de los más competentes lectores que tuvo este país y, por sobre todo, una buena persona.

Continúo, por lo tanto, con la narración de la narración que SANTO OFICIO DE LA MEMORIA es, de la cual no pienso contar todas sus intimidades, que son demasiadas y abarcaron casi nueve años de mi vida, pero sí algunos hitos que me parecen relevantes.

Uno fue un rarísimo viaje a Tijuana y Mexicali, a fines de 1976, por encargo de la revista Expansión, para la que había empezado a trabajar. Debía hacer un relevamiento económico y entrevistar a un par de empresarios. Era mi primer viaje al México profundo, encima fronterizo con los Estados Unidos, y fue una experiencia muy fuerte. Sobre todo por varios viajes en coche paralelos a la frontera, entonces más abierta y nada caliente en comparación con la actualidad. Pero el cruce de la cadena de montañas que se conoce como "La Rumorosa", que une a Tijuana con Mexicali, fue alucinante. No sé cómo esté hoy, pero entonces era un camino canalla, de puras piedras, alturas y vientos calientes en una soledad abrumadora. Una especie de Patagonia en el hemisferio Norte, en la que además se nos descompuso el coche y el chofer no sabía qué hacer y estuvimos allí, solos, por muchas horas. Tomé muchísimos apuntes que no sabía para qué, pero que años después me sirvieron para delinear a la Nona, si bien en el 76 todavía ni imaginaba esta novela ni ninguna otra. Pero esos muchos apuntes, por soledad y por rareza, me fueron de enorme utilidad.

Lo otro fue la trabazón que sentí meses después de la Guerra de Malvinas, cuando la apertura democrática fue imparable, arrasó con el poder militar y abrió el camino en el que aún estamos en la Argentina. Fue una parálisis súbita que me ganó en lo personal, en mis proyectos y por supuesto en la creación literaria. A eso se sumó el hecho de que entre 1983 y 1984, durante todo el proceso que conduciría al desexilio (vocablo precioso que debemos a Mario Benedetti), caí en un fuerte desconcierto narrativo. Ya dije que en esos años me sentía enfermo de literatura, pero ni mi voluntad ni el azar me rescataban de la confusión.

Lo que sucedió entonces fue que abandoné la escritura de SANTO OFICIO y empecé otra novela, que en ese momento me parecía urgente y que acabó siendo QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS. Que es la historia de un exiliado argentino que viaja a Zacatecas en busca de un amor perdido y se encuentra en medio de una guerra de narcos (¡ya en 1984 los había!) mientras medita acerca de la tragedia de su generación, las (in) conductas argentinas y las perspectivas del tiempo nuevo que apenas se vislumbra. También fue una manera de decir por aquí pasamos, y de decirle adiós a ese México lindo y querido pero a la vez contradictorio y feroz, y entrañable y lleno de espanto y de amor y misterio y muerte. Todo eso que es, no lo descubro yo ahora, ese país maravilloso.

Esta novela todavía hoy me parece rara, y me invaden sentimientos contradictorios cada vez que se reedita. No porque la desprecie, sino porque es la clase de texto que nace con un tinte de ocasión, de circunstancia epocal que en cierto modo la desvirtuará para siempre.

Quizás esto suene exagerado, pero es lo que me parece. De hecho, considero que éste es un problema muy fuerte para muchas novelas. Es como que la cercanía con hechos históricos, o cierta pre-determinación o intención testimonial del autor, aunque sea inconsciente, de alguna manera tiñe a la obra y la condena a una especie de temporalidad acotada.

Es lo que sucedió con muchísimas obras de exilio —de todos los exilios— pero también con obras paridas en otras circunstancias, por caso la Revolución Rusa, la Mexicana, la Cubana y la que se quiera. Hay en esos casos extremos como una fuerza motivacional que condiciona al autor, que lo fuerza a escribir sin poder quitar un ojo de esa circunstancia social que impregna su espíritu. Y el resultado no siempre es el mejor. No siempre resultan joyas como "El Maestro y Margarita", "A sangre fría", "Operación Masacre", "Respiración artificial" o "Recuerdos de la muerte", para citar grandes novelas que superaron con holgura y calidad esas circunstancias. Son mucho más probables —y frecuentes— los fracasos literarios, y ahí están como prueba las innumerables novelas bien intencionadas que llenan —abruman— el repertorio del olvido.

Y es que hay un verdadero, gigantesco cementerio de novelas escritas al influjo de cada una de esas revoluciones y de cada exilio, cada guerra, cada transición democrática, cada proceso social de nuestro tiempo y de todos los tiempos.

Estoy diciendo, o tratando de decir, que la intención testimonial autoral, confesa o inconsciente, conduce más seguramente al fracaso que a la gloria. Y que la muy loable necesidad de encerrar en un texto una época —o una épica— no garantiza más que ser la probanza de la buena voluntad de sus autores/as. Pero no asegura una literatura de calidad, porque, justamente, la literatura se hace esencialmente de libertad, y la predeterminación, la intención testimonial, la afirmación ideológica o política, el compromiso o lo que sea que un autor anteponga o contemple lo único que hace es condicionar el texto y muy probablemente lo echa a perder.

Quizás por eso desde mis primeras clases y conferencias en los Estados Unidos, allá por 1985, solía mencionar una cita de Ricardo Piglia que no recuerdo de dónde tomé y ahora repetiré de memoria, pero que comparto plenamente: "Los escritores argentinos y latinoamericanos escribimos contra la política". Es decir, procurando que ni la ideología ni las circunstancias de la actualidad política de un tiempo dado gobiernen nuestros textos, aunque es verdad que muchas veces se meten por la ventana.

Con QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS me pasó exactamente eso, sólo que entonces yo no lo sabía. Me sentía como poseído de una incontrolable necesidad de aclarar ciertos hechos de la Historia Argentina, de saldar cuentas, de rendir homenaje al exilio y a México, de establecer condiciones para la reconstrucción de la Paz y la Democracia en mi país y —¡joder!— el texto estaba saliendo sobrado de mandatos que condicionaban la escritura y yo no me daba cuenta.

Poco tiempo después, en 1985 y en Cuba, lo vi con toda claridad cuando fui a La Habana como jurado del Premio Casa de las Américas e integré un jurado de lujo, que me granjeó amistades para toda la vida: Augusto Monterroso, Senel Paz, José Agustín y R.H. Moreno Durán. Los cinco coincidimos plenamente en que el galardón debía otorgarse a "Arde aún sobre los años", novela del entonces ignoto escritor cordobés Fernando López. ¿La razón de aquel acuerdo?: la extraordinaria pintura del conflicto malvinense en un texto que antepone en todo momento la literatura de calidad y una poética del amor fraternal, sin hacer concesión alguna a las circunstancias idelógicas, políticas o de época.

Claro que ahora pienso que fue una suerte haber abandonado SANTO OFICIO DE LA MEMORIA durante casi dos años. Pero qué pena por la novela que surgió de esa crisis, o sea QUÉ SOLOS. Que fue la que pagó el pato.

