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lunes, 11 de octubre de 2010

Frankfurt, Argentina, 2010 - Una crónica día a día / 1 (de 5)

NOTA 1 (de 5) - Del 3 al 5 de Octubre.

Domingo 3 de Octubre. Noche.

Ezeiza parece invadido por escritores, periodistas y funcionarios. Me dirijo con Horacio González y Ricardo Forster al salón de American Express. Luego llegan Luisa Valenzuela y Elsa Osorio, y la pasamos bomba, nos bebemos una botella de Chivas de 18 años que da gusto. De ahí al avión de Lufthansa, que parece una estudiantina. Por aquí las chicas de la prensa: Silvina Friera, Patricia Kiolesnicov y Mora Cordeu, que andan siempre juntas como las hermanas Arrufat, de Marco Denevi. Más allá Diana Bellesi, en otra punta Sandra Russo, en otra Eduardo Jozami, Hernán Brienza y también Canela y Graciela Araoz. Por allá Juan Sasturain con su mujer, y Vicente Battista y Mario Goloboff y tutti quanti. Hago un comentario en voz alta: si este avión se cae se acaba por un buen rato la literatura argentina, o se salva definitivamente.

Nadie festeja mi chiste, que sigo pensando que no es tan malo.

En el vuelo me toca de vecino Osvaldo Quiroga. Charlamos, leemos. Llegamos el lunes a la tarde, molidos, y nos llevan al Hotel Intercontinental en dos micros enormes y lujosos.

Lunes 4 de Octubre. Noche.

Después de descansar un rato, vamos todos al Museo Judío de Frankfurt. Un lugar de hermosa arquitectura, con un auditorio amplio y luminoso. Nos vamos sentando para un acto que muchos sospechamos plomísimo. Hay los que sacan fotos de todo lo que ven; yo en cambio me las dibujo. No sé si está bien pero me da calor pedir a alguien que me tome una foto con este fondo o con aquel colega. Si las cosas salen, que salgan, pero pedirlas...

Están todos, y más, muchos más que vinieron en otros vuelos. En la primera fila, funcionarios: Héctor Timerman, Alberto Sileoni, Jorge Coscia, el embajador en Alemania Victorio Taccetti, Ignacio Hernáiz, Rodolfo Hamawi y media cancillería, encabezados por Magdalena Faillace, alma mater de todo esto.

Saludo a Juan Gelman, a quien ya encontré antes en el hotel, y también me acerco a María Kodama, siempre tan amable, y entonces llegan Daniel y Kuki Divinsky y varias escritoras amigas: Shúa, Lojo, Plager, Vlady Kociancich, Cristina Mucci, Elsa Osorio y Laura Alcoba que vino de París y está cada día más linda. También Osvaldo Bayer, Pablo de Santis, vaya, eso es una constelación: por donde uno mire se encuentra con novelas, cuentos y poemas que ha leido y admirado.

La "Expo Juden in Argentinien Jubileo 200" recuerda el Bicentenario con una muestra de la presencia judía en nuestro país desde 1810. Se inaugura con un cuarteto llamado "Nigun Tango", que hace música fusión de tangos con canciones tradicionales hebreas. Son buenísimos, es un placer escucharlos. Llueven aplausos.

Hasta ahí, fenómeno, pero luego empiezan los discursos y como no hay traducción simultánea hay que escucharlos dos veces, una en castellano y la otra en alemán, idioma que en sus construcciones es más extenso que el nuestro. Una de las primeras en huir subrepticiamente es Hinde Pomeraniec, ex Clarín y Canal 7, ahora editora jefa de la casa colombiana Norma. Se va a un costado a caminar. Yo la sigo y en segundos viene un pelotón. Recorremos la muestra, que está bien buena, imaginativa y original, con impactantes ilustraciones de Pedro Roth, y unos pocos decidimos no esperar las empanadas y el vino prometidos, y en cambio vivir una noche alemana, aunque sea lunes y a cualquier costo.

Salimos en pos de una cantina donde comer salchichas con chucrut y beber alguna cerveza como corresponde. El grupo original lo componemos González, Fórster, Rodolfo Hamawi, el dramaturgo Jorge Alemán que ha venido de Madrid, y yo. Después de caminar más de una hora fracasando en un montón de bares a punto de cerrar, encontramos un bodegón irreprochable en la Dom/Römer Platz, cerca del río. Luego se sumaron otros/as compatriotas.

Regresamos cantando tangos en la alta noche alemana.

Martes 5 de Octubre. Cristina en la tarde.

Para toda la delegación argentina que invade esta ciudad, yo diría que fue un día especial: agitado, activo, emocionante. Pasado el mediodía, en el Frankfurter Hoff, que es el hotel más elegante de la ciudad y de hecho el centro de decisiones de todas las ferias que se hacen aquí cada año, todo el año, se firma un acuerdo entre la Secretaría de Cutura de la Nación, la Biblioteca Nacional y el sindicato unificado de docentes de Córdoba, por un lado, y el Instituto de Investigaciones Sociales local, más conocido como "Escuela de Frankfurt" y que fuera espacio de discusión del marxismo durante décadas. Luego de la firma se esperan jugosos discursos, y desde ahí seguiremos camino a la Feria, que se inaugura oficialmente a las cinco de la tarde.

La sorpresa está dada por la aparición del Canciller Timerman seguido del Embajador Victorio Taccetti. Al ratito nomás entran unos tipos que obviamente son de ceremonial y tras ellos la Presidenta.

Es la segunda vez en mi vida que la veo de cerca (la primera fue en 2004, en Rosario, en el almuerzo de inauguración del Congreso de la Lengua) y me parece una estupenda oportunidad para observarla detenidamente.

Ella me honra reconociéndome: "Cómo le va, Mempo", me dice desde la mesa que preside el acto. También saluda a Horacio González, a Ricardo Forster, a Jorge Alemán, y dice: "Qué linda gente hay aquí..." y sonríe. Se la ve descansada, perfectamente maquillada, elegantísima con un traje de saco corto cerrado y con medias y zapatos negros altísimos. Es inevitable evocar cómo se la critica por sus atuendos, como si cuestionando sus ropas se consiguiese rebajarla políticamente. Para mí, que no entiendo nada de vestimentas femeninas, está muy bien vestida, y dicho sea esto aunque algún idiota pueda acusarme de "kirchnerista" por decirlo.

Pero también me parece un poquito sobreactuada. Sobre todo cuando se muestra simpática, o intenta serlo adrede. Durante el acto me da la impresión de que se esforzara por ser ocurrente y descontracturada. Incluso divertida. Pero ésa no es su función, y ella debiera saberlo. Alguien tendría que ocuparse de asesorarla en ésta y otras cuestiones menores. Porque son cuestiones menores, seguro, pero que la afectan a ella y nos afectan a todos. La cuestión de la imagen no es una pavada.

Como sea, la Presidenta se ve muy contenta, y eso sí me sorprende. Debe haber viajado toda la noche, puesto que ha llegado esta mañana, pero se la ve espléndida. Segura en su papel y chocha por desempeñarlo. Es una linda mujer, debe tener 55 años o poco más y está fantástica. Siempre pensé, viéndola por televisión, que se había operado la boca y que no le hicieron un gran trabajo. Sin embargo ahora, a sólo dos o tres metros de distancia, casi no se le nota cirugía alguna y la verdad es que resulta mucho más interesante. Sonríe todo el tiempo y se la ve disfrutar, como encantada de estar en un salón lleno de intelectuales.

El acto se desarrolla con discursos en castellano y en alemán, por suerte breves. Sigo mirándola, impresionado por cómo escucha todo concentrada y asintiendo, con algunos mohines que parecen estudiados o dando leves cabezazos de conformidad que le hacen caer bucles de pelo negrísimo sobre la frente y los ojos. Ni por un segundo dejo de pensar en el magnetismo de esta mujer y en las reacciones que concita: ese odio salitroso que le dispensa la oposición amalgamada; ese asentimiento gelatinoso que la sigue y aplaude muchas veces con más lambisconería que convicción.

No es la primera vez que sucede en nuestro país; parece ser un condimento infaltable de la tragedia argentina. Y es una pena porque esta mujer es muchísimo más inteligente y valiosa que lo que hacen ver los sistemas mediáticos. Sin dudas menos revolucionaria que lo que estiman sus incondicionales y quizá ella misma, pero indudablemente es una mujer con estatura de estadista, por la firmeza de sus puntos de vista, su oratoria sorprendente y su olfato político excepcional.

Si yo fuera opositor —digo para mí— lo último que haría sería subestimarla, y en todo caso mi esfuerzo mayor se dirigiría a comprenderla, ante todo, para mejor combatirla.

Y si fuese partidario de ella, o sea kirchnerista, intentaría por todos los medios ayudarla a despojarse de cierto estilo chocante que tiene, preñado de gestos irritantes y actitudes que bordean lo naîve y que destiñen el brillo natural que ella muestra con sólo hablar.

Porque es una oradora brillante y lo demuestra una vez más al final del acto. Está al tanto de la Escuela de Frankfurt y habla con solvencia de las críticas al marxismo, con citas apropiadas y oportunas, no mete la pata ni a cañonazos y maneja los tiempos de manera de cerrar todo, sobriamente, en menos de quince minutos.

