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viernes, 14 de enero de 2011

Recuerdos de María Elena

Escribí esta nota horas después de la muerte de María Elena Walsh, para la revista DEBATE, de Buenos Aires. Esperé para postearla hasta ahora, que la revista está a la venta, y aquí la comparto.

http://www.revistadebate.com.ar/2011/01/14/3530.php

En Septiembre de 1987, justo después de cumplirse el primer año de la revista Puro Cuento, entrevisté largamente a María Elena Walsh para el número 7, que apareció en Noviembre de ese año.

En su departamento de Barrio Norte pasamos una hermosa tarde de primavera tomando té con masas finas y charlando de literatura, con obvio y especial énfasis en el género que trajinaba mi revista.

A partir de esa vez ella fue extremadamente cordial conmigo, me invitó varias veces a reuniones en su casa e, incluso, más de una fecha patria fui convidado a comer memorables locros y empanadas. Algunas otras veces charlamos, incluso durante un viaje a Canadá que compartí con ella y con Sara, y siempre de literatura pero también, inevitablemente, de la actualidad política, materia que le interesaba sobremanera.

Siempre atenta y bien enterada, aguda en sus análisis, de opiniones definidas y dura de convencer, María Elena era una interlocutora admirable y tenía el talento de hacerle sentir, a sus amigos, comodidad y afecto en dosis equilibradas.

Ahora que falleció —y tenemos buenas razones para suponer que habrá encontrado alivio a sus dolores—, no quisiera teñir esta evocación de tintes dramáticos, pero tampoco frívolos. Sí me gustaría encontrar el tono exacto para recordarla —y contribuir a que los argentinos la recordemos siempre— como una poeta excepcional, una mujer encantadora y de fino y agudo sentido del humor, de conversación siempre inteligente y dotada de un capital ético blindado.

He aquí, como aporte a esos recuerdos, un resumen de aquella extensa entrevista que sostuvimos y que ocupó varias páginas de la Puro Cuento, como se la conocía, y que comenzaba así:

"No es fácil que acepte ser entrevistada. Y cuando acepta, luego dice que se ha arrepentido. Habla de leyendas correntinas, prepara un té exquisito y deja al visitante asombrado ante el buen gusto y la luminosidad de su piso en el Barrio Norte, de vista magnífica y bibliotecas repletas de ediciones antiguas, en español, inglés y francés, lenguas que domina. El aire que se respira a su alrededor es limpio, fresco, aunque es difícil romper sus precauciones. A primera vista, es una mujer que ni seduce ni se deja seducir. Pero a poco de la conversación, del té, de la literatura, asoman su franqueza, su espontaneidad, su carcajada traviesa".

Precisamente, a mí me sedujeron, lenta y precisamente, su timidez, sus modales suaves y su mirada directa y azulísima, que poco a poco creaban un clima propicio para cierta intimidad conversacional. Uno olvidaba que estaba frente a un enorme personaje, uno de las grandes de la literatura argentina, en la misma medida en que aparecía una mujer sencilla y lúcida, juguetona, pícara, irónica, a la que uno jamás querría tener de enemiga y de quien era hermoso merecer afecto y consideración.

No descubro nada si digo que María Elena es la autora de algunas de las páginas más bellas de este país, y de memorables artículos ensayísticos como aquel "País jardín de infantes" que atravesó el alma de por lo menos un par de generaciones. Pero además fue quien reinventó la literatura para niños, con lo que llegó a ser una de las escritoras más populares de la Argentina.

Durante los años que la frecuenté, los de mi revista a finales de los 80 y comienzos de los 90, ella era además miembro del Consejo para la Consolidación de la Democracia y persona de consulta en materia de Derechos Humanos y Sociales.

El resultado ineludible de aquellos encuentros periodístico-literarios fue, para mí, una modesta amistad que siempre consideré un tesoro personal. Quizás por eso, como homenaje a ella en esta hora triste en que el país todo parece estar llorándola, prefiero recuperarla con el brillo de algunas de sus respuestas a mis preguntas de aquella entrevista:

"—Es casi inevitable pensar que el origen de tus cuentos viene de cierta vocación nacida en tu infancia. ¿Es así?

"—Yo me crié, en cierto modo, con el cuento en verso. Y todavía tengo bastante debilidad por la poesía narrativa. No me importa si es buena o mala como poesía; la juzgo como narrativa, porque posiblemente fue lo primero que absorbí en las nursery rhymes que cantábamos en la escuela. En una cuarteta te contaban un cuentito, una historia. Tenía principio, medio y un final, que a veces era dudoso, generalmente dramático. Versificado, tenía esructura de cuento. Y yo me familiaricé con el cuentito en verso.

"—¿Y qué es el cuento hoy para vos? Qué significa como género literario en tu producción?

—Eso vino en otra época, la de la instrucción. Al ser "léida", como se dice, ya me fascinaba todo tipo de cuento, pero lo que pasaba es que recibía oralmente, de mis padres, mucho cuento en verso. La cultura familiar, en mi casa, era de mucha lectura pero no de tipo académico. No había universitarios en la familia. Pero sí se tenía afición por la buena lectura, por la novela; se leía a Dickens, a Verne. Y es curioso; prácticamente no tengo recuerdos de que me contaran cuentos, pero sí muchos versos que eran en sí cuentitos, e incluso muchas letras de canciones eran narrativas, dramáticas. Las primeras letras de tangos eran todo cuentos, hechos dramáticos. Pero no he escrito demasiado. Y últimamente, que me he puesto a escribir otra vez, me doy cuenta de que extraño mucho la poesía. La síntesis, los desenlaces rápidos. Sean para chicos o no. Extraño mucho esa forma..."

Durante aquella charla me dijo también que no creía en la inspiración, "pero sí creo que muchas veces hay que dejarse llevar por juegos involuntarios, inconscientes. Y no hay problema en no saber explicarlo".

Y cuando le pregunté lo que sabía trillado pero inevitable —¿cómo fue que se orientó hacia el público infantil; a qué se debió eso?— respondió:

"—¡Ésa es la pregunta que no me debías hacer! Porque no hay explicación, ni yo misma lo sé. No tengo respuesta; supongo que sólo puedo decir que sentía la necesidad de hacerlo y al mismo tiempo quizás llenaba un vacío".

De los otros encuentros que tuvimos —menos de los que hoy advierto que habría deseado— me quedan otras impresiones, más difusas, de reuniones sociales, comidas y charlas de ocasión. Un repertorio íntimo, se diría, recatado y discreto. Como a ella le gustaba conducirse en la vida.

La vamos a extrañar. Los que tuvimos el privilegio de sentir alguna vez su afecto, y también la literatura argentina, que tiene desde ahora un hueco imposible de llenar en el centro mismo de su textualidad. •

4 comentarios:

  1. Claro que la vamos a extrañar... cada mañana, en Nos vemos y nos leemos (talleres de lectura en ámbitos no formales, Mardel)nuestra música de fondo es Maria Elena. Sus cuentos leidos por ella seducen a grandes y chicos en las salas de espera de las Salas Sanitarias.Mucha gente de Bolivia que no la conocía queda "encantada" y a partir de la escucha, las mujeres, se han planteado aprender a LEER y ESCRIBIR. Gracias Mempo, gracias Maria Elena!!

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  2. La verdad que si .hay que tener una sabiduría especial para entender a los chicos porque ellos a veces nos enseñan nosotros. Ella tenía esa sabiduría.
    Mi blog:
    http://www.debatepopular.blogspot.com

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