En fin, lo que he tratado de decir es que muchas veces la literatura "comprometida" acaba siendo "condicionada" más allá de la voluntad o intención autoral. Y eso no es bueno ni para la literatura ni para las más nobles causas. La literatura es otra cosa, digámoslo de una vez, y por eso fallan, fracasan estrepitosamente los libros de ensayistas de ocasión, como es moda ahora entre las clases dirigentes argentinas. Por más que los asistan correctos redactores, periodistas o incluso narradores de a tanto por página, esos libros son como las flores del ceibo: fugaces y de belleza irregular, pero sobre todo fugaces.

Ya me lloverán palos por decir esto, como cada vez que lo sostengo en congresos y conferencias, pero yo insisto: la literatura es otra cosa.

viernes, 14 de enero de 2011

Recuerdos de María Elena

Escribí esta nota horas después de la muerte de María Elena Walsh, para la revista DEBATE, de Buenos Aires. Esperé para postearla hasta ahora, que la revista está a la venta, y aquí la comparto.

http://www.revistadebate.com.ar/2011/01/14/3530.php

En Septiembre de 1987, justo después de cumplirse el primer año de la revista Puro Cuento, entrevisté largamente a María Elena Walsh para el número 7, que apareció en Noviembre de ese año.

En su departamento de Barrio Norte pasamos una hermosa tarde de primavera tomando té con masas finas y charlando de literatura, con obvio y especial énfasis en el género que trajinaba mi revista.

A partir de esa vez ella fue extremadamente cordial conmigo, me invitó varias veces a reuniones en su casa e, incluso, más de una fecha patria fui convidado a comer memorables locros y empanadas. Algunas otras veces charlamos, incluso durante un viaje a Canadá que compartí con ella y con Sara, y siempre de literatura pero también, inevitablemente, de la actualidad política, materia que le interesaba sobremanera.

Siempre atenta y bien enterada, aguda en sus análisis, de opiniones definidas y dura de convencer, María Elena era una interlocutora admirable y tenía el talento de hacerle sentir, a sus amigos, comodidad y afecto en dosis equilibradas.

Ahora que falleció —y tenemos buenas razones para suponer que habrá encontrado alivio a sus dolores—, no quisiera teñir esta evocación de tintes dramáticos, pero tampoco frívolos. Sí me gustaría encontrar el tono exacto para recordarla —y contribuir a que los argentinos la recordemos siempre— como una poeta excepcional, una mujer encantadora y de fino y agudo sentido del humor, de conversación siempre inteligente y dotada de un capital ético blindado.

He aquí, como aporte a esos recuerdos, un resumen de aquella extensa entrevista que sostuvimos y que ocupó varias páginas de la Puro Cuento, como se la conocía, y que comenzaba así:

"No es fácil que acepte ser entrevistada. Y cuando acepta, luego dice que se ha arrepentido. Habla de leyendas correntinas, prepara un té exquisito y deja al visitante asombrado ante el buen gusto y la luminosidad de su piso en el Barrio Norte, de vista magnífica y bibliotecas repletas de ediciones antiguas, en español, inglés y francés, lenguas que domina. El aire que se respira a su alrededor es limpio, fresco, aunque es difícil romper sus precauciones. A primera vista, es una mujer que ni seduce ni se deja seducir. Pero a poco de la conversación, del té, de la literatura, asoman su franqueza, su espontaneidad, su carcajada traviesa".

Precisamente, a mí me sedujeron, lenta y precisamente, su timidez, sus modales suaves y su mirada directa y azulísima, que poco a poco creaban un clima propicio para cierta intimidad conversacional. Uno olvidaba que estaba frente a un enorme personaje, uno de las grandes de la literatura argentina, en la misma medida en que aparecía una mujer sencilla y lúcida, juguetona, pícara, irónica, a la que uno jamás querría tener de enemiga y de quien era hermoso merecer afecto y consideración.

No descubro nada si digo que María Elena es la autora de algunas de las páginas más bellas de este país, y de memorables artículos ensayísticos como aquel "País jardín de infantes" que atravesó el alma de por lo menos un par de generaciones. Pero además fue quien reinventó la literatura para niños, con lo que llegó a ser una de las escritoras más populares de la Argentina.

Durante los años que la frecuenté, los de mi revista a finales de los 80 y comienzos de los 90, ella era además miembro del Consejo para la Consolidación de la Democracia y persona de consulta en materia de Derechos Humanos y Sociales.

El resultado ineludible de aquellos encuentros periodístico-literarios fue, para mí, una modesta amistad que siempre consideré un tesoro personal. Quizás por eso, como homenaje a ella en esta hora triste en que el país todo parece estar llorándola, prefiero recuperarla con el brillo de algunas de sus respuestas a mis preguntas de aquella entrevista:

"—Es casi inevitable pensar que el origen de tus cuentos viene de cierta vocación nacida en tu infancia. ¿Es así?

"—Yo me crié, en cierto modo, con el cuento en verso. Y todavía tengo bastante debilidad por la poesía narrativa. No me importa si es buena o mala como poesía; la juzgo como narrativa, porque posiblemente fue lo primero que absorbí en las nursery rhymes que cantábamos en la escuela. En una cuarteta te contaban un cuentito, una historia. Tenía principio, medio y un final, que a veces era dudoso, generalmente dramático. Versificado, tenía esructura de cuento. Y yo me familiaricé con el cuentito en verso.

"—¿Y qué es el cuento hoy para vos? Qué significa como género literario en tu producción?

—Eso vino en otra época, la de la instrucción. Al ser "léida", como se dice, ya me fascinaba todo tipo de cuento, pero lo que pasaba es que recibía oralmente, de mis padres, mucho cuento en verso. La cultura familiar, en mi casa, era de mucha lectura pero no de tipo académico. No había universitarios en la familia. Pero sí se tenía afición por la buena lectura, por la novela; se leía a Dickens, a Verne. Y es curioso; prácticamente no tengo recuerdos de que me contaran cuentos, pero sí muchos versos que eran en sí cuentitos, e incluso muchas letras de canciones eran narrativas, dramáticas. Las primeras letras de tangos eran todo cuentos, hechos dramáticos. Pero no he escrito demasiado. Y últimamente, que me he puesto a escribir otra vez, me doy cuenta de que extraño mucho la poesía. La síntesis, los desenlaces rápidos. Sean para chicos o no. Extraño mucho esa forma..."

Durante aquella charla me dijo también que no creía en la inspiración, "pero sí creo que muchas veces hay que dejarse llevar por juegos involuntarios, inconscientes. Y no hay problema en no saber explicarlo".

Y cuando le pregunté lo que sabía trillado pero inevitable —¿cómo fue que se orientó hacia el público infantil; a qué se debió eso?— respondió:

"—¡Ésa es la pregunta que no me debías hacer! Porque no hay explicación, ni yo misma lo sé. No tengo respuesta; supongo que sólo puedo decir que sentía la necesidad de hacerlo y al mismo tiempo quizás llenaba un vacío".

De los otros encuentros que tuvimos —menos de los que hoy advierto que habría deseado— me quedan otras impresiones, más difusas, de reuniones sociales, comidas y charlas de ocasión. Un repertorio íntimo, se diría, recatado y discreto. Como a ella le gustaba conducirse en la vida.