Aplauso cerrado mientras baja del estrado, y se retira estirando una mano para saludar a dos o tres. Cuando pasa por donde estoy estrecha mi mano con lo que interpreto como una clara indicación de complicidad, diría yo, lo que no deja de ser tan gentil como inquietante. Sale velozmente.

Detrás, nos disponemos a trasladarnos a la Feria del Libro, que ella misma va a inaugurar en una hora más. Me quedo pensando que alguien debería decirle que le convendría ser menos directa, menos enfática, menos, digamos, confianzuda. Sobre todo con los que no conoce, o sólo superficialmente. Quien gobierna un país que quiere ser serio, un estadista cabal sea varón o mujer, debe imponer su autoridad no con simpatía sino con la sola dignidad de su presencia. También la seriedad y distancia de un presidente son necesarias para ennoblecer ellos el cargo, porque ningún cargo ennoblece a una persona que no da la estatura.

La historia argentina está llena de ejemplos en ambos sentidos: excepción hecha del duro ascetismo de Hipólito Yrigoyen, la serena frialdad del último Juan Perón y la un poco forzada majestad de Raúl Alfonsín, los demás no conformaron un carnaval de presidentes sino una sucesión de presidentes de carnaval. Recuerde el lector el engolamiento cuartelero de Onganía y de Videla, la ramplonería de casino de oficiales de Galtieri o la inexpresiva y cínica necesidad de autoamnistiarse de Bignone; y evoque luego a demócratas de cartón como Menem, De la Rúa y Duhalde, e incluso "El Adolfo" y los oscuros legisladores de efímeras presidencias a fines de 2001. Impresentables absolutos —cada uno a su manera— todos ellos se disfrazaron con dignidades que no tenían.

En cambio esta mujer tiene, me parece, y más allá de los apuntados rasgos cuestionables, una imponencia natural que hace mucho tiempo no se veía. Ni siquiera en su antecesor y marido, desde ya, que en mi opinión siempre fue más un militante, un puntero político astuto y oportuno, que un estadista. Con su estilo desgreñado y nada elegante, con su verba pastosa y poco conceptual, siempre me pareció perfecto para un rol de intendente o gobernador provinciano, diputado o, como es ahora, líder de un partido popular.

Comento todo esto con Sandra Russo, que viene siguiendo a la Presidenta para escribir su biografía, y cuando le sugiero que aproveche su cercanía para darle consejos de este tipo, me dice sonriente: "Ah, no, eso decíselo vos". Y luego me sugiere que escriba yo una semblanza de Cristina. Desdeño la idea de Sandra en el momento, pero es quizás lo que estoy haciendo ahora.

Inauguración de la Feria:

Mujeres argentinas y llanto de varón.

Sé que a esto lo han contado los diarios, pero últimamente los diarios (al menos los del sistema mediático dominante, desde Argentina a España, de España a Alemania y de aquí a donde quieran) no cuentan lo que pasa sino lo que quieren que la pobre inocencia de la gente crea que pasa. Están obviamente asociados en mantener engaños cada vez más insostenibles y el enorme poder que tienen les permite hacerlo. Por eso me detengo en ésta mi versión.

El salón del Centro de Congresos de la Feria está completo, tutus mundi está allí. Me recuerda al año pasado, cuando China fue el país invitado de honor. Estaba lleno como ahora, sólo que con abrumadora mayoría de orientales.

Llega la Presidenta y hay aplausos generalizados. Estoy a unas diez filas de distancia y observo. Lo primero que hace es ir a saludar a Juan Gelman y a Osvaldo Bayer. Luego sigue su camino hacia la primera fila, donde están las autoridades y espera, conmovedoramente modesta, Griselda Gambaro.

Comienzan los discursos. La Presidenta es la última de siete. Antes de ella la voz de Griselda, algo débil pero firme en las ideas, llena el escenario con un discurso sobrio, sensato, en el que soslaya inteligentemente las despreciables reglas del mercado para rematar con la idea superior de la independencia intelectual. Dicho ahí, por la enorme mujer bajita que es Griselda, eso resuena como un milagro antes que como un llamado de atención. Y yo creo que eso se debe a que ahí no hay a quien llamarle la atención.

La Presidenta así lo entiende, me parece, al retomar uno de sus motivos políticos fundamentales, reiterado con una consecuencia que más quisieran tener muchos dirigentes argentinos.

Comienza llamando a Elsa Oesterheld, viuda de Héctor, mi amigo Héctor, desaparecido en el 77.

También fueron secuestradas las cuatro hijas de ambos. A todos los mataron.

Cinco crímenes que pesan todavía sobre esta mujer que conmueve a las 1.500 personas presentes cuando simplemente dice, con voz entrecortada, que durante tantos años "yo también creí que estaba muerta; ahora vuelvo a tener esperanza".

Es la primera vez que lloro este día. A lágrima tendida, pañuelo en mano y sintiendo que por fin algo fundamental se vindica en el mundo, y vale la pena, y nosotros somos testigos privilegiados de ello.

Brevísimo análisis de discurso. Pabellón y después.

Del discurso de la Presidenta sólo diré dos cosas: 1) que fue una pieza de oratoria como no hubiese podido pronunciar ningún presidente argentino de los últimos 40 años, y encima fue improvisado, lo cual acrecienta el mérito; 2) que fue un poquitín excesivo en el final, por largo y porque para mí le sobró ese inoportuno chiste acerca del martillo de inauguración puesto sobre la mesa.

En el aplauso final hubo de todo: una enorme mayoría aplaudimos complacidos y orgullosos. Los núcleos kirchneristas duros se mostraban exultantes, entusiasmados a plenitud. Y había también intelectuales escandalizados como si el discurso lo hubiera dicho Menem, o el Chavo del Ocho, que es más o menos lo mismo. Con gestos irónicos y comentarios sotto voce, un cierto, oscuro y profundo gorilismo resurgió en algunos/as, incontenible. No dejaba de ser gracioso.

De ahí la corta marcha al Pabellón Argentino, que está buenísimo. Interesante, sobrio, estéticamente atractivo y agradable a medida que se lo recorre, es a la vez didáctico y funcional. A mí me recuerda un poco al que montó China en 2009, aunque éste me gusta más porque hilvana sutilmente historia, próceres, literatura, política, memoria y artes plásticas.

Está buenísimo, hay que repetirlo. Es justo hacerlo y además así uno puede decir sin ofender que también el Pabellón ofrece un flanco para la crítica que es completamente pavote. Una verdadera minucia que, para mí y para una mayoría de invitados, ha sido la pequeña gran metida de pata de la impecable organización.

Me refiero a cierto exceso de fotografías de la Presidenta a la entrada del Pabellón. En los dos paneles de ingreso, el de la izquierda muestra hermosas fotos de los recientes festejos del Bicentenario; y en el de la derecha hay varias grandes fotos de Cristina, y en una está incluso el Diputado Néstor Kirchner. En un contexto de centenares de fotografías estupendas, y obras de arte magníficas como el impactante mural de Rep, esto es una nimmiedad, una tontera, porque es obvio que este gobierno ha cambiado el rumbo de la historia nacional en muchos sentidos, entre ellos la educación y la cultura, y no hacía falta esta puesta en relieve.

Innecesarios completamente, esos íconos sólo sirven para irritar a la oposición feroz de nuestra república y para dar de comer a las fieras de la prensa mundial asociada.

De hecho Magdalena Faillace debió salir a aclarar frente a la mala leche de algunos medios, y no lo hizo mal, pero mejor hubiera sido no tener que justificar nada.

Lo cierto es que muchos diarios dieron todo el relieve a esta tontería que más parece el distraido acto de un obsecuente que otra cosa. El "Frankfurter Zeitung" se hizo un festival con el argumento de lo "maradoniano" de los argentinos. El mismo estúpido argumento que usó "El País", de Madrid. Y "La Vanguardia" de Barcelona. Y obviamente los "grandes diarios" argentinos. Como si el neo-adjetivo "maradoniano" tuviese importancia y peso para esmerilar la estupenda presentación argentina en la Feria del Libro de Frankfurt.

Y es una pena porque, que yo recuerde, nunca la cultura argentina hizo un esfuerzo semejante, y con tanto lucimiento. Y no lo digo sólo por la delegación y los invitados. Sino porque ademas este año se tradujeron 300 libros de escritores/as argentinos/as apoyados por el Programa Sur. Una inversión ejemplar, que debería continuarse porque al país le brinda un servicio excepcional, y además baratísimo si se compara la relación costo/beneficio.

Concierto en la Ópera.

A las nueve de la noche, en la preciosa y moderna Ópera local, el concierto argentino convoca una multitud. En la sala llena, todos los escritores/as invitados estamos en las filas 6 y 7, a excepción de dos notables parejas que están en la fila 3, junto a autoridades, funcionarios e invitados especiales: Gelman y Gambaro; Kodama y Bayer. Y también, cruzando el pasillo, se ve otra pareja notable: los diputados Graciela Camaño y Federico Pinedo.

