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domingo, 19 de mayo de 2013

El Chaco ya no es el mismo


Apenas hoy, con un mes de atraso, me entero de que ha muerto un poeta, un narrador excepcional que fue mi amigo y también era chaqueño. Me dicen que se fue, nomás, Jesús Urzagasti, chaqueño de Bolivia y autor de libros memorables.

Nacido en 1941 en Campo Pajoso, pequeña comunidad campesina de Yacuiba, en la provincia del Gran Chaco, al sur de Bolivia, este descendiente de vascos escribió por lo menos tres libros notables. Una es "De la ventana al parque", una nouvelle que hace más de veinte años me atreví a comparar con "Pedro Páramo" en el sentido de novela breve fundacional. Y los otros son "Los tejedores de la noche" y "Tirinea", esta última una obra que muchos consideran entre las más importantes de la literatura boliviana. Esa misma de la que, inexplicablemente, tan poco o nada se sabe en la Argentina.

Hombre sencillo y silencioso, su porte menudo y su voz siempre medida disimulaban la grandeza del talento de Jesús Urzagasti. No recuerdo cómo nos conocimos pero creo que fue en los tiempos de la revista "Puro Cuento". Después nos vimos algunas veces y lo invité a uno de los Foros que hacemos en Resistencia, y otra vez le pedí a Lucho Sepúlveda que lo invitara al Salón del Libro de Gijón. Allá en Asturias nos reencontramos para caminar malecones, comer mariscos y hablar de nuestras literaturas, de igual modo que aquí en mi ciudad degustamos chipás y poesías. A mí me quedó el pendiente de visitarlo en su tierra, y a los dos el de organizar la gran mesa de la literatura del Chaco con Augusto Roa Bastos y otros colegas de los cuatro países que tienen Chaco. Lo hablamos alguna vez con Augusto, y con Rubén Bareiro Saguier, y hoy pienso que nos fascinaba tanto la idea que por eso mismo jamás la llevamos a cabo.

Ahora me escribe Sulma, su compañera: "Debo decirte que nuestro querido poeta partió a la tierra sin mal de los guaraníes: se le rompió el corazón la madrugada del sábado 27 de abril y como era su deseo llevé sus cenizas hasta Retiro, una comunidad chaqueña a orillas del río Pilcomayo, a los pies de una isla de árboles jóvenes donde reina el canto de los pájaros."

Quiero despedirlo esta noche evocando algunos de sus versos:

Iremos a un país de hermosos árboles
cruzaremos su ancho río
y en la isla de arena
estaremos desnudos
mirando los caballos
enloquecidos en el horizonte.

Y también estos:

La soledad es eso
un río que no cesa
entre peñascos y tierras labradas
un árbol que sale de una habitación
a buscar el ancho cielo.

A mí se me hace que Chucho ha de haber encontrado ya ese ancho cielo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

LECTURARIO # 11



• En diversos aeropuertos, vuelos y hoteles, el último mes leí varios libros, entre ellos el estupendo "Dama de Porto Fim", que es un delicioso trabajo de Antonio Tabucchi. Escrito en los años 80, cuando él se fascinaba con Portugal —como todo visitante de ese país— y se interesaba por los asuntos del mar, en cierto sentido se trata de un libro de cuentos aunque tiene un hilo conductor que habilita su lectura casi como si fuese una novela. Las Islas Azores, su belleza y su desamparo, así como el mundo de los balleneros son el gran tema de este libro que medita, a la vez, sobre la soledad y el amor. Lleno de encanto y poesía, el texto que da título al libro es absolutamente inolvidable. (Anagrama).

• En el reciente viaje a Chile terminé de leer "El mendigo", de Naguib Mahfuz (1911-2006). Era una deuda que tenía conmigo, porque desde niño me sentí atraído por la literatura árabe, que en Resistencia frecuentaban mi hermana y algunos vecinos de origen sirio-libanés. Y si bien cuando el egipcio Mahfuz ganó el Premio Nóbel en 1988 me propuse entrarle a su obra, postergué inexplicablemente esa tarea. De manera que ahora empecé por esta novela de su madurez narrativa (es de 1965, y la edición castellana de Plaza & Janés, del 83) y la verdad es que sentí una fuerte lejanía con el texto, que incluso me parece que no ha de ser representativo del Egipto actual. Y es claro que ninguna literatura está obligada a ser "representativa" de las sociedades en las que se produce, pero yo esperaba otra cosa, algo más audaz que la historia de un abogado burgués que no sabe qué hacer con su vida. Muy y bien dialogada y con pincelazos atractivos, sin embargo no alcanzó a deleitarme. Así que mi deuda sigue en pie.