La vamos a extrañar. Los que tuvimos el privilegio de sentir alguna vez su afecto, y también la literatura argentina, que tiene desde ahora un hueco imposible de llenar en el centro mismo de su textualidad. •

Carta de París

A propósito de la nota que publiqué esta semana en Página/12, mi querido
amigo Daniel Mordzinski, conocido mundialmente por sus fotos de
escritores, me escribió esta carta que no me resisto a postear.

"Querido Mempo,

He leído con mucha emoción tu texto sobre Bioy y Soriano en tu blog y quería contarte una anécdota: en 1996 durante el festival «Etonnants voyageurs» de St Maló, coincidí con Bioy y el gordo, también estaba Lucho Sepúlveda y el gran Coloane, yo había montado un estudio fotográfico en el primer piso, a pocos pasos del lugar donde tenían lugar los debates. Recuerdo que una tarde retraté a Bioy, ya nos conocíamos bien, yo lo había fotografiado muchas veces: en su casa de la calle Posadas, en Biarritz, en París... pero esta era la primera vez que teníamos cita en un estudio. Fue una sesión muy simpática, Adolfo aceptó todas mis propuestas, inclusive las más deslocadas (vos ya me conocés), en general yo soy muy rápido, pero esta vez trabajé lentamente, hice fotos en blanco y negro y en color y gocé cada instante y cada palabra que intercambié con Bioy, que sabía mucho de todo, y de fotografía también; recuerdo que me pidió ver de cerca mi Leica y que cuando se la puse en sus manos le costó sostenerla. Al terminar, bajé para buscar el Mar, tenía necesidad de pegar un gritito de satisfacción porque sentía que había hecho unas fotos importantes (para mí) y en las escaleras me encontré con el Gordo Soriano, le conté que venía de retratar a Bioy en mi estudio (a Osvaldo lo había fotografiado la noche anterior) y el gordo rompió su timidez y me preguntó si le podía hacer un regalo: retratarlos juntos -"lo admiro mucho agregó"- subimos corriendo las escaleras y cuando llegamos al estudio ni rastros de Bioy. Esa fue la foto que no fue.

Acabo de hacer un montajito para vos, recordando a los dos, homenajeando a los tres. Abrazos, Daniel"

lunes, 10 de enero de 2011

El camino del Santo Oficio y algunas confesiones de verano

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

Muchas veces, en diferentes reportajes y entrevistas, expliqué la génesis de mi novela SANTO OFICIO DE LA MEMORIA como un cambio de interrogante.

Empecé esa obra a mediados de Abril de 1982, obviamente impactado por la Guerra de Malvinas, que a muchos argentinos nos encontró a varios miles de kilómetros y seis años de distancia del país. Pero la empecé, debo decirlo, sin proponerme nada. Aquello era más bien escribir para calmar los nervios, para mitigar la ansiedad.

A mí me dio por borronear textos sin un hilo argumental. Militaba en la política del exilio condenando el oportunismo criminal de la Dictadura, desde ya, pero escribía frenéticamente todos los días, inseguro y tenaz como quien estira una mano en la oscuridad para no chocar pero no por eso se detiene. Y es que no tenía idea de hacia dónde podía dirigirse ese texto que crecía, a diario, y que no podía ni quería detener, aunque igualmente sentía la necesidad de concentrarme en responder la que parecía la pregunta fundamental de aquel momento: "¿A dónde va ese país?"

Sin embargo, a poco de andar, con la derrota bélica que arrastró consigo la soberbia de los milicos argentinos y amplió el horizonte de la resistencia popular, y cuanto más escribía historias aparentemente inconexas, fui advirtiendo lentamente que la pregunta correcta para encuadrar el texto que emergía en realidad era otra: "¿De dónde viene ese país?"

Ahora recupero este recuerdo porque algo quiero decir de esta novela que ha sido, sin dudas, la que más satisfacciones literarias me ha dado. Literarias, digo, o sea no regladas por el Dios Mercado, que hoy gobierna y deteriora la creación, el arte, la cultura, el buen gusto, la estética con contenidos y varios, larguísimos etcéteras.

Y lo que quiero decir es que SANTO OFICIO DE LA MEMORIA nació como quiso. Se fue perfilando como un texto vivo, plástico y generoso, al que mi voluntad nunca sometió. Es fantástico cuando eso sucede: escribir y ver cómo un texto adquiere vida propia. Los personajes crecen, se desarrollan, se definen. Las mejores situaciones pueden aparecer de modo inesperado y lo que uno se proponía sólo acaba sirviendo para otras, nuevas, diferentes situaciones. Y así un argumento, como un poema, se reconvierte en indagación acerca de sí mismo, del en sí de la creación. Supongo que es lo que sucede en todas las expresiones y formas del Arte. Es una maravilla.

En el caso de la escritura de SOM, que me llevó más de ocho años (terminé la primera versión en 1990), era fascinante ver cómo la trama estaba viva y los personajes vivían también, conmigo e independientes de mí. Fueron una exquisita compañía íntima, como un diálogo profundo y secreto que, suponía entonces y supongo ahora, ha de ser en cierto modo la definición de ese lugar común que se llama "locura creativa". Lo que yo sé es que era sorprendente y hermoso ver cómo se expandía el monólogo de tal personaje que yo había supuesto menor, o cómo se retraía casi hasta la desaparición el pensamiento de otro al que había imaginado principal. Y a la vez, y como ratificando lo que siempre pensé —que la literatura es un caminar hacia el conocimiento para nunca alcanzarlo—, veía surgir ideas y situaciones inesperadas.

Era maravilloso, y creo que quienes pudieron con la novela —digo: quienes sobrevivieron a su densidad— precisamente en eso han de haber encontrado las claves del placer que SOM pudo darles, si es que les dio. Me encantaría saberlo.

En fin, me parece que he venido soslayando este asunto, y de ahí cierta morosidad que advierto en esta prosa. Pero bueno, hablando de lecturas y evocaciones, dejé de lado el orden cronológico que parecía tener este relato, y que era mi voluntad, ciertamente, que lo tuviese. Pero tengo también una justificación: y es que rememorar la propia escritura dos o tres décadas después, por lo visto, implica correr estos riesgos.

No sé, no lo tengo claro, pero este avanzar moroso tiene que ver, seguro, con mis temores —todo sea dicho— que aparecen y como que estallan con inquietante descontrol cada vez que siento que no puedo avanzar en la escritura de un texto. Por mucho que me esfuerce. Para qué negarlo.

Es lo que me está pasando ahora. En este mismo instante. Pataleo contra mi propio pudor, o mi narcisismo, porque sé que escribiendo esto no escribo lo que debería, que es la nueva novela en la que estoy embarcado desde hace unos años y no puedo terminar.

Bueno, lo dije.

Lo dije. No puedo con la novela que vengo trabajando. Desde 2005 doy vueltas como un buey a la noria y aquí estoy. Escribiendo uno que otro artículo, un cuento de vez en cuando, o este blog. Y no me siento orgulloso ni feliz.

Razón tenía Juanito cuando nos decía que algunas escrituras fundamentales sólo saben producirnos dolor.