A mí me encanta verlos, desde atrás, porque también ellos, todos ellos, simbolizan un acontecimiento cultural argentino de excepción.

La calidad del espectáculo es superlativa. Primero Daniel Baremboim seduce al público interpretando impromptus de Schubert con una sensibilidad y limpieza excepcionales. Y después Rodolfo Mederos con su trío regala al auditorio un programa tanguero precioso, finisimo, que culmina con un bis pedido por aclamación: "Adiós Nonino" en un solo de bandoneón apoteósico.

Por segunda vez en el día no consigo evitar el llanto.

Terminamos caminando la noche de Frankfurt. La larga fila de argentinos que regresa al hotel va perdiendo miembros en cervecerías, bares y esquinas. El tiempo es primaveral. Excelente para un día inolvidable.

Frankfurt, Argentina 2010 - Una crónica día a día / 2 (de 5)

NOTA 2 (de 5) - Miércoles 6 de Octubre. Feria

Muy claramente hoy es un día de mesas redondas y de comenzar —cada uno/a— sus conversaciones y acaso negocios con agentes, editores, traductores.

El ambiente en el hotel Intercontinental, en el que se aloja casi toda la delegación argentina, es muy amable y cordial. A mí eso me encanta: un clima distendido, que empieza a la hora del desayuno. Juan Gelman casi siempre acompañado por Antonio Travería, un simpático catalán que dirige la Casa América Cataluña (de donde ahora vienen ambos), comparte la mesa también con Osvaldo Bayer, Miguel Rep y algunos/as más. En otra Mario Goloboff con Vicente Battista; en otra Analía Argento con Samantha Schweblin (para mí dos descubrimientos, estas chicas, por sus libros y por agradables). En otras Quiroga, Canela, Mucci, Osorio, Plager, Adela Basch, María Negroni, y por allá anda también Federico Jeanmaire, un hombre que siempre me parece tímido y discreto, como educado a la antigua, y a quien en el ascensor le hago una brevísima devolución por su novela premiada el año pasado, a la que llamo "mexicana" y veo que le agrada.

A quienes veo menos es a Eduardo Saccheri y a Pedro Mairal, que siempre parecen andar con prisa, entrando o saliendo, igual que Guille Martínez. Y echo de menos a Pablo de Santis y su mujer, Ivana Costa, con quienes siempre parecemos tener una charla pendiente, por lo menos desde que compartimos unos días en Fuveau, cerca de Marsella, Francia, hace unos años.

Por la noche nos vamos a cenar con Mario Goloboff al Vita Vera, un simpático restorán italiano que está a una cuadra del hotel. Bebemos un vino Montepulciano Abruzzese, o sea de la tierra de mis abuelos paternos, y nos la pasamos hablando de Carlos Casares, su pueblo natal y de donde era mi madre. La pampa judía del Oeste bonaerense de la que salió mi vieja un día, repudiada por mi abuelo vasco porque se había enamorado de un tano pobre.

Jueves 7 de Octubre. Feria

La mesa en que se presenta el "Libro del Bicentenario", a las tres de la tarde, parece el plato fuerte y lo es. Es un volumen impresionante, hecho por la Secretaría de Cultura de la Nación, y en él se recogen ensayos alusivos escritos por un montón de intelectuales. Es un acto interesantísimo gracias a algunas intervenciones brillantes. Horacio González y Ricardo Forster, en particular, abordan el tema pedagógicamente, desde lecturas del primer centenario y haciendo una lúcida e inquietante prospectiva acerca del tercer centenario que no veremos.

Después hay un hiato hasta las 17.30, cuando se presentan Luis Borda y su quinteto, con la voz de su hermana Lidia. Un lujo tanguero en el Pabellón Argentino, que convoca a una multitud. Pero antes, para mí el lujo y la alegría están en la mesa de espera en la cafetería, con Mario furioso por el Nóbel otorgado a su tocayo Vargas Llosa, en contra de la opinión mayoritaria (la mía incluida) de beneplácito por la distinción. Vargas Llosa merece sin dudas este galardón, por su obra excepcional. Sus posiciones políticas, por erradas que nos parezcan, no invalidan la grandeza de por lo menos media docena de novelas que son y seguirán siendo fundamentales para la literatura latinoamericana.

La mesa es mayoritariamente femenina: Silvia Plager, Claudia Piñeiro, María Rosa Lojo, Ani Shúa. Yo siento que estas son las cosas que más valen la pena de una delegación de la literatura argentina como ésta: la amistad sin competencia, la fortaleza de vínculos que se blindan con los años.

A la noche, en el Vita Vera, se consolida lo que ya parece una improvisada asamblea permanente. Dos o tres largas mesas bulliciosas dan carácter a la reunión, entre pizzas y pastas de lo más recomendables. Comparto mesa con Accame, Piñeiro y Teresita Valdettaro, mi flamante editora de libros para niños en Guadal. En la mesa de enfrente, entre un montón de gente que no reconozco, un grupo de Editorial Planeta, y entre ellos las editoras Paula Pérez Alonso y Mercedes Güiraldes.

Después de un postre inconvenientemente cargado de calorías, me dedico a escribir hasta la madrugada en la habitación. Pero eso es cosa mía.

Frankfurt, Argentina, 2010 - Una crónica día a día - Nota 3 (de 5)

Jueves 7 de Octubre.

La mesa en que se presenta el "Libro del Bicentenario", a las tres de la tarde, parece el plato fuerte y lo es. Es un volumen impresionante, editado por la Secretaría de Cultura de la Nación, y en él se recogen ensayos alusivos escritos por un montón de intelectuales. Es un acto interesantísimo gracias a algunas intervenciones brillantes. Horacio González y Ricardo Forster, en particular, abordan pedagógicamente la cuestión, subrayando lecturas del primer centenario y haciendo una lúcida e inquietante prospectiva acerca del tercero, que no veremos.

Después hay un hiato hasta las 17.30, cuando se presentan Luis Borda y su quinteto, con la voz de su hermana Lidia. Un lujo tanguero en el Pabellón Argentino, que convoca a una multitud. Pero antes, para mí el lujo y la alegría están en la mesa de espera en la cafetería, con Goloboff furioso por el Nóbel otorgado a su tocayo Vargas Llosa, en contra de la opinión mayoritaria (la mía incluida) de beneplácito por la distinción. Vargas Llosa merece sin dudas este galardón, por su obra excepcional. Sus posiciones políticas, por erradas que nos parezcan, no invalidan la grandeza de por lo menos media docena de novelas que son y seguirán siendo fundamentales para la literatura latinoamericana.

La mesa es mayoritariamente femenina —Silvia Plager, Claudia Piñeiro, María Rosa Lojo, Ani Shúa— y el espíritu que la gobierna es alegre, festivo. Por un instante siento que éstas son las cosas más valiosas de una delegación de la literatura argentina como la que integramos: la amistad sin competencia; la fortaleza de vínculos que se blindan con los años.

A la noche, en el Vita Vera, se consolida lo que ya parece una improvisada asamblea permanente. Dos o tres largas mesas bulliciosas dan carácter a la reunión, entre pizzas y pastas de lo más recomendables. Comparto mesa con Accame, Piñeiro y Teresita Valdettaro, mi flamante editora de libros para niños en Guadal. En la mesa de enfrente, entre un montón de gente que no reconozco, hay un grupo de Editorial Planeta y entre ellos las editoras Paula Pérez Alonso y Mercedes Güiraldes.

Después de un postre inconvenientemente cargado de calorías, me dedico a escribir hasta la madrugada en la habitación. Pero eso es cosa mía.

Viernes 8 de Octubre

Mesa con Osvaldo Bayer y Gerardo Manzur en el estand argentino. Hay mucha gente y mientras habla Osvaldo —interminable, en su estilo provocador y duro— me pregunto qué busca este público extraño, estos alemanes y alemanas que asienten y se interesan genuinamente por ciertas tragedias argentinas. El tema de esta mesa es: "Los pueblos originarios". Me dejan para el final y simplemente aclaro que no soy especialista, sociólogo ni antropólogo; que apenas hay alguna referencia en mi novela "Santo Oficio de la Memoria"; y que todo lo que puedo decir es que vivo en el Chaco, donde hay tres o cuatro etnias populosas, a cuyos miembros veo ante todo como personas que están en condiciones extremas de marginación. Que eso es para mí lo relevante y ésa la razón por la que no me gustan los estudios "sobre" aborígenes, ni me conmueven las canciones o bailes que tanto fascinan a los europeos que los ven como algo exótico, y digo también que en general me fastidian el turismo antropológico y la mirada eurocéntrica, que incluso abunda en nuestra América y que siempre mezcla la compasión con una leve y falsa culpa. No sé si les gusta lo que digo, pero eso pienso y afirmo. Osvaldo no permite preguntas del público y levanta la sesión.

Me voy a uno de los bares cercanos al estand, y trabajo ahí algunas horas, cafeteando, y luego visito la exposición de fotos de Daniel Mordzinski. Notable como todas las que hace, y atinada y oportuna para esta Feria. De mí puso una foto vieja que a él le gusta mucho: estoy en mi vieja casita de Paso de la Patria, a finales de los 90, escribiendo en calzoncillos y a media luz. Por coquetería o por vanidad, observo con nostalgia que entonces tenía más pelo y menos canas.