• Y finalmente leí "El amigo de Baudelaire" y 'El farmer', de Andrés Rivera (Alfaguara). Desde hace varios años las tenía pendientes, porque mi relación personal con este autor estuvo signada por un duro enfrentamiento que tuvimos dos décadas atrás. Yo lo admiraba mucho hasta que dejé de leerlo. Fui quien propuso que se le diera el Premio Nacional de Literatura por su extraordinaria novela "La revolución es un sueño eterno" e integré el jurado que se lo otorgó en los años 90. Y mucho antes le había publicado un par de cuentos en mi revista "Puro Cuento" y tenía de él y su obra el más alto concepto. No importa evocar ahora el por qué de aquel distanciamiento; sólo digo que dejé de leerlo hasta que ahora un amigo, cuya opinión respeto muchísimo, me dijo que debía leerlo a despecho de la cuestión personal. Me di cuenta de que mi amigo tenía razón, pero sobre todo constaté una vez más que a esta altura de mi vida soy incapaz de leer nada con prejuicios.
            Me lancé, entonces, a ambas lecturas y la primera, "El amigo de Baudelaire", no me convenció. La encontré entre superficial y pretenciosa, un tanto forzada. Pero "El Farmer" me encantó; mucho más sólida como novela breve, es un texto lúcido, original y brillante por momentos, que recupera el espíritu y la voz de un Juan Manuel de Rosas formidable. Se trata de una novela histórica interesantísima, tanto por la recreación del personaje, devenido literatura, como por la libertad creativa y sobre todo por el fraseo del texto, que es un verdadero hallazgo.
            De todos modos, sigo pensando que el mejor texto de Rivera es "La revolución es un sueño eterno", donde hay un Castelli único, memorable, tan real como literario.
            Como sea, y aunque este autor no me interesa como persona, ahora estoy en paz con su literatura: la de un gran escritor argentino de este tiempo.

• Estuve leyendo también la última edición de la revista Casa, que edita en La Habana la ya legendaria Casa de las Américas. Este número (el 269, de octubre-diciembre de 2012) está dedicado al gran artista plástico cubano Mariano Rodríguez (1912-1990), quien presidía esa institución cuando fui por primera vez a La Habana en 1985, y quien ejerció una notable influencia en muchos jóvenes artistas caribeños. De formación surrealista y fuertemente picassiano, en este número se le rinde homenaje con textos de Mario Benedetti, la crítica mexicana Raquel Tibol y el eterno poeta cubano que es Roberto Fernández Retamar.
            Esta edición de Casa ofrece también buenos textos de Tununa Mercado, poemas de Jorge Boccanera y una interesantísima entrevista a Ticio Escobar, antropólogo paraguayo que fuera ministro de Fernando Lugo y en la que se explaya con autoridad y agudeza acerca de la lengua y la cultura guaraní.

lunes, 6 de mayo de 2013

Premio Andrés Sabella 2013

Inesperadamente, la semana pasada me llamaron desde Antofagasta, Chile, para invitarme a la Feria del Libro FILZIC 2013 que se realiza en esa impresionante ciudad del norte chileno y a orillas del Pacífico.

Fue la narradora chilena Pía Barros la encargada de comunicarme que no podía faltar porque iba a recibir el "Premio Literario Andrés Sabella 2013".

Y en efecto, arribé a Antofagasta este sábado 4 por la mañana y el domingo 5 a la noche recibí el Premio en una emocionante y cálida ceremonia popular.

Este galardón fue establecido en 2011 por la comunidad de Antofagasta, en homenaje al más importante poeta y narrador que dio la ciudad. Sabella (1912-1989) fue además periodista, militante social y dibujante, y entre sus obras destaca su novela "Norte grande" (1944).

En 2011 recibió este premio Antonio Skármeta, y en 2012 el galardonado fue Hernán Rivera Letelier. Ambos autores nacieron en Antofagasta y se formaron, en cierto modo, al influjo de Sabella. Y por cierto Hernán, que volvió a esta ciudad y allí reside desde hace veinte años, me hizo el honor de acompañarme.