Me disculpan por favor el brote de sinceridad. Pero ésta es la verdad: no puedo terminar esta jodida novela y no sé qué me pasa; no sé si es agotamiento autoral o miedo al ridículo, que es peor que el miedo al fracaso.

Cuestión que una vez más, como me pasó hace veinte años con SOM, me siento condenado a novela perpetua y no se imaginan ustedes cuánto me fastidia.

Punto. Cambiemos de tema.

Para el corcho en la pared: un fragmento inédito de Santo Oficio de la Memoria

(De un monólogo de Aurelia):

La Porota Lerchundi se caracterizaba por ser propietaria de dos tetazas descomunales, sencillamente impresionantes —impresionistas, al decir de la tía Micaela—, y también por la costumbre de guardar cosas en la inmensurable profundidad de su seno, ese valle que se podía imaginar hondo como una pena. Entre otras cosas, guardaba allí sus dineros, lo cual sé que es un hábito común de muchas matronas chaqueñas. Pero sucedió que la Porota una vez que tuvo que hacer un pago en el Banco Nación se buscó los billetes metiendo la mano en el pecho izquierdo, investigando por debajo, por la axila y en algún pliegue del corpiño labrado, hasta que el cajero, advirtiendo el desconcierto de la mujer le dijo, ruborizado: “quizás en la otra, señora”. Luego de lo cual, con espléndido humor y aunque ya había sobrepasado los setenta, se encargó de contarle a sus amistades que ese cajero era muy observador pero pobre muchacho, tan joven y andar mirándome a mí que soy un vejestorio.

viernes, 7 de enero de 2011

El Premio Nóbel, Borges y Don Ernesto

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

Me quedé pensando el otro día en la cuestión del Nóbel, que suele desvelar a algunos (¿muchos?) y no sólo en la Argentina. Cada año genera una especie de tómbola universal, al menos en su versión de Literatura. Que es, sin dudas, lo mejor del sueño de Alfred Nóbel y dicho sea ello a la vista del sesgo cada vez más politizado y servicial de los Premios Nóbel de la Paz, galardón al que en los últimos años algunos jurados noruegos parecen haberse empeñado en desprestigiar velozmente, al otorgárselo a sujetos abominables como Henry Kissinger y otros líderes políticos mundiales.

Volviendo pues a la literatura, que siempre es un mejor terreno, sospecho que entre los argentinos la frustración va camino de ser leyenda, lo que a mí se me hace una materia literaria en sí misma. De hecho mi cuento "La entrevista", que es de comienzos de los 80, trajinaba ese tema cuando todo el país parecía esperar el Nóbel a Borges, ilusión que se caldeaba con típica y argentinísima ansiedad deportiva. Y también escribí otro, mucho menor (por eso lo mantuve inédito), que titulé "Diatriba onírica contra la academia sueca" y que hasta ahora lo único interesante que tiene es el título.

Creo que aquella ansiedad la heredó el pobre Ernesto Sábato, que obviamente lo negaba aunque era tan visible su deseo de recibir el Nóbel. Yo lo visité por primera vez creo que en 1987, con el académico alemán y querido amigo Karl Kohut, catedrático de la Universidad de Eichstätt. En su casa de Santos Lugares, rodeado de árboles y plantas, Sábato fue amabilísimo con nosotros, estuvimos allí un par de horas y en algún momento resultó inevitable hablar del Nóbel. Entonces se lo consideraba heredero de la supuesta frustración borgeana, que para mí, insisto, era más bien una frustración argentina. No recuerdo cómo desdeñó la posibilidad de ser el premiado, pero sí que lo hizo con tanta elegancia como inverosimilitud.

Después nos mostró su atelier, donde él pintaba por aquellos días unos cuadros sombríos que a mí me resultaron horribles (aunque no tuve el coraje ni el atrevimiento de confesarlo) y luego nos sentamos a tomar el té con Matilde, quien no se veía enferma y más bien contradecía la sempiterna justificación de Sábato, que casi siempre se excusaba de compromisos aduciendo el mal estado de salud de ella. Claro que quizás fue sólo una impresión que tuvimos Karl y yo, pero aquella tarde nos pareció —y así lo comentamos después— una señora mayor muy agradable, amena y normal, que nos obsequió un libro de poemas que acababa de publicar.

Don Ernesto, como respetuosamente lo llamábamos, fue desde entonces muy amistoso y cálido conmigo. Quizás porque declaré, desde el vamos, mi rendida admiración por sus dos novelas más leídas: "El túnel" y "Sobre héroes y tumbas", y particularmente esta última, que me sigue pareciendo una de las grandes novelas que se escribieron en este país. O quizás por mi interés en "Diálogos", el libro de Orlando Barone, quien lo había reunido a fines de 1974 con Borges y que ya entonces yo consideraba una joyita de anticipación, injustamente poco considerada en los mentideros que son la Literatura Argentina canónica. O quizás porque él apreciaba mucho mi revista Puro Cuento, tanto que asistió generosamente a uno o dos encuentros que organizamos a finales de los 80. Lo cierto es que siempre, cada vez que nos vimos, cada vez que hablamos por teléfono, fue atento y afectuoso conmigo. Y en todo momento supe, como lo sé ahora, que ese trato era toda una distinción viniendo de él.

Ahora que escribo esta semblanza me reprocho, acaso tontamente, una cierta insinceridad. Y no sólo porque no confesé mi fea impresión ante sus pinturas, ni porque de sus muchos ensayos solamente me interesaron los dos primeros —"Uno y el Universo", y "Hombres y engranajes"— y poco y nada los siguientes, sino más bien porque aprecio mucho menos, casi nada, su tercera novela, "Abbadón el exterminador". Un texto para mí absurdo, que nunca pude terminar porque me vencía la sensación de estar ante un mero ejercicio de resentimiento. Eso siempre me chocó en él pero me era imposible decirlo, ¿quién era yo? Un nadie frente a un candidato al Premio Nóbel. Pero ese indisimulable dejo de resentimiento, de amargura impostada que lo caracterizó, me impedía un acercamiento más sincero.

Hoy sé que así son las cosas: a veces no sólo es difícil la sinceridad sino que incluso puede resultar vana y superficial. Sobre todo cuando uno es joven y está ante un consagrado.

De todos modos, hoy puedo decir que guardo un buen recuerdo de él a pesar de sus aspectos más cuestionados, como aquel almuerzo de Mayo de 1976 en la Casa Rosada con Videla, Borges, Ratti y el cura Castellani, en el que su silencio y la posterior, debilísima justificación le granjeó tantas antipatías y recelos. Cierto que su labor al frente de la CONADEP en 1983 fue importantísima, pero para mí eso era, de hecho, también un recurso de redención que le obsequió el Presidente Alfonsín.

Y en cierto modo se logró ese objetivo, aunque la mácula de aquella foto que recorrió el mundo (y está en la Wikipedia, si alguien quiere verla) le quedó para siempre como la marca de una vacuna antivariólica, y eso además de los lapidarios textos que ha escrito sobre el episodio el siempre furibundo pero siempre certero Osvaldo Bayer.