A la noche vamos casi todos al espectáculo de Luis y Lidia Borda en el Union Halle, un boliche de las afueras de Frankfurt. Buenas empanadas y vino malbec, un epectáculo sobrio y poderoso como todo lo que hacen los Borda, y después una milonga notable y divertida, con muchos alemanes y alemanas que bailan razonablemente bien, varios pataduras nuestros intentando lo imposible (Battista, Goloboff, Quiroga) y los demás de observadores críticos. Por puro azar resulto ser el único que más o menos mueve las tabas (endurecidas, eso sí) y sólo porque fui tanguero hace un par de siglos. Requerido alternativamente por dos Elsas —mi amiga Osorio, y la hasta ahora para mí desconocida Drucaroff— alterno milongas con tangos clásicos hasta el agotamiento. También bailan los de Santis: Pablo discreto e Ivana una maestra, como si fuera tanguera profesional. En mi mesa Piñeiro, Faillace, Guille Martínez, Laura Alcoba, Forster... El clima es festivo, jodón, y subraya la maravilla que es esta fraternidad de escritores y escritoras que constituimos de hecho.

Es un fenómeno que me interesa subrayar, quizás porque en nuestro país los diarios no lo van a hacer, por pura mezquindad negacionista. Nada bueno que haga esta delegación de intelectuales argentinos será reconocido a pleno en el país. Si serán jodidos. Porque esta presencia argentina en Alemania es ejemplar. El clima de camaradería que impera, la buena onda, la confiada seguridad en que la Cancillería tiene todo bajo control y allana todas las dificultades que pueden presentarse, son como nuevos, saludables hitos de conducta. Las estupideces seudomaradonianas que inventa el diario madrileño El País y siguen muchos otros, entre ellos los de Buenos Aires, son lisa y llana mentira.

Cito un comentario de Pía Gagliardi, ex presidenta de la Cámara Argentina de Publicaciones, que me parece justo y preciso: "La verdad es que estamos haciendo quedar muy bien al país; esta delegación es impecable. Ojalá se sepa en la Argentina".

De regreso en el hotel, veo en el lobby a Mame Bianchi, directora de la Conabip, junto a su marido, Pancho Talento. Daniel Filmus acaba de llegar. La noche avanzada propone otras conversaciones, otros tópicos. También el sueño que me vence mientras enumero los reencuentros de estos días con gente que aprecio y veo poco: Ernesto Tieffenberg, director de Página/12; Mónica Herrero, una de las pocas agentes literarias de la Argentina; Marta Kapustín, ex discípula mía en México y ahora escritora radicada en Alemania; Alejandra López, periodista chaqueña ahora en la Radio Pública Alemana, de Berlín; la Dra. Emilia Perassi, de la Universidad de Milano y seguramente la mayor autoridad en Literatura Argentina de Italia.

Frankfurt, Argentina, 2010 - Una crónica día a día / 4 (de 5)

NOTA 4 - Sábado 9 de Octubre

Con Filmus —viejo amigo mío— salimos a caminar por Frankfurt. Recorremos la vera del río Meno, preciosa, limpia y ordenada, y luego erramos por el centro comercial de la ciudad, que es una especie de enorme shopping abierto, con las calles arboladas de álamos jóvenes y pavimento adoquinado. Aquí a la practicidad le unen belleza, al comercio funcionalidad. Maestros, los alemanes.

Nuestra larga caminata desemboca, casi tres horas después, en la Feria. Debo participar de una mesa sobre la literatura del exilio, en la que debería estar Vicente Battista conmigo pero no estará. Se ha ido desde la mañana a conocer Heidelberg con otros colegas. Me pareció buena idea, conozco esa ciudad y realmente vale la pena. Está a hora y media de tren, y quién sabe a qué hora regresarán. Cuando desayunamos le pedí que se ocupara de avisar a la organización, y ya veré al llegar si se cancela o si tengo que remar solo.

A la hora anunciada hay bastante público en el estand. De manera que arranco solo. Hablo del exilio como parte de la tragedia argentina, su vigencia literaria desde el Siglo XIX y las características del pasado reciente. Evoco el para mí estéril pero sabroso debate de los primeros tiempos de la democracia, cuando aquella competencia entre "los que volvíamos" y "los que habían permanecido". Hablo de Osvaldo Soriano, Daniel Moyano, Antonio di Benedetto, Humberto Costantini y otros autores que protagonizaron el desexilio. Menciono mi libro "México: el exilio que hemos vivido" que escribí con Jorge Luis Bernetti y publicó la Universidad Nacional de Quilmes en 2003 y en el que nos ocupamos de los aspectos políticos y sociales de la vida exiliar. Señalo también la extraña paradoja de que la trama de mi primera novela ("La revolución en bicicleta") gira en torno de un exiliado y su vida y sus sueños en la transterración, asuntos que trajiné cuando yo mismo no sabía que me esperaba un destino similar. Y acabo mencionando que en materia ficcional la escritura extramuros me deparó escribir cuatro novelas de exilio: "El cielo con las manos", "Luna caliente", Qué solos se quedan los muertos" y "Santo Oficio de la Memoria" que cierra la saga.

Terminadas las preguntas del público, nos vamos con Daniel a escuchar la entrevista a Juan Gelman que en el Pabellón Argentino, en el otro edificio, le hacen Patricia Kolesnicov y Osvaldo Quiroga.

Mucho público, el auditorio a reventar y un montón de gente sentada en el piso. Juan delicioso, como siempre, haciendo gala de su filoso sentido del humor y con una ironía feroz que por momentos descoloca a ambos entrevistadores. Quienes sin embargo sortean el desafío con oficio y simpatía, todo lo cual crea un lindo clima a la charla. No hay tema que no se toque, aunque quizás hay menos materia poética que la que algunos esperábamos. La mayor tensión se produce cuando se abordan asuntos íntimos de la vida de Juan, como la recuperación de su nieta uruguaya o la condena de los Montoneros. La velada se cierra con un prolongado aplauso de pie, y Juan emocionado.

A la noche, y para celebrar el cumpleaños de uno de los miembros del grupo, algunos nos vamos a comer a la Dom/Römer Platz, donde alguien descubrió un restaurante alemán de salchichas y cerdo asado que luego todos juzgamos excelente. Integran el grupo Diana Bellesi, Tamara Kamenszain y varios de los que hoy visitaron Heidelberg y fueron ya mencionados en estas crónicas.

Luego, a dormir. Mañana esto termina, y en cierto modo empiezan las despedidas. Sospecho que todos/as sentimos una cierta nostalgia anticipada.

domingo, 10 de octubre de 2010

Frankfurt, Argentina, 2010 - Una crónica día a día / 5 (y última)










NOTA 5 (y última) Domingo 10 de Octubre. Cierre y adiós.

Por la mañana participo de una de las últimas mesas, en el estand. Hay mucha gente dando vueltas, no quedan asientos, el pequeño auditorio está colmado. Y eso que son las once de la mañana de un domingo soleado.

El título es: "Cine y Literatura; vasos comunicantes". Participan Martín Kohan, a quien veo por primera vez en mi vida, Alan Pauls y Claudia Piñeiro. Cada uno desarrolla sus ideas en muy pocos minutos, hay preguntas varias y todo termina relativamente rápido, antes de que se cumpla una hora.

A las tres de la tarde es el acto de clausura. De todos lados aparece gente, que se suma a la lógica concentración de invitados, funcionarios y público en general. El Pabellón Argentino está colmado.

Tradicionalmente, esta Feria termina con una ceremonia en la que el país invitado de honor del año en curso entrega la insignia de la Feria (una estatuilla de cristal) al país que lo será durante la Feria del año próximo. Esta vez toca a la Argentina traspasar dicha insignia a Islandia.

El Pabellón está a reventar, aunque se ve muy poca gente de aspecto nórdico. Claro que a falta de escandinavos hay una notable aglomeración de argentinos en Alemania, latinoamericanos de todas las procedencias, alemanes y quién sabe de dónde más. Seguramente editores, agentes, libreros. Hay gente en los pasillos, en el suelo, muchísimas cámaras y todo mundo anda con los audífonos puestos para la traducción simultánea.

El acto comienza con un cortometraje sobre el poema "Islandia", de Jorge Luis Borges. Enseguida los discursos están a cargo de Juan Gelman y el narrador y traductor islandés Güoberger Bergsson. El nuestro, la verdad, se muestra extremadamente escueto, desangelado. No sé si será que está muy fatigado, pero me sorprende. Irónico y seco, no parece a gusto. Conozco a Juan y creo advertir que por alguna razón que ignoro no está cómodo. Lee tres poemas, responde un par de preguntas breve y ácidamente, y calla. En cambio el islandés resulta encantador. Escoge hablar en perfecto castellano, lo que todos interpretamos como un gesto de cortesía, y se refiere con respeto y conocimiento a nuestra literatura. Lee incluso un texto ambientado en la Patagonia, primero en islandés y luego en castellano, y se sabe que ha tenido además la cortesía de entregar una versión en inglés para la traducción simultánea. Se lleva los aplausos más sonoros de la noche.