Ésta es la primera vez que se otorga el premio a un extranjero, y me dicen que el jurado subrayó que la decisión fue "por unanimidad y en reconocimiento a una vida dedicada a la literatura".

No puedo sentirme más honrado.

sábado, 4 de mayo de 2013

Un regalito inesperado



Mi amiga y colega Graciela Bialet, generosamente, me manda esta fotografía que tomó en una escuela de las Sierras de Córdoba. La comparto, emocionado.

miércoles, 1 de mayo de 2013

LECTURARIO # 10


No sé si a ustedes les pasa, pero cada vez que yo viajo —y viajo mucho— a la hora de preparar mi valija me enfrento a la trabajosa decisión de escoger los libros que me acompañarán durante la travesía. Deben ser uno o dos y no muy pesados, porque además en congresos, ferias o universidades necesariamente se intercambian libros con colegas y eso me provee lecturas no programadas. Lo cierto es que en mi equipaje de mano y junto a mi computadora, suelo llevar apenas uno o dos libros que sé que querré leer durante el periplo.
            En mi último viaje de trabajo, durante dos semanas visité Lisboa, Salamanca, Bolzano y Roma, y en hoteles, trenes y aviones devoré algunos libros que resultaron ser estupendos.

• En primer lugar terminé "Sociedad Negra", de Andreu Martín (RBN Editora). Una verdadera novelaza del maestro catalán del género negro, que me la envió (imperdonablemente sin dedicar) con un amigo común, y en la que hace gala de un conocimiento profundo de cómo operan hoy las llamadas "mafias chinas" en Barcelona y en el mundo. La novela es apasionante, y no sólo para aficionados al género negro. Para mí, aquí el autor lo trasciende al componer una novela cervantina, diría yo, una épica llena de acción y peripecia, visión política, interés social y encanto, y está escrita como escribe Andreu, con sabiduría y gracia. La trama ha sido magníficamente urdida, sin golpes bajos y con un inmenso trabajo autoral de documentación.
            Leí esta novela apasionadamente en cuatro noches y la terminé, como he dicho, en el vuelo de doce horas entre Buenos Aires y Madrid, sin poder despegarme de esa cosmovisión chino-catalana que yo ignoraba por completo. Y que tiene, para mí, un único, minúsculo error de información: la República de El Salvador y los grupos llamados "maras" no son sudamericanos; son centroamericanos.
            Como sea, "Sociedad negra" es una novela magistral e inolvidable por amena, interesante e imposible de abandonar. Esa clase de lecturas que te mantiene enganchado durante días, en los que no podés soltar el libro en el colectivo, el subte, la cola en el banco o donde sea. No será fácil conseguirlo en Argentina, pero igual búsquenlo, pídanlo a España, no se lo pierdan.

• En Lisboa me encontré inesperadamente con el narrador peruano Santiago Roncagliolo, a quien no conocía en persona. Buen conversador, agradable y mundano, y lector avezado, de entrada me soltó un "Soy uno de tus fans desde hace mucho" que tuvo, para mí, un doble sonido: el obvio halago por un lado; y la constatación de que pertenezco nomás a la categoría de escritor veterano. Naturalmente intercambiamos libros, como es de estilo entre colegas, y lenta y rigurosamente me adentré en su notable "El amante uruguayo. Una historia real" (Punto de lectura), que es un libro interesantísimo desde varios puntos de vista.
            Parece ser la historia de amor entre Federico García Lorca y el escritor uruguayo Enrique Amorim, pero es mucho más que el revelado de una relación íntima entre dos varones, lo que en aquellos tiempos era socialmente condenable. En realidad lo que hace Roncagliolo magníficamente es la exhaustiva biografía de Amorim, un millonario excéntrico y contradictorio que fue, al parecer, una especie de escritor de segunda categoría, insincero trepador todo-terreno y perdido enamorado del poeta andaluz.
            Pero además el libro recrea una etapa inigualable del arte del Siglo XX, protagonizada por figuras como Neruda, Picasso, Aragón, Borges y tantos más, todos los cuales estuvieron vinculados, de un modo o de otro, con el enorme poeta granadino y con el oportunista escritor uruguayo. Santiago Roncagliolo, notable narrador peruano, logra en este libro una estupenda combinación de narrativa, periodismo e investigación histórico-política.
            Por cierto, y permítanme la digresión, es notable lo inspiradora que sigue siendo la temporada que García Lorca pasó en Buenos Aires poco antes del inicio de la Guerra Civil española. En primer lugar, recuerdo la magnífica novela de Reina Roffé "El otro amor de Federico" (Plaza & Janés) que leí hace un par de años cuando aún no había empezado este Lecturario en mi blog. Conozco también varios trabajos doctorales en los Estados Unidos, como el de Pedro Larrea Rubio, de la Universidad de Virginia, ("FGL en Buenos Aires"), universidad ésta donde por muchos años hizo docencia el más grande lorcólogo contemporáneo (si se me permite el neologismo), mi querido amigo y maestro Javier Herrero, hoy jubilado profesor de esa universidad pero activísimo lector e investigador de la vida y la obra del gran Federico.