Lo vi hasta poco antes de que dejó de mostrarse en público, avanzado ya el nuevo siglo y milenio, cuando fue un par de veces al Ministerio de Educación durante la gestión de Daniel Filmus. Pero para entonces yo prefería mirarlo de lejos; en algún lugar me resultaba patético, me daba pena e íntimamente me prometía no ser jamás como él.

Es curioso. Soy consciente de la ambivalencia de mis sentimientos hacia él. No dejo de estimarlo, pero, en tanto yo me siento un hombre completamente libre de resentimientos que ha conocido muchísimos modelos de escritores, si hay uno al que jamás me querría parecer es justamente Don Ernesto.

Oficios canallas:

• La mesera de Ezeiza que cada noche viaja dos horas desde Pacheco, atiende la cafetería de 6 a 14 y de ahí corre a una secundaria de adultos en Carapachay.

• La embarazada de siete meses que se disfraza de enfermera y cantante a la gorra en un estand de la Feria del Libro Infantil de Buenos Aires.

• Ser monaguillo y sacudir el incienso con cierto sentido musical, y que el cura te reprima.

• Ser matarife de 9 a 18 y que al volver a casa tu mujer te reclame un poco de dulzura.

• Ser enfermera en el Instituto del Quemado y que al volver a casa tu marido te pida unos masajitos.

domingo, 2 de enero de 2011

Relectura y evocación de Bioy, el Maestro de la calle Posadas

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

Me disculparán nuevamente estos saltos temporales, pero el otro día, escribiendo sobre Bioy Casares, afortunadamente me fue inevitable releerlo. Tengo una larga docena de sus libros en mi biblioteca, e incluso una joyita que me regaló Juan Filloy cuando desguazaba la suya de Río Cuarto: la primera edición de "Luis Greve, muerto" de 1937, con una afectuosa dedicatoria de Bioy a Don Juan.

Eso representa para mí casi todo el valor de ese ejemplar, pues es un conjunto de cuentos bastante irregular, con textos débiles, que Bioy nunca quiso reeditar y que en su libro "Memorias" él mismo colocó entre "los que no debí publicar" y porque esperaba que "fuera el último de mis libros malos".

Por cierto, no me parece menos interesante recordar que el título completo de "Memorias" tiene un llamativo subtítulo que no figura en la portada de la edición de Tusquets pero sí en el inicio del texto, que reza: "Memorias. Infancia, adolescencia y cómo se hace un escritor".

Incluida esta perspectiva, y releído ahora, el libro duplica su atractivo.

Claro que de la relectura de Bioy pasé a otros libros y autores, como sucede cuando uno recorre su propia biblioteca y se detiene al azar —el maravilloso azar— y curiosea este o aquel volumen en tal o cual anaquel. En esa práctica, uno se encuentra con lo que anotó al margen durante las primeras lecturas. Eso hice ahora, y es curioso lo que sucede: veinte o treinta años después muchas de esas glosas, comentarios y hasta signos de interrogación o admiración, al margen o al pie de ciertas páginas, me resultan ahora incomprensibles. Es como si de pronto uno se viera forzado a discutir consigo mismo, aunque la discusión, más precisamente, sería entre el que uno es ahora y el que fue décadas atrás.

Pero además —y es gracioso— me ocurre que en algunas acotaciones ya no entiendo mi letra, o bien ignoro con qué intención fueron garrapateados esos signos o trazos. En otros casos sí, claro, comprendo lo escrito especialmente cuando alude a pensamientos o preocupaciones que pude tener cuando aquellas grafías.

Quizá en futuras entradas comparta las glosas que escribí en los márgenes de algunos libros de mi biblioteca, pero ahora sólo me interesa socializar algunas de las acotaciones a este "Memorias" de Bioy, libro que muestra al Maestro de la calle Posadas en la plenitud de su madurez, que fue la época en que lo visité, precisamente en su departamento de aquel quinto piso que miraba hacia la Recoleta porteña.

Reproduzco lo que escribí en mi libro "Así se escribe un cuento", en la página 319 de la edición en la colección Punto de Lectura (Ediciones B, Barcelona, 2003) y bajo el título de una frase de ABC: "Yo quiero que las palabras sean transparentes":

"Un domingo de enero de 1989 por la mañana, en su casa de la calle Posadas, en Recoleta, Adolfo Bioy Casares abrió la puerta con una sonrisa juvenil, encantadora, que mantendría durante toda la entrevista. Vistiendo impecable camisa blanca y corbata de colores oscuros, bajo una exquisita cazadora de gabardina ligera, con cinturón, me hizo pasar a su estudio, donde conversamos bajo un gran marco ovalado con un retrato de mujer joven y bella de principios de siglo —su madre— presidiendo el estudio. Una enorme ventana miraba a Plaza Francia en esa mañana luminosa, caliente, en la que se tostaban porteñas y porteños casi en cueros.

"Alto, elegante, se nota que practicó muchos deportes (futbol, rugby, tenis, atletismo). Se confesó tímido, pero se mostró en todo momento cordial, amistoso. Por un momento, tuve la sensacion de que jugábamos un fugaz torneo de seducción: había un maestro, claro, y yo era el aprendiz. Sonriendo mientras hojeaba el número 14 de Puro Cuento, se interesó por saber quién era Renata Farhat-Borges. Cuando le dije que era una escritora brasileña asintió: "Ah, con razón". E hizo un comentario sobre los orígenes portugueses de su amigo, Jorge Luis.

"En el estudio hay libreros que van del piso al altísimo techo, por lo menos tres mil volúmenes. Advierto libros antiguos, muchos en inglés o en francés. En los estantes hay decenas de fotografías: una de Sarmiento en uniforme militar; una de una casa de Dublín en cuyo frontispicio se lee "Margaret Joyce"; varias de hombres con caras de escritores; muchas fotos de chicas jóvenes, en general hermosas quizás porque son jóvenes. Hay una postal que es una dama de corazones y el corazón es rojo. No logro ver fotografía alguna de Borges, pero hay una con Silvina en Mar del Plata. De algunas fotos me da explicaciones: ésta de un tío suicidado ("tengo tres tíos Bioy que se suicidaron"); esta otra montando camellos con el padre y la madre, en enero de 1930, en Egipto. Es él quien inicia la conversación:

"—Me encanta el cuento, déjeme que se lo diga para empezar..."


Glosas y reconocimientos

He dicho que las glosas de este libro pintan cabalmente a Bioy, pero debo admitir que también a mí, o al que yo era hace quince años. Por caso, vean esta cita: "Cuando resolví abandonar los estudios universitarios, Silvina Ocampo y Borges me respaldaron. Silvina estaba persuadida de que la profesión de escritor es la mejor de todas y Borges me dijo: 'Si querés ser escritor, no seas abogado, ni profesor, ni periodista, ni director de revistas literarias, ni editor".

Mi anotación al margen dice: "Grande! La cláusula correcta sería: "Si querés ser escritor no hagas otra cosa y no pares nunca de escribir!!"