Entonces se pone de pie y habla Juergen Boss, el avezado patrón de la Feria del Libro de Frankfurt, quien pronuncia un discurso conmovedor. Dice que van a extrañar a la Argentina, porque ha hecho un papel excepcional y, sobre todo, destaca, porque ha traído más literatura que ningún país antes, en muchos años... Subraya esto último y se ve que el reconocimiento es sincero, porque el hombre se muestra muy emocionado cuando subraya que nunca habían visto en esta Feria que un país trajese más de 200 libros traducidos al alemán en un solo año. Y promete visitar la Feria del Libro de Buenos Aires en abril próximo.

Cierra Magdalena Faillace, también emocionada, y sobre todo agradecida: a Alemania, a Boss, a Frankfurt, a su equipo de Cancillería y por supuesto a los/as escritores/as que integramos la delegación.

Al final, una foto del grupo que incluyo aquí. Creo que faltan algunos/as. Pero es lo que hay.

Y colorín colorado... •


sábado, 2 de octubre de 2010

El laberinto y el hilo

QUIENES DESEEN LEER LAS ENTRADAS ANTERIORES DE ESTE RELATO, las encontrarán en "El Laberinto y el Hilo" (completo).


Rulfo te quiere, luego existes

Con Gustavo fuimos buenos amigos y me alegró acompañarlo cuando su novela "La Princesa del Palacio de Hierro" tuvo un éxito abrumador, superior al de "Gazapo". A modo de homenaje le dediqué un cuento: "Como los pájaros". Es un cuento difícil, críptico, que muchos años después sigo apreciando aunque reconozco que nunca fue ni será popular. De todos modos él jamás me hizo devolución alguna. Supongo que no le interesó. O le pareció un mal cuento, vaya uno a saber. Es el problema de las dedicatorias.


Como sea, luego la vida nos separó nunca supe bien por qué, supongo que porque él se fue a vivir a los Estados Unidos. Pero creo recordar que fue gracias a él que conocí a René Avilés Fabila, de quien antes del exilio había leido una impactante, poderosa novela: "El gran solitario de palacio". De personalidad arrasadora, René y su mujer, Rosario, fueron y son esa clase de amigos inasibles: uno sabe siempre que están allí, divertidos y con buenos tragos a disposición, pero si no vas a buscarlos es como si no existieras.


Algo similar me pasó con toda la chorcha (mexicanismo por "barra de amigos") de "La Onda". Eran tipos encantadores, conversadores profesionales, inagotables bebedores, mujeriegos, divertidos y algunos con un talento descomunal, como José Agustín. Siempre me encantó frecuentarlos, y cada ocasión que tengo los busco y la paso bomba con ellos, y particularmente con José, a quien he visitado más de una vez en su acogedora casa de Cuautla, donde siempre reina Margarita, su esposa.


Por entonces, no sé si ese mismo 1978 o si ya era el 79, presenté LA REVOLUCION EN BICICLETA al Premio Juan Grijalbo. Para mí fue un lance más, porque estaba convencido —y en eso me ayudó el estímulo del maestro Orgambide— de que más tarde o más temprano esa novela sería publicada. No gané el premio, pero resulté finalista. Y no me decepcioné porque para entonces coleccionaba rechazos: por lo menos media docena de editoriales me habían devuelto los originales con respuestas ora muy escuetas, ora mentirosas, ora henchidas de piedad. Tampoco diré que no me importaba, pero para entonces estaba embarcado en otros dos proyectos que me apasionaban: un libro de cuentos (que después fue VIDAS EJEMPLARES) y la que sería mi segunda novela (EL CIELO CON LAS MANOS).


Por los diarios me enteré que el premio lo había ganado no recuerdo quién, y olvidé el asunto hasta un par de semanas más tarde, cuando en "Excelsior" se publicaron unas declaraciones de Juan Rulfo, quien había sido uno de los jurados del Grijalbo. Decía él que no volvería a ser jurado de concursos y manifestaba su disgusto porque en su opinión el premio debía haberse otorgado a la novela de un argentino exiliado... Y elogiaba explícitamente LA REVOLUCION EN BICICLETA.


Casi me infarto. Brincando de alegría, quise agradecerle al gran Rulfo su comentario —que para mí era el mejor premio— pero no sabía cómo llegar a él. Fue entonces que recibí el llamado de Marco Antonio Campos, amigo y colega en la Universidad Iberoamericana, donde ambos dábamos clases de Periodismo y Literatura. "Oye mano —me dijo MAC con su infaltable ironía—, ¿ya viste los periódicos? Rulfo te quiere; luego existes".

Fue él quien me dio el teléfono del venerable autor de "El llano en llamas" y "Pedro Páramo", a quien llamé ese misma mediodía. En cuanto me presenté me trató de "maestro", y cuando le dije que exageraba me dijo que no dijera pendejadas. Y me citó para esa tarde en los altos de la Librería El Ágora, que estaba sobre la Avenida Insurgentes, a metros de Barranca del Muerto.


Ahí nació la amistad con que Juan —Juanito para íntimos y amigos— me distinguió. No me extiendo en este punto por elemental discreción —un valor que Juanito apreciaba en extremo— y porque ya lo hice en dos novelas, en ambas de manera delicada y respetuosa: en SANTO OFICIO DE LA MEMORIA (en el capítulo 22. El Tonto de la Buena Memoria) y en FINAL DE NOVELA EN PATAGONIA (en el capítulo 7).


Sé que me desvío nuevamente, y lo siento. Pero a medida que redacto estos recuerdos me vence la necesidad de dar cuenta de episodios y momentos acerca de los cuales no tengo nada escrito, no hay apuntes de esto en mis libretas, y sin embargo reaparecen como fantasmas inocentes. No sé por qué, quizás porque las urgencias juveniles de los treinta años las grabaron de modo imprecisable. Quién sabe...


Lo cierto es que aquellos años (del 78 al 80) fueron los de mi mejor aprendizaje lector junto a Valadés, por un lado, y también los de mi acercamiento a otros grandes escritores. A partir del 79 Don Edmundo consiguió regularizar la edición de su revista "El Cuento" en la imprenta de un pariente. Entonces, cada vez con mayor asiduidad (una vez por semana, o por quincena) convocaba a su casa al comité ad-hoc que eran sus amigos: Rulfo, Augusto "Tito" Monterroso, a veces Juan José Arreola, ocasionalmente Juan de la Cabada y/o algún otro venerable cuentista. Yo era, para ellos, una especie de asistente silencioso que tenía por misión, y sólo si me preguntaban, darles una brevísima síntesis de este o aquel texto, con todo cuidado y respeto y jamás presionando en favor de mis gustos. No era el único, desde luego, pues algunas tardes también participaban de esas tertulias Agustín Monsreal o Rafael Ramírez Heredia, e incluso más de una vez el brasileño Eric Nepomuceno, que aún hoy es uno de mis más dilectos amigos.


Era una oportunidad exquisita, disfrutable no sólo por la agudeza de los comentarios, sino también y especialmente por la gracia sin par de esos personajes, veteranos del trago, el humor y la literatura que se abrían ante nosotros como generosas flores de sabiduría. Y si a eso le sumo que casi todos los viernes, durante los años siguientes, Juanito presidió una mesa en El Agora (y después en El Juglar, de la Colonia Guadalupe Inn, también a cuatro calles de su departamento pero en dirección Sur) en la que durante horas corrían el café, los cigarrillos y las más amenas charlas, no puedo sino reconocer que en México fui un joven escritor completamente afortunado.


Lo que sé, también, es que no tenía ninguna prisa. Hoy, años después, me pregunto por qué habré sido así de prudente con lo que escribía, puesto que siempre fui un tipo ansioso y más bien torpe y desbocado. Pero como escritor no. Había pasado los treinta años de edad completamente inédito, pero igual me sentía parte de una movida escritural intensa y estimulante. México tiene esa como generosidad que flota en el aire, o la tenía entonces, no sé ahora. Ojalá que siga.


El hecho es que LA REVOLUCION EN BICICLETA seguía inédita, pero yo sabía, o pretendía saberlo, que en algún momento iba a ser publicada y leída. Quizás porque la historia de esa novela tiene tanto que ver con mi infancia y adolescencia, con los recuerdos de mi viejo y mi cuñado admiradores de ese humilde ladrillero paraguayo, ese militar que despojado del poder y sin un peso vivía con toda dignidad su exilio en el Chaco. O porque de lo único que estaba seguro era de que la había escrito y reescrito muchas veces con obsesivo rigor, con extremo cuidado por el peso específico de cada palabra y al influjo de fervorosas, severas lecturas de los que ya entonces reconocía y para siempre como mis maestros.


Hasta que un día sucedió el milagro en el cielo.


No, no es metáfora. En la próxima entrega les cuento.