• En Salamanca, mi amiga Mariángeles Pérez López me regaló "Materia y sombra. Poesía completa", de Julio Vélez. Una edición hermosa y muy bien cuidada de la obra de Vélez, poeta andaluz nacido en 1946 que fue profesor de la Universidad de Salamanca durante apenas dos años, pues falleció en 1992 a los 46 años de edad. Durante el regreso leo el libro con disciplina y atención. Era un poeta talentoso, Vélez, lorquiano y andaluz hasta la médula, todo tensión y ardor amoroso a cada verso. El extenso libro me resulta, sin embargo, un tanto fatigoso. Como que no termina de conmoverme. O quizás ha sido el viaje, que acaba al llegar a Resistencia con este libro en mis manos dormidas.

jueves, 25 de abril de 2013

Novela Negra en Salamanca


La semana pasada di una conferencia en el 9º Congreso de Novela Negra, evento que anualmente organiza la Universidad de Salamanca. En el contexto precioso de esa clásica casa de estudios castellana, y en esa ciudad entrañable y única, pasé dos días fantásticos gracias a Alex Escribá y Javier Sánchez Zapatero, hacedores del congreso. Entre amables charlas, cañas y jamones, y un afectuoso encuentro con mi admirada poeta Mariángeles Pérez López, también profesora en esa casa, leí ante un nutrido auditorio un texto titulado "Revolución, Democracia y Crisis como motivos del género negro latinoamericano". He aquí los párrafos centrales del mismo, cuya versión completa se publicará en Salamanca el año próximo.
 