En otra página leo: "La imaginación y los sueños me proporcionaban historias que diligentemente yo convertía en páginas que, inéditas o impresas, se transformaban en agobiadoras pruebas de mi incapacidad de lograr una pieza literaria aceptable". A un costado, ésta fue mi glosa impertinente de 1994: "Salvo excepciones, sigue así, Maestro..." Por eso ahora añadí, debajo: "En 2010 repruebo la injusticia de aquella insolencia. Discúlpeme, Maestro!"

Toda relectura permite, además, descubrir ideas preciosas que nos pasaron inadvertidas la primera vez. Cómo ésta de la página 63: "Me pregunté qué posibles errores alentaba la vanidad (porque pensaba que de ella me venían todos los males) y me dije que nunca más volvería a escribir para los críticos (...) No, no escribiría para mi renombre, sino para el libro que tenía entre manos; para su coherencia y eficacia".

La sabiduría que desborda este libro es enorme y a la vez es dulce, irónica y sutil. El homenaje que le hace a Pepe Bianco, por ejemplo, es bellísimo y justiciero. Lo recuerda con generosidad, como autor y como editor. Al releer esta página evoco la vez que conocí a Bianco y me pareció tan deliciosa aquella su costumbre de decirle a los jóvenes escritores: "Vení, querido, que te voy a clarificar". Luego de lo cual prácticamente les reescribía todo y dejaba los textos impecables, rayanos en una perfección de la que el narrador original era incapaz.

Ahora creo entender por qué Osvaldo Soriano admiraba tanto a Bioy. Aunque lo discutimos muchas veces, debo reconocer que quizás entonces yo no entendí bien al Maestro de la calle Posadas. Lástima que ya no esté el querido Gordo para decirle que tenía razón. Valga este texto como reconocimiento póstumo a ambos.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El fascinante azar y la literatura

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

Por cierto, como si la mención de mis hijas las hubiera convocado, acabo de encontrar una fotografía en blanco y negro en la que ambas me rodean, la noche de la ceremonia de recepción del Premio Nacional de Novela, en Querétaro. Me enternece ver esas dos niñas transparentes junto a ese barbudo de traje y lleno de asombro y temores que fui veintitantos años atrás.

Este modo del azar, que juega con los recuerdos y hace que una cosa convoque a otra, en imprevisible ilación, me fascina desde siempre. Borges fue, se sabe, un maestro en la materia: buena parte de su literatura se nutrió de lo inesperado, o al menos él así solía declararlo además de que nos dejó sus habituales, brillantes, enigmáticos y/o certeros comentarios sobre los mandatos y los modos del azar.

Con mucho menor talento, sabiduría y rigor, lo que a mí me sucede es que sencillamente me dejo llevar y así surge la escritura que estimo mejor. La mía, estoy diciendo. Que me parece más poderosa cuando es fruto de lo imprevisto y nace determinada por el mero fluir. Pensabas y escribías una cosa, y el puro gesto escritural incendia todo lo anterior y genera nuevos rumbos. Algo así. Y es grandioso cuando esto sucede, porque no sucede —claro que no— todos los días.

Ése fue el modo, ahora lo advierto, que prefiguró mi trabajo por años. Sobre todo desde finales del 83 e inicios del 84, yo ya me sentía prácticamente enfermo de literatura. Desde abril del 82 venía escribiendo, sin saberlo y sin planes, lo que después sería mi novela SANTO OFICIO DE LA MEMORIA. De esto hablaré más adelante, seguro, pero ahora me doy cuenta de que el fascinante azar jugó un fabuloso papel en esa tarea. Yo diría incluso que gracias al azar escribí esa novela con ninguna premeditación y toda alevosía. Ya volveré sobre esto. Porque ahora quiero ocuparme del Premio Nóbel que hace muy poquito le fue otorgado al maestro Mario Vargas Llosa.


Don Mario, el Nóbel y los merecimientos

Y es que una amiga y lectora me ha preguntado qué opino del Premio Nóbel de este año. Parece sugerir que, con mi supuesto silencio, no me jugué con una opinión pública. Pero eso no es verdad. Sí di a conocer mi opinión, en varios programas de radio y en este mismo blog en mi crónica de la Feria de Frankfurt, y la cual se reprodujo en diversos medios de Latinoamérica y Europa. Me pareció un Nóbel bien otorgado y lo celebré con estas palabras: "Vargas Llosa merece sin dudas este galardón, por su obra excepcional. Sus posiciones políticas, por erradas que nos parezcan, no invalidan la grandeza de por lo menos media docena de novelas que son y seguirán siendo fundamentales para la literatura latinoamericana”.


Ya hace mucho que pienso esto de Don Mario. De hecho, creo que su presencia en la Real Academia de la Lengua ha sido un factor de fortalecimiento del castellano americano, últimamente mejor reconocido por esa institución hasta hace pocos años tan conservadora. Claro que no comparto ni me gustan en general las opiniones políticas que de él se conocen cada tanto, y me choca completamente que sea accionista o copropietario (si lo es realmente, como escuché en España) de un diario tan mentiroso (al menos respecto de la Argentina) como "El País". Pero me encanta que él esté en la RAE, donde lo imagino aflojando las mordazas de la policía de la lengua que supo ser su Diccionario. Y me complace que haya ganado él el Nóbel, más allá de lo feo que resulta el verbo "ganar" para un reconocimiento literario.

También es cierto que hubiera sido igualmente merecido que en este 2010 que termina mañana el Nóbel se lo hubiesen otorgado a Carlos Fuentes, o a nuestro Juan Gelman. Pero así está bien. Don Mario es un estupendo y merecido Nóbel literario.

Por cierto, esto último quizás habilite una reflexión sobre los supuestos merecimientos. Porque, claro, cuán subjetivo es todo esto, ¿verdad?

Tengo a la mano un apunte de mediados de los 90 (me es difícil precisar la fecha) que no me resisto a reproducir porque viene a cuento, aunque se refiere a otro gran escritor:

"He pensado que últimamente Bioy Casares me cae gordo, pero me doy cuenta de que no se trata de Bioy mismo, sino, una vez más, de sus apologistas. Como los que envanecieron a Borges, a Saer, a Piglia y acaso lo harán en adelante con Aira. Bioy es una magnífica persona, un narrador notable y además un argentino exquisito, como les gusta pensarse a los de su clase y condición intelectual. Pero no es un escritor tan grande como se pretende. No está para el Nóbel y tampoco sé si realmente mereció el Cervantes. Sí ha escrito un par de libros que serán clásicos (pienso en "La invención de Morel" y en "Diario de la guerra del cerdo"; y un poco menos en "El sueño de los héroes") y como cuentista tiene relatos muy valiosos. Pero me resulta inevitable sentir que como cuentista es menor frente a Silvina Ocampo y a Borges, y ni se diga Cortázar. Y además sus otras novelas son muy desparejas, y algunas más bien pobretonas, especialmente "La aventura de un fotógrafo en La Plata", que desde el título mismo es francamente mala). Desde que murió Borges, que fue su gran amigo, hay escritores y periodistas que pareciera que se preparan para ser sus viudas literarias. Y ni se diga del siempre oportunista diario Clarín. Me pudren esas actitudes. Como fuere, lo mejor de Bioy ha ido apareciendo últimamente, en sus "Memorias" (un librito sabroso, lleno de encanto, sabiduría y sentido común, y digo "librito" porque me decepciona que en tan breve síntesis esté toda la evocación de un hombre que protagonizó el siglo XX literario argentino); y también en algunas declaraciones públicas como la que hizo para la revista Viva, en diálogo con María Elena Walsh: “Pienso que una fuerte vida intelectual es mala para la literatura. La literatura se hace en la casa, cada uno por su lado, y no charlando en cafés o luciéndose oratoriamente”. Para mí ése es el mejor Bioy ".