Corchario en la pared:

Invención que encuentro en viejos apuntes de fines de los 70:

"No sé por qué algunos historiadores se niegan a darle crédito a Monsieur Raoul Despot, fanático partidario de la tiranía en Francia, circa 1789, un cretino de vocación autoritaria y represora tan fuerte que por él se acuñó el término “despotismo”.

martes, 28 de septiembre de 2010

En Bogotá y Medellín

Invitado por Azriel Bibliowicz, Director de la Maestría en Literatura de la Universidad Nacional, estuve la segunda semana de Septiembre en Colombia. Primero fui a la Fiesta del Libro de Medellín, donde di una conferencia y participé de una mesa redonda con los distinguidos intelectuales colombianos Piedad Bonnet, el poeta Juan Manuel Roca, Ramón Illán Baca y Juan Diego Mejía. Luego, ya en Bogotá y de martes a jueves, impartí tres clases en la Maestría. Fue una experiencia estupenda, rodeado de afecto y amistad, y todo pudo ser perfecto de no mediar un fulminante ataque de Ischierica Coli que me mandó de regreso a la Argentina hecho una piltrafa.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Blog de la peli

En el blog de EL DECIMO INFIERNO se puede ver el trailer de la película que filmamos con Juan Pablo Méndez Restrepo. Dura sólo 2 minutos y se la puede ver en esta dirección: http://eldecimoinfierno.blogspot.com/

Esta semana se actualizará "El laberinto y el hilo".

Gracias por su atención.

Blog de la peli

En el blog de EL DECIMO INFIERNO se puede ver el trailer de la película que filmamos con Juan Pablo Méndez Restrepo. Dura sólo 2 minutos y se la puede ver en esta dirección: http://eldecimoinfierno.blogspot.com/

Gracias por su atención

lunes, 13 de septiembre de 2010

Corchario (1 al 5)

Corchario 1

Citas e ideas para poner en la pared, en una plancha de corcho:

“Las herramientas del amo no desmantelarán la casa del amo”. André Lorde, 1979. ¿Quién es André Lorde?

El plural de ira es anagrama de risa.

Toda la literatura borgeana que no es de Borges es mala.

Corchario 2

El ex fumador decía que besarla era como besar un cenicero.

El Bianchi Borgoña es el Ford Falcon de los vinos tintos.

Descartes es el plural de todo aquello que uno tira a la basura.

Corchario 3

Comparaciones a usar en cuentos o novelas:

* leve como un viento de otoño que sólo es capaz de enamorar hojas secas.

* el gargajo se clava en el piso como una bala en la pared.

* caliente como panza de panadero al amanecer.

Ojo con esta idea: los jueces del nazismo no fueron juzgados y castigados por haber aplicado mal las horribles e inhumanas leyes del nazismo, sino precisamente porque las aplicaron.

Corchario 4

Elías Canetti propone pensar la liberación de los prejuicios como un trabajo, como un esfuerzo. Entonces, sólo entonces, es meritoria. Por eso el hombre libre de prejuicios resulta ejemplar y resplandece por su sabiduría.

Corchario 5

Invención que encuentro en viejos apuntes de fines de los 70:

"No sé por qué algunos historiadores se niegan a darle crédito a Monsieur Raoul Despot, fanático partidario de la tiranía en Francia, circa 1789, un cretino de vocación autoritaria y represora tan fuerte que por él se acuñó el término “despotismo”.

domingo, 29 de agosto de 2010

Traducciones recientes


De próxima aparición (Octubre) en la República Checa, ésta es la portada de la edición de EL CIELO CON LAS MANOS ("Sedmy Nebe: en idioma checo).

En los últimos meses (Enero a Junio de 2010) aparecieron varios traducciones nuevas de mis libros. En los Estados Unidos, Italia y Portugal.

En los Estados Unidos... AN IMPOSSIBLE BALANCE
En magnífica edición publicada por Juan de la Cuesta Ediciones (de Maine, USA), puedo asegurarles que IMPOSIBLE EQUILIBRIO en Inglés "suena" a la perfección. ¡Qué gran trabajo ha realizado Gustavo Pellón, catedrático de la Uniersidad de Virginia y originalísimo traductor!

En Italia... GENTE STRANA
Cuentos traducidos estupendamente por Arturo Zilli, en una bella edición de la Editora Manni (Lecce). Zilli ha hecho una especie de antología de mis libros ESTACIÓN COGHLAN y GENTE RARA y ésta es de hecho mi primera colección de cuentos en Italia, donde se conocían hasta ahora seis novelas mías, desde la exitosa "Luna calda" aparecida en 1989 y reeditada varias veces.

En Portugal... FINAL DE ROMANCE NA PATAGÓNIA
Bellísima edición de mi ya clásica novela de viajes, publicada por Editora Quetzal, de Lisboa, en una muy pulida traducción al portugués realizada por mi amigo Francisco Guedes.

jueves, 19 de agosto de 2010

Aviso: Discurso del 15º Foro

Para quienes deseen leer mi discurso de apertura del 15º Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, favor de cliquear en mi página web personal: http://www.mempogiardinelli.com/

Allí cliquear en: TEXTOS PARA LEER, y allí a su vez en: CONFERENCIAS.

También estará en la página web de la Fundación:
http://www.fundamgiardinelli.org.ar/

domingo, 15 de agosto de 2010

El intercambio con Gustavo Grobocopatel

Página/12, 11 de Agosto de 2010.

OPINION

Carta abierta a Grobocopatel: soja sí o soja no

Por Mempo Giardinelli

Estimado Gustavo,

Ante todo, gracias por enviarme la nota que publicaste en Clarín el 5 de agosto; no la había leído porque soy lector habitual de La Nación y Página/12. Otra aclaración: no integro el colectivo Carta Abierta y el título de esta nota responde a un estilo de artículos que escribo desde hace años.

Lo hago ahora porque siento respeto por tu inteligencia y guardo hacia vos una simpatía personal basada en el hecho de que hace años cantábamos con la misma, querida maestra, y en el común origen de nuestras familias, pues mi madre era de Carlos Casares, donde yo pasé muchos veranos en mi infancia. Siento, por ello, una cercanía de la que hablamos la última, en el Ministerio de Educación, y que ahora me autoriza, dado tu envío, a discutir algunos conceptos de tu nota.

No soy experto en soja, ni en agro ni en nada. Declaro mi ignorancia de antemano, y acepto que vos sí sos un experto. Pero también un dirigente con fuertes intereses, que te hacen mirar las cosas desde un ángulo que también respeto, pero al que cuestiono por todo lo que, sin ser experto, puedo ver con mis ojos y con el corazón.

Las oportunidades económicas que mencionás en tu artículo podrían ser incluso compartibles, pero si muchos decimos que la soja es mala para la Argentina es porque vemos los daños que ha producido y produce: bosques arrasados; fauna y flora originarias destruidas; quemazones irresponsables de maderas preciosas; plantaciones desarrolladas a fuerza de glifosatos, round-up y otras marcas que parecen de Coca-Cola pero venenosa. Yo recorro el Chaco permanentemente y viajo por los caminos de las provincias del NEA y el NOA: Santiago del Estero, Santa Fe, Corrientes, Formosa, Misiones, Salta, Jujuy, y veo los “daños colaterales”, digamos, que produce la soja: agricultura sin campesinos; cada vez menos vacas en los campos; una industrialización completamente desalmada (eso digo: sin alma) y el incesante, inocultable daño a nuestras aguas.

Esto no es una denuncia más, Gustavo, y no es infundada: la modesta fundación que presido ayuda a algunas escuelitas del Impenetrable y en una de ellas hice tomar muestras del agua de pozo que bebe una treintena de chicos. El análisis, realizado por trabajadores de la empresa provincial del agua, mostró que el arsénico es 70 veces superior a lo humanamente admisible. Siete y cero, Gustavo, 70 veces. Lo traen las napas subterráneas de los campos sojeros de alrededor. Hace veinte años esa agua era pura.

Como no sé quién es el exacto responsable de este horror, entonces digo que es la soja. Porque en los viejos campos de algodón, tabaco, girasol o trigo que había en el Chaco trabajaban familias enteras para cultivar cada hectárea. Pero ahora un solo tractorista puede con 300 o 400 hectáreas de campo sojero y eso se traduce en la desocupación a mansalva y el amontonamiento de nuevos indigentes en las periferias de las ciudades de provincia. A esto lo ve cualquiera en las afueras de Resistencia, Santa Fe, Rosario y muchas ciudades más.

Aun admitiendo por un momento que quizás no sea la soja específicamente la responsable, hay una agricultura industrial –tu artículo elogia su presente y sus posibilidades– que es la que está cometiendo otros crímenes ambientales. Ahí está, como ejemplo, la represa que intereses arroceros –al parecer dirigidos por un tal Sr. Aranda, del Grupo Clarín– están haciendo o queriendo hacer en el Arroyo Ayuí, en Corrientes. Esa represa va a cubrir unas 14.000 hectáreas de bosques naturales, va a tapar uno de los ríos más hermosos del país con un ecosistema hasta ahora virgen, y, lo peor, va a contaminar todo el acuífero de los Esteros del Iberá con pesticidas y químicos para producir arroz, soja o lo que China necesite.