"(...) La literatura de crimen o delito, la policiaca, o negra, o como convengamos en llamarla, ha devenido la literatura más leída en toda la América Latina porque es la más directamente alusiva a la suerte o desdicha de nuestros pueblos, y eso es lo que explica que siga gozando de una inmutable popularidad.
            El fenómeno no es nuevo. Quizás suene forzado, pero quiero observar que la literatura argentina canónica, a partir de la Independencia, trajinó este género acaso sin advertirlo conscientemente. Porque el texto que se tiene como inicio mismo de nuestra literatura –el cuento "El matadero", de Esteban Echeverría (1837)– describe la brutalidad de los matarifes de ganado vacuno para el consumo, que deriva en el asesinato de un joven unitario. No es casual que sea ése el cuento fundador de nuestra narrativa, en una línea de trasfondo político, violencia y crisis. Y si además observamos que las otras obras fundamentales que la siguen son: Facundo (de D.F.Sarmiento) y Martín Fierro (de José Hernández), vemos que en ambas, como en "El matadero", la tensión dramática se sostiene alrededor de crímenes y de la tensión delito-legalidad.        
            (...) En mi libro EGN hay un capítulo que titulé "¿Por qué literatura policial negra en América Latina?". Allí cito a Donald Yates, hoy retirado profesor de la Universidad de Michigan, EEUU, como uno de los que primero se ocupó de estudiar el género policiaco en la América hispanoparlante. En 1964 Yates señalaba que en la sociedad hispanoamericana “la autoridad de la fuerza policial y el poder de la justicia se admiran y aceptan menos que en los países anglosajones". Y decía que se trataba "de un tipo de literatura que evita contacto directo con la realidad”. Se refería, desde luego, a la generación que hasta entonces procedía según los cánones clásicos. Así fue como Borges y Bioy Casares crearon a su Isidro Parodi; y Antonio Helú a su mexicanísimo Máximo Roldán; y el chileno Alberto Edwards a su Román Calvo: los hicieron inhibidos de todo cuestionamiento social y aceptando la realidad tal como era concebida desde el poder. En efecto evitaban todo contacto con la realidad y por eso sus detectives, aunque atractivos, nunca dejaban de ser falsos. Porque eran literarios.
            Pero bajo la superficie sucedían otras cosas. Durante las luchas revolucionarias de los años 60 y 70, y luego con las democracias desde mediados de los 80, primero con la censura y luego con el destape, se vio que el género negro era el que mejor describía y cuestionaba la realidad circundante, precisamente porque hacía de ella su materia literaria; y era eje central de sus narraciones la no aceptación del poder policial como sistema de control social. Justamente lo contrario del postulado de Yates y de los autores del policial clásico.          Y es que en América Latina no sólo hay poca confianza en la policía, sino que hay odio y rencor. Las policías existen siempre para custodiar el orden establecido; tienen una misión conservadora por esencia: a través de la defensa de la propiedad (individual o colectiva) tratan de impedir mutaciones que no estén normadas jurídicamente. El rol policial, entonces, es el de conservar un determinado orden. Eso no está mal, per se. Pero en América Latina, desde siempre, el orden a conservar por los servicios policiales es un orden injusto y cuestionado: el orden de las oligarquías, que ejercen el poder político y económico. De donde hace más de 50 años los escritores de ficción policial de nuestros países empezaron a abandonar la ficción clásica para escribir novela negra.
            (...) Quizás el ejemplo más dramático de esa vinculación entre GN y dictaduras sea el de Rodolfo J. Walsh (1927-1977). “Desaparecido” y luego asesinado por comandos militares, Walsh se convirtió en uno de los escritores-símbolo de la lucha contra la última dictadura militar (1976-1983). Periodista, traductor y narrador, había escrito un primer libro policiaco, "Variaciones en rojo", que reúne tres nouvelles de corte clásico y fue publicado en B.Aires por la Librería-Editorial Hachette en 1953. Pero enseguida Walsh devino precursor de un nuevo género literario, el que hoy conocemos como Non fiction novel, con tres obras fundamentales: "Operación Masacre" (de 1958), "¿Quién mató a Rosendo?" (de 1969) y "El caso Satanowsky" (de 1973). También escribió cuentos memorables, entre ellos "Esa mujer", acerca del secuestro del cadáver de Eva Perón, que bien puede ser considerado dentro de este género.
            (...) En esa línea, y de hecho siguiendo las huellas de Walsh conscientemente o no, adoptaron el GN como posibilidad expresiva ante la censura autores como Ricardo Piglia, Beatriz Guido, Juan Martini y Osvaldo Soriano en Argentina, y Rafael Bernal, Paco Taibo y Rafael Ramírez Heredia en México, por lo menos. Y años más adelante, ya en la construcción democrática de los 80, otros autores siguieron esa nueva tradición: mínimamente cabe mencionar a Ramón Díaz Eterovic en Chile y a Santiago Gamboa en Colombia, y en mi país a Juan Sasturain y Guillermo Martínez, entre muchos más.