Lecturas:

Ya que de grandes escritores hablamos, comparto esta lectura maravillosa: cuentos y relatos breves, inéditos, de Franz Kafka, traducidos por el joven germanista colombiano Selnich Vivas Hurtado, quien tuvo la enorme gentileza de obsequiarme un ejemplar de su libro hace tres meses, cuando nos encontramos en un vuelo de Bogotá a Ezeiza.

Él se acercó a mí, dijo ser mi lector y me obsequió su libro, que es una verdadera joya, lamentablemente muy difícil de conseguir.

Este hombre, Selnich, joven y talentoso, además poeta y de los buenos, es un germanista que logró su Doctorado en 2008 en la Universidad de Freiburg, Alemania. Allí, según me contó, tuvo ocasión de hurgar en archivos desconocidos de Franz Kafka, entre los que encontró textos nunca traducidos al castellano, y encima textos llenos de humor inteligente, con apuntes de lecturas de sus autores predilectos y sobre todo con dibujos excepcionalmente interesantes. Yo no sabía que Kafka había sido un eximio dibujante, y en este libro titulado precisamente "Microcuentos y dibujos" (Biblioteca Clásica para Jóvenes Lectores, Editorial de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010) podemos descubrir al genio checo en versión inesperada, ni sórdido ni sombrío como se lo ha considerado siempre. Una joya de libro, que redescubre y sobre todo resignifica al autor de "La metamorfosis". El cual, viene al caso recordarlo, Borges consideraba que era el peor relato de Kafka, según recuerda Bioy precisamente en "Memorias" (Ed. Tusquets, 1994).

viernes, 24 de diciembre de 2010

El largo 1983, un cambio de título y los trabajos de la melancolía

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

Hace varias entregas conté que mi primera novela —TOÑO TUERTO REY DE CIEGOS— fue incinerada por la dictadura en el invierno de 1976. Ese mi primer libro, abortado entre decenas de miles de otros libros que los militares quemaron en la Editorial Losada, quedó, para mí, de alguna manera en el olvido. Un poco por la frustración y el exilio, otro poco por un natural crecimiento literario que me volvía más exigente, y seguramente por los nuevos proyectos de escritura en que me fui concentrando, lo cierto es que renuncié a publicar ese libro en México. Hasta que después de recibir el Premio Nacional de Novela en Querétaro, y nuevamente a instancias de mi primer editor mexicano, Luis Mario Schneider, cambié de idea y recuperé ese libro que dormía en una carpeta desde hacía siete años.

Luis Mario estaba muy contento con el éxito de LUNA CALIENTE en la Editorial Oasis, y enseguida me preguntó —como hacen todos los editores del mundo ante el buen suceso de un libro— si no tenía otra novela. Y entonces le confesé que todo lo que tenía era ese texto nonato.

Me atreví a publicar esa novela después de mucho pensarlo, y con un nuevo título: ¿POR QUÉ PROHIBIERON EL CIRCO?

No fue una decisión fácil. Sobre todo porque a esas alturas yo sabía que ese texto requería una ardua reescritura. No sólo porque habían pasado ocho años desde que entregara a Jorge Lafforgue el primer original, sino porque en esos mismos ocho años yo había cambiado, había crecido y me reconocía mucho más exigente.

De manera que releí aquel original en galeras (la versión linotipeada era todo lo que había conseguido salvar y llevar a México) y lo sometí a un riguroso trabajo de poda y reescritura. Durante varias semanas reformulé oraciones, quité malezas, limpié lugares comunes y vicios adolescentes, y creo que la mejoré. Al menos la dejé más presentable, si bien continuaba lleno de dudas. Las tuve siempre, de hecho, y confieso que las sigo teniendo. Si no, ¿por qué no incluyo, ni aún hoy, esta novela en mi curriculum, en las fichas bio-bibliográficas que me piden y ni siquiera la reconozco en mi página web?

No tengo respuesta. Y no crean que no me lo pregunto.

Como sea, Schneider tenía una finca, o refugio, en Malinalco, y allá fui un día a llevarle el original reescrito. Era un sitio raro, aquél, un pueblo que se decía privilegiado en las montañas al Sur del Distrito Federal. Se decía que había por allí unas termas prodigiosas, cerca de una laguna muy bella (de nombre Zempoala, si mal no recuerdo), y bueno, la verdad es que ahora me veo como lo que debo haber sido en aquel momento: un joven escritor algo envanecido y algo torpe que va a entregar a su editor un texto que no termina de convencerlo y del cual se arrepentirá toda la vida.

Quizás exagero, lo sé. Pero creo que así me sentía, sin saberlo, veintisiete años atrás.

La novela fue publicada en la colección El Nido del Ave Roc, de la misma Editorial Oasis. Y así como en la primera edición de LUNA CALIENTE la contratapa llevaba la firma de Juan Rulfo, la de ¿POR QUÉ PROHIBIERON EL CIRCO? la firmó José Agustín.

José también era mi amigo y era, y es, un tipo generoso y entusiasta como pocos. Cuando le pedí, por teléfono, unas palabras para el texto, me respondió que lo haría encantado, que le hiciera llegar la novela y que la iba a leer ese mismo fin de semana. Se la hice llegar de inmediato, claro, y ahora pienso que, en realidad, al pedirle ese texto estaba pidiéndole también una opinión acerca del probable error que iba a cometer. Acerca del cual José, cuando fui a su casa en Cuautla a la semana siguiente y le comenté mis dudas, me dijo en su estilo juguetón y atenorado que no mamara, que la novela estaba a toda madre y que le había encantado leerla.

De hecho, el texto que escribió para la contratapa era casi consagratorio, acaso exageradamente entusiasta. Ubicaba a la novela en su justa dimensión histórica (el realismo social de los 60 y 70), rescataba la escritura y la tensión de la peripecia, y sobre todo la vigencia literaria de una propuesta que no moría.

No tengo ese texto a mano en este momento; por eso no lo reproduzco. Ni siquiera sé si me queda algún ejemplar de aquella primera, única edición de esta novela que aún hoy sigo negando. Pero prometo postearlo si lo encuentro.

Mientras tanto, y para cerrar esta evocación, diré unas pocas palabras acerca del cambio de título de esa novela. Ahora se me ocurre que es una historia que, aunque modesta, merece ser contada porque ese cambio se debió al vivo impacto de la primera noche que pasé en México, en el 76.