¿Se entiende este punto de vista, Gustavo? Yo entiendo el tuyo y comparto que nuestro país “necesita una estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” dado que estamos frente a una extraordinaria oportunidad. De acuerdo en eso. Pero no a cualquier precio. No si nos va a dejar un país ambientalmente arrasado. Nos vamos a quedar sin pampa, sin sabanas donde pacer el ganado, sin el agua potable que es el tesoro mayor que tiene el subsuelo argentino y que ya, también, destruye una minería descontrolada.

Tu nota subraya “la oportunidad que tenemos”, pero ¿qué desarrollo y qué sustentabilidad tendrán las futuras generaciones de argentinos sobre un territorio desertificado en enormes extensiones, un subsuelo glifosatizado y con las aguas contaminadas con cianuro, arsénico y una larga lista de químicos letales que ya es pública y –sobre todo– notoria?

Tampoco es cierto que “los beneficios están presentes en el conjunto de la sociedad”, porque si así fuera y con las gigantescas facturaciones sojeras no tendríamos las desigualdades que tenemos. Que no son sola culpa del Gobierno, la corrupción o los políticos. Son el resultado de una voracidad rural que a estas alturas está siendo, por lo menos, obscena.

Como bien decís, el desacuerdo no puede reducirse a soja sí o soja no. Eso sería, en efecto, “empequeñecer el horizonte”. Pero entonces gente sensible como vos –y me consta tu sensibilidad y creo que no pertenecés a la clase de neoempresarios argentinos que no ven más allá de su cuenta bancaria y son incapaces de tener más ideas que las que les dictan los economistas que les sacan la plata– gente como vos, digo, debería hacer docencia para que tengamos, si ello es posible, grandes producciones de soja pero no a cualquier precio.

Soja sí, entonces, pero no si se descuidan el medio ambiente y el agua. No sin desarrollar alternativas verdaderas para los miles de campesinos que han sido y están siendo expulsados de sus tierras de modos brutales o sutiles. No si los sojeros siguen eludiendo impuestos y negreando a sus empleados. No si las grandes empresas semilleras o herbicidas siguen comprando medios y periodistas para que mientan a cambio de publicidad.

No todo es soja sí o soja no, de acuerdo. Pero tampoco la declaración de idealismo e inocencia que se lee en tu artículo.

Si querés lo seguimos discutiendo. Vos sos un experto. Yo apenas un intelectual. Capaz que enhebramos buenas ideas para el país que amamos.

Un cordial saludo.

* * * * * * * * * * * * * * *
Página/12, 13 de Agosto de 2010.

OPINION

Respuesta a Giardinelli

Por Gustavo Grobocopatel

Estimado Mempo:

Qué alegría poder intercambiar ideas, con respeto, entre personas comprometidas con el interior del país. El afecto que sentí de tus palabras lo retribuyo por los mismos motivos. En principio no me considero un experto, creo que las cosas son tan complejas que se necesitan miradas desde varios lados. Creo en los procesos colectivos con una certidumbre que me asusta. Lo que sí me estimula es el conocimiento, no como verdad, sino como proceso. No es que desestime lo emotivo, ya sabés que tengo una parte de músico, sólo digo que debe haber una tensión entre la emoción y la razón. Quiero decir también que no me hago cargo de todos los empresarios, como seguramente no te harás cargo vos de todos los intelectuales. Voy a hablar de mí mismo, mi empresa y mi punto de vista, que un amigo definió como la vista en un punto. Dejame entonces poder reflexionar sobre cada uno de los párrafos de tu carta y, como bien lo decís al final, que sea sólo el principio. Quizá pueda visitarte pronto en tu querido Chaco y vos en mi querida Casares, y así podamos, sobre las geografías, seguir construyendo juntos.

Es cierto que tengo intereses, todos los tenemos, pero creo que esto no me debe marginar del debate. Yo creo en el interés que también es compromiso y, mejor aún, integridad. En mi caso particular, mi interés está vinculado con el placer de la creación y la realización con otros. Todo lo que ves y te preocupa es sin duda una realidad que, desde mi punto de vista, se debe no sólo al oportunismo de algunos pocos, sino a la falta de un Estado de calidad, responsable y respondible. Los problemas que describís deberían ser resueltos con un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia. Sin soja, este proceso de deterioro que observás se hubiera acelerado, más pobreza, más migraciones a las villas de Rosario o Buenos Aires. Los problemas importantes de degradación datan en el Chaco de mucho tiempo atrás, antes de la soja, y estaban vinculados con una agricultura con labranzas.

La agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad. Es un proceso que observamos desde la década del ’40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros. Por supuesto que las políticas aceleran o retrasan el proceso y lo pueden hacer más o menos equitativo, pero es inevitable y, desde mi punto de vista, positivo más allá de los temores que despierte. Yo recuerdo a mi abuelo y sus vecinos trabajando en el campo, un esfuerzo enorme, con condiciones de vida hoy inaceptables, sin comunicaciones, sin acceso. La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de... Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores. Un sistema de acceso muy democrático a los factores de la producción. También recuerdo, no hace mucho tiempo, a pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado o los organismos públicos o multilaterales.

La nueva agricultura, con campesinos transformados en emprendedores, en proveedores de servicios, con hijos en las universidades o escuelas técnicas, con condiciones de trabajo calificadas, creo que es lo mejor para toda la sociedad. Hay más empleo, pero alocados en diferentes lugares, menos productores, más proveedores de servicios, más industrias. El impacto sobre la sociedad está estudiado incipientemente, pero los primeros resultados son optimistas. En un reciente trabajo encargado por Naciones Unidas se comprobó que diferentes grupos de interés vinculados con Los Grobo han ganado en autonomía, empleabilidad (que para mí es más importante que el empleo), enprendedurismo y liderazgo. Una sociedad más libre, más creativa, con más capacidad de adaptarse a los cambios, con más acceso al conocimiento. Por supuesto que esto no basta. Tenemos que tener un Estado e instituciones fuertes, robustas, que faciliten, que estimulen, que den igualdad de oportunidades.

Mempo, en Casares el agua está contaminada igual y en muchos lugares también, pero esto no es por la soja. No es que no haya riesgos; en Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas y hay que prevenirlos sobre la base de los conocimientos y la presencia de un Estado que controle, que no es lo mismo que detener o impedir. Yo creo que la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja, en todo caso lo que falta es la industrialización de la soja en origen y así dar más trabajo. Por ejemplo, transformar la soja en pollo, cerdos, milanesas o derivados lácteos. El tema es cómo se estimula ese proceso. Mi punto de vista es que debería ser la inversión privada con incentivos desde el Estado. Para que haya inversión tiene que haber una percepción de que el esfuerzo vale la pena. En nuestro país el éxito está mal visto, los empresarios son permanentemente degradados, los emprendedores no tienen ganancias suficientes porque la presión impositiva es grande, no hay posibilidades de invertir. Yo puedo decirlo, ya que contra viento y marea en los últimos años invertí en producción de pollo, de harinas, de fideos, etcétera. No lo hice con ganancias grandes, tuve que vender el 25 por ciento de mi empresa a inversores brasileños y no tuve gran apoyo de los bancos. Qué bueno sería que sean las ganancias genuinas las que incentiven estas inversiones y que haya grandes empresas nacionales que se globalicen y sean parte de una gesta nacional en el mundo. Entonces en Charata o en Sáenz Peña o cualquier otro lugar de Chaco tendríamos más trabajo y retendríamos a la gente en sus lugares. No para subsistir sin dignidad, que para mí es sinónimo de “agricultura familiar”, sino para vivir con calidad y oportunidades.

Yo creo que los beneficios de la agricultura están distribuidos en la sociedad. La Argentina este año crecerá el 7 u 8 por ciento, de eso el 3 por ciento se debe a la soja. Y hay otros sectores vinculados: la industria automotriz, petroquímica, química, electrónica, metalmecánica, etcétera. No hubiesen sido posibles las Asignaciones por Hijo, los aumentos a jubilados, sin el aporte del campo. No es lo único, por favor; pero debemos reconocer y agradecer el aporte. Aunque sea sólo para que haya entusiasmo y seguir aportando.

Las cosas que te preocupan tienen para mí otra lectura: gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo. La desigualdad no se puede combatir si no hay creación de riqueza, salvo que quisiéramos igualar para abajo. Creo que la sociedad se debe un debate claro y objetivo sobre estos temas.

Dejame que te dé otro punto de vista sobre la “voracidad rural”. Hoy un productor aporta el 80 por ciento de sus ganancias como impuestos, con el agravante de que si pierde dinero sigue pagando. El problema no es pagar impuestos. Yo creo que debemos pagar muchos impuestos y fortalecer al Estado. El problema es cómo se paga. Las retenciones son anti-Chaco, anti–desarrollo rural, anti-equidad. De esto tengo certeza. Hay que cambiar el modelo impositivo, en forma transicional, pero urgente. Por más parches que se les ponga como segmentaciones de todo tipo, devoluciones, si esto no ocurre, no podremos dar vuelta la página y caminar hacia el desarrollo inclusivo. Aquí hay varios socios para que esto no cambie: parte de los políticos, muchos empresarios y muchos confundidos por las peleas políticas de corto plazo.