            Entonces, ¿existe hoy una literatura policial negra en América Latina? Desde luego que sí. El género negro existe en el continente donde vivo y se compone de un cuerpo textual rico y variado, que practican decenas de autores de muchos países. Tiene una consistencia como no tienen otros géneros. Y produjo además un cambio espectacular en el tratamiento del crimen, especialmente porque le reconoce razones, motivos, causas vinculadas con la realidad en que viven los mismos lectores. Hoy sabemos que son circunstancias las que llevan a una persona a cometer un crimen.
            (...) Los que vivimos en Latinoamérica nos hemos visto reflejados en estas novelas, desde hace años (...) El GN es determinante para comprender la literatura latinoamericana contemporánea. Vincula al crimen con la sociedad en que sucede. El delito no es para nosotros un problema matemático, un crucigrama, un desafío al ingenio. Cada delito es producto de relaciones (malas relaciones) entre seres humanos y no hay crimen gratuito como no hay ausencia de causas (individuales o sociales). Ahora hay grupos de sicarios, además, como los Maras centroamericanos, o los chicos gangsters de Colombia, México o Brasil. Todos tienen su autojustificación, y a cualquiera se le puede encargar un crimen. Es barato, incluso, porque hoy todo crimen es barato. El que un jefe de barrio le encarga realizar a un chico semianalfabeto y pasado de paco u otra droga incendiaria; o el que genera sin saberlo cualquier matrimonio europeo de buen corazón que por diez mil dólares compra un bebé paraguayo o del norte argentino que fue robado a sus padres.
            (...) El delito hoy es producto de intereses, casi siempre ligados al poder político y económico, a la trata de personas, el narcotráfico y el narcoconsumo, y otras miserias, muchas de las cuales son alimentadas desde el mundo desarrollado, que fomenta taras, vicios y corrupción en los países subdesarrollados para luego analizarlos "racionalmente" como si fueran de otro planeta y sin asumir responsabilidades.
            Y es que los valores primordiales en que basa su existencia el género negro siguen siendo el poder y el dinero. Uno puede y paga. El otro no tiene y cobra. O padece. ¿Quién de ellos es el criminal...?         
            (...) La novela negra latinoamericana tiene sus ejes en la violencia que generan las contradicciones sociales, el abuso de poder, la narcoindustria, el narcotráfico y el narcoconsumo, la corrupción y la hipocresía. Es la misma violencia que escribieron los maestros del naturalismo y del viejo realismo social, sólo que ahora no desde ideologías revolucionarias, sino desde los códigos y tópicos de una posmodernidad entendida como continuum.
            (...) Hoy sabemos que cada crimen, cada delito menudo, cada acto ilegal tiene, necesariamente, una relación profunda con la sociedad en que se produce. No hay crimen genético, lombrosiano. El crimen es siempre una (mala) conducta social, un reprobable producto de la vida colectiva. Y en la vida colectiva estamos acostumbrados a contemplar intrigas, escándalos políticos y económicos, e incluso guerras dizque justificadas siempre en motivos injustificables. El petróleo, las commodities, la minería a cielo abierto, cualquier ataque financiero desde centros off-shore, el sistema de corrupción político, bancario, sindical, empresarial y etc, etc, es tan variado como retorcido (no quiero decir sofisticado) que sobran los temas para el GN contemporáneo.
            (...) La violencia es la materia esencial del género negro, pero no es una invención de la literatura. El crimen en todas sus formas, como el incesto y la corrupción, por caso, son moneda corriente en toda la sociedad industrial moderna. (...) Entonces deberíamos mirar mejor al crimen literario, como expresión del crimen en la sociedad moderna, pero sin prejuicios y sin condenar a un continente. Y subrayo esto último porque todo discurso etnocéntrico que juzga a las periferias es racista y discriminatorio, aunque no lo sepa o lo niegue. La tragedia centroamericana, como la de Brasil o Colombia, o la de México, son materia de literatura negra porque nosotros, autores latinoamericanos, no queremos silenciarlo. Porque sabemos que en decir y narrar esa violencia estará también nuestra salvación. Pero yo no conozco la novela del hombre que violó y preñó a todas sus hijas y las mantuvo encerradas en un sótano durante veinte años como sucedió aquí cerca, en Austria. Como tampoco conozco la novela del chico que en Virginia Tech University asesinó en diez minutos a más de 30 estudiantes porque se sentía agobiado por problemas familiares...
