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lunes, 2 de julio de 2018

UN POSIBLE LEGADO DE RUSIA 2018

MI NOTA DE HOY LUNES, EN PAGINA/12, CON MI AGRADECIMIENTO A MUCHOS LECTORES QUE ME ENVÍAN COMENTARIOS Y MAILES DE RECONOCIMIENTO Y ALIENTO.

https://www.pagina12.com.ar/125653-un-posible-legado-de-rusia-2018

martes, 13 de marzo de 2018

ADN MACRISTA, GENOCIDAS Y UNA ESPERANZA EN SAN LUIS

MI NOTA DE AYER LUNES EN PÁGINA/12:
https://www.pagina12.com.ar/100994-adn-macrista-genocidas-y-una-esperanza-en-san-luis

jueves, 8 de marzo de 2018

De FANTASÍAS, CANTITO Y CENSURA

MI NOTA DE LA SEMANA EN PÁGINA/12:
https://www.pagina12.com.ar/99464-de-fantasias-cantito-y-censura

sábado, 3 de marzo de 2018

LECTURARIO € 58. Osorio, De Isla x 2, Martínez, Isaías

Lecturario # 58. Osorio, De Isla x 2, Martínez, Isaías.
 
• "Doble Fondo" es un verdadero zarpazo inesperado. Una novela típica, diría, de Elsa Osorio, de quien ya conocemos, entre otras novelas, la conmovedora "A veinte años, Luz". Aquí nuevamente estamos ante un riguroso mecanismo de relojería literaria alrededor, podría decirse, de la historia de un cadáver.
            Una médica respetada aparece muerta en la costa de un río de un pueblito de Francia, y entonces Muriel, reportera ambiciosa, tenaz y pasional, se pone a investigar lo que es mucho más que un caso. Es una historia tremenda sucedida años atrás en un país lejano de Sudamérica, llamado Argentina, donde el horror y el cinismo reinaron sin límites.
            Una militante montonera prisionera en la ESMA logra sobrevivir, chantajeada por la liberación de su hijo, que le fue arrancado por un marino que se ha convertido en su protector enamorado, si ello es posible. La trama va tejiéndose a sí misma como una suma de acciones inesperadas y ominosas, propias de psicópatas depravados y, claro, allí cabe todo el repertorio de horror de que fue capaz el poder absoluto de la dictadura. Pero el resultado es una novela impresionante porque va mucho más allá de la tragedia que ya conocemos. En estas páginas obsesionantes y de prosa sin tregua, la tragedia argentina es diseccionada con maestría, con dolor y amor, desde el punto de vista francés y europeo, en su afán de comprender una sociedad para ellos ­–­y quizás para nosotros también– completamente incomprensible.
            Novela ardua, dura y dolorosa, pero de lectura apasionante, se lee como un policial de Simenon y también como un informe, como una confesión, como el sostenido diario de una tragedia en primeras y terceras personas.
            Elsa me hizo el honor de pedirme que la presentara en Diciembre pasado, en Dain Usina Cultural, de Palermo, en Buenos Aires, junto a Miriam Lewin y Patricio Contreras. Fue una velada muy emotiva y yo dije más o menos todas estas cosas. (Tusquets, 2017).

• En el Lecturario anterior, el 57, comenté mi viaje del año pasado a Monterrey, Nuevo León, en el norte de México. Y ahora regreso allí, porque también de Monterrey es mi viejo amigo y colega Pedro de Isla, escritor de muy bajo perfil que desde que lo conozco, hace más de veinte años, viene consolidando una obra narrativa que ya merecería un más justo reconocimiento en su país.
            México, por cierto y como siempre, es el núcleo de su narrativa. Que en dos novelas que me ha obsequiado luce como refulgente fantasía de una realidad tremenda, sí que fascinante. La primera que leo se titula "Tuyo es el reino", y allí me topo con el viejo, interesantísimo rescate de una fantasía de muchos regiomontanos y otros habitantes del norteño Estado de Nuevo León: independizarse de México.
            Por razones históricas, sobre todo, pero en el fondo porque Monterrey es no sólo la segunda ciudad de la república sino también la Sultana del Norte, como la llaman por su potencial de centro industrial productor de las mayores riquezas industriales de ese país. En esta ficción un grupo clandestino prepara clandestinamente la secesión mediante una especie de golpe de estado. Delirante por momentos, y con estructura de novela policiaca, el texto sirve para exponer motivos, debatir una cuestión siempre reprimida, y al mismo tiempo una trama de misterio y elusiones muy llevadera. Mereció el Premio Nuevo León de Literatura 2016. (Conarte, 2017).
            La otra novela de Pedro que leo tiene un título que me parece un hallazgo: "Los andamiajes del miedo". Y una trama de novela negra moderna, intensa y sostenida, en la que reluce el típico repiqueteo autoral acusativo que se dirige a una segunda persona, que hace décadas impuso Carlos Fuentes en la literatura azteca. La historia se basa, al parecer, en un hecho verídico: en 1977 un intento de violación a una muchacha acaba en un asesinato que provoca un delirio xenófobo en las clases medias regiomontanas, acicateadas por la amoralidad y el cinismo, y el rol perverso de los medios periodísticos tradicionales, que, como se sabe, adoran la sangre. Ajena y comercial. (Universidad Veracruzana, 2016).