Creo que los empresarios debemos tener una responsabilidad enorme en este proceso, también los intelectuales, los académicos y todos los sectores de la comunidad. La acusación de negrear o comprar medios es, por lo menos, injusta para la mayoría que cumplimos con nuestras obligaciones. No digo que no haya casos, pero no puedo aceptar este prejuicio como parte de un debate equilibrado entre lo emocional y lo racional. Los prejuicios no ayudan a las emociones y a las razones.

Espero, con entusiasmo, el momento de vernos personalmente y discutir sobre, como bien vos decís, nuestro amado país.

Un abrazo.

* Respuesta a la nota publicada por Mempo Giardinelli en la edición del miércoles 11 de agosto.


* * * * * * * * * * * * * * *
Página/12, 15 de agosto de 2010.

OPINION

Nueva carta abierta a Gustavo Grobocopatel:
Soja trasngénica y gifosato, ésa es la cuestión

Por Mempo Giardinelli


Estimado Gustavo,

También agradezco el afecto contenido en tu carta, que celebro hayas hecho pública. Me parece que ambos intentamos no tener razón, sino claridad para ayudar a otros a entender un aspecto del presente. Eso exige un debate público, no privado. Así nos lo han pedido varios amigos.

Ante todo, quiero precisar nuevamente el argumento medular de mi carta anterior: que no es suficiente pensar una “estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” a cualquier precio. No cuestioné tu rol empresario ni tu visión de la economía mundial. Lo que cuestioné y me preocupa, y quiero discutirlo, es el daño –para mí palpable y enorme– que produce el abuso de agroquímicos vinculados con la soja. Expuse lo visible: una geografía degradada a partir de plantaciones a fuerza de glifosatos y otros venenos. Y enumeré los “daños colaterales” –despoblación, indigencia, contaminación–, los cuales son negados o minimizados sistemáticamente por productores, empresarios y corporaciones del sector.

Ese y no otro fue mi cuestionamiento, expresado antes desde mi ignorancia que desde mis prejuicios. Y eso porque no los tengo ni respondo a dogmatismo alguno. Apenas tengo curiosidad y ojos y corazón para ver. Por lo tanto, no cuestiono tus intereses ni los de nadie que trabaja y gana dinero. Saludo el éxito bien habido, la fortuna transparente y sobre todo el empeño de los emprendedores. Mi padre fue uno de ellos, seco pero decente y tenaz.

Con tu permiso, entonces, voy a discutir algunas de tus afirmaciones.

1) Decís que “Falta un Estado de calidad” y proponés “un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia”.

Digo yo: ¿No es justamente eso lo que intenta el Estado ahora, al proponer un Plan Agropecuario Nacional a 10 años, y una ley de arrendamiento que incluye un principio de ordenamiento territorial? ¿Es razonable oponerse sólo porque son propuestas K? Ignoro tu posición al respecto, pero la del llamado “campo” me parece muy contradictoria. Con el debate por la “125” pasó lo mismo, y ahora muchos se dan cuenta de que les salió el tiro por la culata. Por lo tanto, yo prefiero decir que los problemas deberían ser resueltos con un ordenamiento legal muy estricto en materia de soja transgénica y de agroquímicos. Y explico por qué.

Hacia el final de tu carta decís que “gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo”.

Pero esto no es así, porque son muchos los millones de hectáreas que se deforestaron para sembrar soja y tienen destino de desierto ya que las rotaciones son difíciles. Y cuando deforestan para ampliar el área sembrada inevitablemente desertifican, al generar “cambio climático” (ciclos de sequías e inundaciones, como padecemos en el Chaco).

En cuanto al glifosato, no es inocuo. Según autorizados genetistas y científicos que he consultado (entre ellos un reputado investigador en Medio Ambiente y Salud del Hospital Italiano de Rosario, que hace veinte años trabaja en esto) el problema son los agregados, empezando por los detergentes para penetrar la tierra, que acompañan siempre la mezcla y que son disruptores orgánicos poderosos, como el viejo DDT. Además, como las malezas se vuelven cada vez más resistentes, le agregan otros agroquímicos –endosulfan, clorpirifo o el 24D–, la mayoría de los cuales están prohibidos en los países serios. En Francia e Inglaterra el cultivo extensivo de soja transgénica está penado por la ley. Y en otras sociedades desarrolladas no se permite bajo ningún motivo el uso de agroquímicos.

Entonces no es posible presumir inocencia para el glifosato, producto del que además en la Argentina se abusa, como se abusa de la soja transgénica, que tiene agregado un gen que la hace resistente al glifosato, que es el herbicida que mata todo, excepto a ella. Y la verdad es que nadie sabe cómo actúa este gen en un organismo vegetal, animal o humano. Y cuando esto sucede, en ciencia se aplica lo que se llama un “principio de precaución” hasta que se sepa qué pasa con las otras especies que interactúan con este gen. La FDA (EE.UU.) lo está experimentando en animales, pero no en humanos. De ahí que muchos tenemos la fuerte sospecha de que millones de argentinos indirectamente somos quizás conejitos de Indias.

2) Vos decís: “Sin soja este proceso se hubiera acelerado” y que la degradación data en el Chaco “de mucho tiempo atrás, antes de la soja”.

Es cierto, todos los problemas son anteriores, pero eso no autoriza a dar la bienvenida a la soja a cualquier precio. Es lo que propuse discutir. No para tener razón, repito. Sí para saber y que sepamos todos. Porque si no va a resultar que la soja no es culpable de nada. Y eso no es verdad.

También afirmás que “la agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad”, viene “desde la década del ‘40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros”.

A mí en cambio me parece que las ideologías siempre juegan un papel y con los intereses mueven al mundo. Y los paradigmas son cambiantes y no siempre se erigen en favor del bienestar de los pueblos. La transformación de los últimos 40 a 60 años es producto de la tecnología, los costos de la mano de obra, las luchas sociales por la redistribución de las ganancias y varios etcéteras. No acuerdo con que la pérdida de mano de obra campesina no es tal porque pasa a los sectores de servicios.

Pero además, esa idea del nuevo paradigma agricultor me parece cuestionable si, casi inexorablemnete, deja sin trabajo a la gente y destruye familias, tradiciones culturales, apegos a formas de trabajar. No propongo que volvamos al arado de manceras, pero la modernidad desalmada tampoco. Y menos cuando hay minorías demasiado minoritarias que se enriquecen tanto mientras las mayorías cada vez más mayoritarias se empobrecen hasta niveles de indigencia.

Es por esto que el crecimiento y el desarrollo, para mí, no son una cuestión económica, sino cultural. Si el nuevo paradigma agricultor destruye la cultura de los pueblos y a sus pobladores, es un paradigma negativo.

3) “La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de... Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores...”

Aquí tengo otro desacuerdo, Gustavo, porque en la Argentina de hoy, a 15.000 dólares la hectárea, la concentración es asombrosa: hay media docena de grandes agroindustrias, mientras 200.000 productores familiares tienen el 15 por ciento de la tierra. Y a mí sí me importa el origen de quien emprende, porque ese origen me permite conocer sus intenciones, su valoración del esfuerzo ajeno y su sensibilidad social.

4) Mencionás luego a los “pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado... “

Pero esto no es verdad. Fue el Estado el que condonó deudas; fue el Banco Nación el que refinanció a muy bajo costo y apoyó de múltiples maneras a los que perdían sus propiedades. Me parece injusto atribuirle semejantes méritos al nuevo sistema.

5) “En Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas...”

En Europa los pueblos consumen agua envasada y purificada con tratamientos muy estrictos, Gustavo. En la Argentina el 80 o 90 por ciento de la población consume aguas contaminadas que son dudosamente tratadas. Y como se cortan bosques enteros y el glifosato está descontrolado, la contaminación se extiende a las nuevas áreas sembradas.

6) Decís que “la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja” y que falta industrializar la soja en origen para “dar más trabajo”.

Esto también es discutible. Hay muchísimos cultivos sin mano de obra, y el 70 por ciento de los que trabajan están en negro. Sobran datos sobre esto. Pero además aquí se dice que no es posible industrializar porque la demanda (es decir, China) la requiere tal como se exporta: puro poroto. Lo que es una condena adicional. Un amigo empresario al frente de una pyme me dice: “De aquí sale tabla aserrada pero nada de muebles. Yo visité la región de La Marca, en Italia, y en una zona que no es más grande que Tucumán hay 5000 fábricas de muebles, y exportan 20.000 millones de euros al año. ¡Todo con madera importada!” Eso es lo que hace China: nos compra el poroto, nuestra tierra queda exhausta y el agua contaminada, y la industrialización la hacen ellos.

Finalmente, imagino que a vos te han reprochado haber entrado en este debate. A mí también me pasa. Pero sostengo que si algo vale de este intercambio es que ni vos ni yo escribimos para la tribuna, sino para saber.

Y me consta que hay empresarios tanto o más poderosos que vos, que se esconden todo el tiempo; procuran que nadie los conozca y algunos convierten sus empresas en asociaciones ilícitas. Por eso te respeto: porque vos ponés el pecho y la cara, y tenés ideas, y aunque tu modelo productivo puede no convencerme yo valoro tu perfil de empresario y me encantaría que la Argentina tuviera muchos más como vos.

Un abrazo.