            Por lo tanto, ¿de qué hablamos cuando hablamos de violencia? ¿De asesinato, robo, ataque físico, acoso sexual, apropiación de niños? ¿Violencia de género, familiar, social, política? Pero acaso ¿Muamar Kadafi era violento pero los bombardeos "civilizadores" sobre Libia no? ¿Y no ocurre lo mismo ahora en Siria? ¿Como antes en Kosovo, Iraq, Afganistán? ¿Y Guantánamo? ¿Por qué no está preso ni un solo banquero irresponsable cuando a media Europa le cortan los salarios? ¿Saben que esta violencia se vivió ya en Argentina en 2001 y fue un desastre? (...) Podría pasarme toda la tarde formulando preguntas de este tipo, todas ellas variaciones sobre la violencia, y materia potencial de novelas negras. (...) Por eso rechazo esa idea establecida de la violencia como signo y marca, única o principal, de la literatura latinoamericana. Propongo en cambio leer la violencia como señal de la bestialidad del ser humano, pero en todas las culturas y en todas las literaturas.
            (...) Y si vamos al cine, género que se afirmó como una nueva expresión de la literatura, en el caso del cine argentino puede decirse que nació con y para este género. El primer filme negro argentino fue "Monte criollo" (de 1935, dirigida por Arturo S. Mom en base a un tango de Homero Manzi) y dos años después, en 1937, la tremenda "Fuera de la Ley", con guión y dirección de Manuel Romero y basada en la historia verídica del niño Eugenio Pereira Iraola –cuyos padres pertenecían a la alta sociedad argentina– quien fue secuestrado y luego asesinado por una banda de maleantes en febrero de ese mismo 1937, hecho que mantuvo en vilo a todo el país. La película se rodó de inmediato y se estrenó en octubre de ese año, y aunque en la ficción la víctima era una niña el público asoció fácilmente el caso y fue un éxito de taquillas fenomenal.
            En cada uno de los últimos 75 años, en mi país no se ha dejado de producir cine negro, y en casi todos los casos basados en cuentos y novelas de autores locales (...) Hoy en la Argentina se producen y filman más de 150 películas por año, y probablemente la mitad son de, o se relacionan con, el género negro. (...) Me parece que son muy pocos los géneros literarios que tienen esta cualidad de representar tan cabalmente los conflictos sociales, los anhelos y frustraciones de las clases populares, la cultura de la marginalidad y el cuestionamiento ideológico al poder establecido.
            (...) Quizás por eso la estimación del GN ha ido en alza (...) y comienza a ser tratado con creciente interés por las academias. Y eso está bueno. Pero también digamos que hasta ahora con poca originalidad. Se repiten conceptos, lugares comunes, se hace mucho copy-paste y no sobra la audacia intelectual. Quizás falten textos renovadores, no lo sé, pero a mí por momentos me da la impresión de que estamos ante un género al borde del agotamiento. Se inventan detectives y argumentos cada vez más disparatados, exóticos o extravagantes, y gran parte de la crítica se dedica a subrayar y aplaudir esas obviedades. Pero a mí me parece, dicho sea con cuidado, que el detective no es una figura con un gran futuro, al menos literario. Quizás porque devino tópico, y a su alrededor se generan temas y tramas, y por ende recursos, que finalmente se reiteran. Yo creo, en cambio, que el futuro del GN está en el hombre o la mujer comunes y sus circunstancias, el hombre mediocre de José Ingenieros, el simple ciudadano que nunca sabrá cómo llegó adonde se encuentra, y no sabe cómo demonios zafar del cepo en que se descubre. El que debe improvisar a cada paso y equivocarse y huir, huir como único destino posible. Y es que la vida siempre va adelante de esta literatura y de cualquier otra. Por eso es verdadero el viejo axioma de que la realidad supera a la ficción.
            (...) La literatura negra ha tenido algo de revolucionaria para las letras latinoamericanas del post-boom, por lo menos, o sea la de los setenta y ochenta del siglo pasado. En esos tiempos de oscuridad y represión en nuestra América, el género negro fue sin dudas un buen refugio para escritores. (...) Hoy, en cambio (...) se relaciona con todo lo que hemos perdido. (...) Es evidente que el sentimiento de pérdida es parte de esta narrativa. Pérdida de valores, desde luego, vinculados a la pérdida de mejores niveles de vida. La miseria social absurda y chocante, la corrupción, el abuso de poder, inevitablemente remiten a tiempos en los que se vivía en paz, con mayor respeto y tranquilidad. El género negro siempre está cuestionando la pérdida de esos valores, porque es un género profundamente moral. (...) La escritura de ficción en Latinoamérica hoy en día tributa en gran medida al género negro, y por eso este género es revolucionario para nuestra narrativa desde que renovó estilo y lenguaje, y lo reconoció como se habla en la calle: violento, duro y machista.
            El escritor latinoamericano, creo yo, es consciente de que el dinero en sus obras es sólo un medio, no fin ni razón. La corrupción no es una desviación; son causas profundas que corregir y casi nunca se corrigen. La Ley y la Policía casi nunca son confiables. El poder no son los tipos que salen en la tele, sino los que están ocultos. Y la literatura, claro, no es sólo evasión y entretenimiento. Es también un recurso, acaso un arma ideológica, para desnudar la verdad mediante maravillosos relatos interminables." •