• Una grata sorpresa me resulta el libro de un joven periodista chaqueño, de mi misma Ciudad de Resistencia. "Cómo se siente un tiro", de Bruno Martínez, es un libro perfectamente periodístico, de casos locales pero con un aliento que promete y apunta a más, gracias una prosa directa, concreta, abigarrada, literariamente periodística, si se me permita decirlo así. Todo va al grano en estos relatos-crónicas que vencen cualquier resistencia, local o foránea, porque cada texto es interesante, llevadero y tiene médula. Como el notable relato que da título al libro, como la historia de San La Muerte aquí revisitada, e incluso algunas de las reseñas-entrevistas periodísticas, que, claro, no son lo mejor del libro. Pero cuando un tipo joven como Bruno Martínez, a los treinta y pocos años es capaz de contar, conmover, entretener y haces pensar como logra este llibro, ¿qué más pedirle? O acaso exagero porque, lo confieso, yo jamás había leído sus crónicas y notas de periodismo de color en los diarios locales, que casi no leo. Una sorpresa, pues, para poner una ficha a futuro. (Editorial ConTexto).

• Leo también, y con sereno placer, "Lluvia de marzo", creo que la última producción de ese notable poeta rosarino que es Jorge Isaías, un vate maduro y sólido que sobresale de entre la abundancia de poetas de buena voluntad que suele haber en las provincias.
            Isaías canta al paisaje de su tierra sin remilgos ni golpes bajos, como un observador agudo que se pregunta "¿Qué hará esa nube / quieta / que ninguna brisa / mueve? / ¿Qué hará / cuando algún viento / la deshaga / como a los sueños míos?"
            Curiosamente, yo tenía este posteo listo y demorado nomás, cuando me enteré de que Isaías fue galardonado en España con el Premio Dámaso Alonso, que otorgan la Academia Hispanoameriana de Buenas Letras y la Fundación Andrés Bello, de Madrid. Merecido reconocimiento a uno de los poetas fundamentales de la Argentina extendida y profunda, ésa de perfil bajo pero tan necesario como el cielo y el sol de nuestro país.
            Santafesino de veras y compacto en sus versos, siempre me agradó saborear los poemas del Tigre Isaías, como lo llaman sus íntimos. A mí me encanta ese aire que suelen tener, algo campero y con bichos volando y recuerdos de pasados siempre memorables y algo tristes. Mundo peculiar el suyo, melancólico y evocador, con suavidad de río manso, de algunos poemas de Juanele. Será el aire litoraleño, digo yo. (Ciudad Gótica).
• Y si de poesía se trata, les y me prometo un Lecturario específico puesto que tengo en mi mesa una treintena de poemarios que me llegaron en los últimos meses y a los que, por lo menos, quiero darles acuse de recibo. @

jueves, 1 de febrero de 2018

Una charla con María Elena WALSH (1930-2011)

Hoy 1º de Febrero la inolvidable María Elena Walsh hubiese cumplido 88 años. 
Fue mi amiga, y me acompañó en la revista Puro Cuento
Como homenaje lleno de cariño y agradecimiento, comparto con ustedes la entrevista que le hice en su casa una larga jornada de la primavera de 1987, durante la que tomamos mate y comimos sconnes recién horneados hablando de literatura.