Ya conté (creo que lo conté, y me disculpan si voy pa'trás y pa'lante, pero así funcionan los recuerdos) que del Aeropuerto Benito Juárez me llevaron a la casa de Nicolás Casullo y Ana Amado, que estaba embarazada de su hija Liza, hoy reconocida cineasta. Allí pasé mi primera tarde en México, cenamos con Jorge Bernetti y los Casullo, y luego en la noche me llevaron al departamento de Jorge Lebedev, otro periodista que había sido compañero nuestro en la Editorial Abril.

Pero esa primera noche yo no pude dormir. Estaba completamente acelerado, desolado y excitado por el cúmulo de emociones de los últimos dos días. Así que mucho después de la medianoche salí a caminar, crucé la Avenida Reforma por la calle Niza y entré por primera vez a la turística, casi mítica Zona Rosa. No me pareció nada del otro mundo, y el olor de las taquerías me resultó un tanto chocante. En cambio me atrajo mucho introducirme en el Sanborn's de la calle Londres, que como todos los Sanborn's de México es una especie de kiosco gigante, restaurante típico, joyería, disquería, tienda de artesanías y librería de best-sellers, diarios y revistas.

Allí pasé la primera, melancólica madrugada de mi exilio, iniciando el duro trajín de la nostalgia, preguntándome cuándo volvería a todo lo que había dejado, si podría soportar la diferencia en circunstancias en que el diferente era yo, y por qué no había en este país cafés como los argentinos y en cambio sí había estos sitios agringados y esas olorosas taquerías de mesas de fórmica y plástico y hule con los hornillos encendidos las veinticuatro horas.

Enseguida descubrí que tampoco las librerías Sanborn's eran interesantes: ofrecían muy pocas novedades de autores locales valiosos, mucho libro de negocios, marketing y publicidad, montones de basura disfrazada de autoayuda y puros best-sellers gringos traducidos en Barcelona. Pero como me pasé un largo rato curioseando para comprobar todo eso, de pronto me topé con una obra de teatro de Carlos Fuentes que yo desconocía: "El tuerto es rey". Y lo leí de parado, y aunque la trama refiere a una señora y su criado, ciegos ambos, que esperan la llegada del marido, que todo lo ve y es un tanto despótico —lo cual a mí ni fu ni fa— me sirvió para decidir que era imperioso cambiar el título de mi novela maldita, si alguna vez la publicaba en México.

Sin embargo no recuerdo con exactitud en qué momento decidí el nuevo título. Posiblemente fue después del interés de Luis Mario Schneider, y ahora se me hace que José Agustín no fue ajeno a ello. No lo sé. Pero sí sé que al poco tiempo me arrepentí, porque es real y francamente un título malísimo. Quizás el mejor título debió ser "Colonia Perdida" o acaso algo más ambiguo: "Noticias del Impenetrable"; o "El que llega". Pero bueno, ya está. Y la verdad es que no sé por qué mantuve un título que nunca me convenció.

Así que ya ven: mi relación con esta novela fue y sigue siendo conflictiva, a pesar de que alguna gente que me quiere y conoce bien mi obra opina que debería reeditarla y dejar que sean los lectores quienes decidan si tiene algún valor. Y puede que tengan razón, pero yo no la siento representativa de mi trabajo. Pónganle si quieren que es pura coquetería autoral. De acuerdo.

Capaz que cuando yo muera mis hijas deciden reeditarla. Estará bien.

sábado, 18 de diciembre de 2010

14 de febrero del 84: Alumbramiento y muerte

El laberinto y el hilo

Quienes deseen leer el texto completo de esta memoria personal, lo encontrarán en "EL LABERINTO y EL HILO" (completo)

La aceptación de LUNA CALIENTE fue algo inesperado. Las notas de prensa se sucedían y eran todas laudatorias. Una tras otra, parecían estimular una rápida reedición, que se produjo, a la vez que la novela era requerida para su traducción a otras lenguas. La Agencia Balcells sabía manejar bien las cosas, pero como yo no había vivido jamás algo similar, confieso que para entonces lo que más me preocupaba era no marearme.

Pienso que lo logré, y nuevamente gracias a Juanito. O a su sabiduría y extremo perfil bajo. Porque su mirada no era juzgadora, pero sí severa y alertada. Y pertenecer a su minúsculo círculo de amigos imponía no sólo lealtad y atención sino también no hacer ni decir pendejadas.

Voy a contar ahora lo que sucedió con la presentación de LUNA CALIENTE, que se realizó en el Palacio de Bellas Artes. Pero antes me permitirán ustedes una digresión para decir que no entiendo por qué mis editores, en los últimos veinte años, han preferido no utilizar ese texto de Juan Rulfo. Me parece un disparate, y a algunos se lo he dicho. Pero sólo se usó ese texto como contratapa en las primeras ediciones del medio centenar que lleva hasta hoy. En la Editorial Bruguera, en Buenos Aires, cuando se publicó en 1984 y se reeditó un montón de veces, esas palabras de Juan fueron fundamentales. Para el éxito y también para la envidia, diría yo, a la vista de un par de críticas condenatorias que aparecieron entonces en revistas porteñas, firmadas por colegas de cuyos nombres prefiero no acordarme. También en muchas traducciones lo reprodujeron. Pero desde la muerte de Juan nunca más, y no sé bien por qué. Y no me gustan las conjeturas que se me ocurren. Un día tengo que preguntárselo a un editor.

Como fuere, retorno en este relato a Bellas Artes aquella tarde del 14 de febrero de 1984. El marco de público era impresionante, y yo me sentía sobrepasado. Era la primera vez que iba a presentar un libro en esa catedral, que es a México lo que a Argentina es el Teatro Colón (al menos el de antes del desastroso gobierno municipal de Mauricio Macri). Había muchísima gente allí, parecía estar toda la prensa mexicana y los presentadores del libro eran lo que en Argentina hoy se llamarían tres "grosos": Juanito, Agustín Monreal y Noé Jitrik.

Era un acontecimiento extraordinario para mí. Que aunque mantenía la calma y gobernaba mi propio nerviosismo y ansiedad, vivía interiormente una especie de fiesta que sería inolvidable. Y así fue, inolvidable, aunque resultó un fracaso, porque luego de las primeras palabras de Noé alguien se acercó a Juan y le susurró unas pocas palabras al oído. Tras lo cual, se mostró visiblemente turbado, tanto que Noé interrumpió sus palabras y le cedió el micrófono. Juan entonces se puso de pie y dijo que acababan de informarle que había fallecido Julio Cortazar en París, y que lo que debíamos hacer en ese instante era rendirle un homenaje al Gran Cronopio aplaudiéndolo a rabiar. Fue impresionante: toda la sala estalló en un sonoro y larguísimo aplauso, mientras algunos se largaban a llorar abiertamente y Juan y todos los de la mesa nos abrazábamos como hermanitos menores.


Para el corcho en la pared:

(Papelitos encontrados en el fondo de una caja)

• Credo: Yo narrador me confieso ante Dios todopoderoso, creador de Homero y de Virgilio, de Don Quijote y Pantagruel...

• Dogma borgeano: La realidad es la única ficción.

• Asesinatos en serie que serían beneficiosos para la Humanidad: 1º) abogados; 2º) taxistas, 3º) jubilados boludos que votan a Menem.