María Elena Walsh:
El cuento infantil no entra en el Parnaso 
No es fácil que acepte ser entrevistada. Y cuando acepta, luego dice que se ha arrepentido. Habla de leyendas correntinas, prepara un té exquisito y deja al visitante asombrado ante el buen gusto y luminosidad de su piso en el Barrio Norte porteño, de vista magnífica y bibliotecas repletas de ediciones antiguas, en español, inglés y francés, lenguas que domina. El aire que se respira a su alrededor es limpio, fresco, pero es difícil romper sus precauciones. A primera vista, es una mujer que ni seduce ni se deja seducir. Pero a poco de la conversación, del té, de la literatura, asoman su franqueza, su espontaneidad, su carcajada traviesa.
No es fácil entrevistarla, pero es grato hacerlo. De respuestas breves, concisas, es evidente su timidez. Sus modales suaves, su mirada directa y azulísima, sin embargo, crean lentamente el clima propicio para que uno se olvide de que está frente a un personaje famoso, casi una diva. Y aparece una mujer sencilla y lúcida, juguetona, picara, irónica, a la que uno no querría tener por enemiga y de quien seguramente sería hermoso merecer la amistad. Y una mujer, también, que ha escrito algunas de las páginas más bellas de la literatura nacional (sin el aditamento “infantil” al sustantivo) y memorables artículos ensayísticos como aquel que tituló “El país jardín-de-infantes”.
Nacida en 1930 en Ramos Mejía, partido de La Matanza, en las afueras de Buenos Aires, María Elena Walsh se inició como poeta a fines de los años cuarenta. En 1960 se inició como autora de cuentos y canciones para niños, y como todo el mundo sabe es una de las escritoras más populares de la Argentina del último cuarto de siglo. Es miembro, asimismo, del Consejo para la Consolidación de la Democracia. Esta charla se realizó el último día de septiembre de 1987.
GIARDINELLI: Es casi inevitable pensar que el origen de tus cuentos viene de cierta vocación nacida en tu infancia. ¿Es así?
WALSH: Yo me crié, en cierto modo, con el cuento en verso. Y todavía tengo bastante debilidad por la poesía narrativa. No me importa si es buena o mala como poesía; la juzgo como narrativa porque posiblemente fue lo primero que absorbí, en las nursery rhymes (versos para niños) que cantábamos en la escuela. En una cuarteta te contaban un cuentito, una historia. Tenía principio, medio y un final, que a veces era dudoso, generalmente dramático. Versificado, tenía estructura de cuento. Y yo me familiaricé con el cuentito en verso.
—¿Y qué es el cuento, hoy, para vos? ¿Qué significa como género literario, en tu producción?
—Bueno, eso vino en otra época, la de la instrucción. Al ser “leída”, como se dice, ya me fascinaba todo tipo de cuento, pero lo que pasaba es que recibía oralmente, de mis padres, mucho cuento en verso. La cultura familiar, en mi casa, era de mucha lectura pero no de tipo académico. No había universitarios en la familia. Pero sí se tenía afición por la buena lectura, por la novela; se leía a Dickens, a Verne, etc. Y es curioso; prácticamente no tengo recuerdos de que me contaran cuentos, pero sí muchos versos que eran en sí cuentitos, e incluso muchas letras de canciones eran narrativas, dramáticas. Las primeras letras de tangos eran todos cuentos, hechos dramáticos.
—Vos empezaste como poeta en los años cincuenta. Por aquel entonces, ¿tenías alguna fantasía, o vocación inconsciente, para convertirte en narradora? ¿Querías contar?
—No. E incluso no he escrito demasiado. Y últimamente, que me he puesto a escribir, me doy cuenta de que extraño mucho la poesía. La síntesis, los rápidos desenlaces. Sean para chicos o no. Extraño mucho esa forma. Siento algo muy raro, como que es una pérdida de tiempo muy extraña seguir los hilos de un relato.
—¿Leíste mucho cuento? ¿Cual fue tu formación?
—Bueno, habría que acotar esa pregunta, porque uno ha leído tanto... Diría que desde muy temprano, me fascinaron mucho los cuentos de Las mil y una noches. Algo maravilloso, entre lo primero que leí y que aprecié. Y también Perrault, ¿no? Yo sigo pensando que los cuentos clásicos de Perrault, pasada su época de anatema de parte de los psicólogos, son bastante insuperables. Y después descubrí los folklóricos, esos que dan la vuelta al mundo, que florecen en todas partes con ligeros cambios de personajes y situaciones.
—Conociendo tu obra para niños, uno se pregunta qué te pasó con los hermanos Grimm, con Anderson, con Monteiro Lobato...
—Bueno, los junto un poco con Perrault. Son cuentos de una época de la vida en que se los lee conjuntamente.
—¿ Y los fabulistas?
—No, los leí después. En mi etapa formativa no frecuenté la fábula, ni ningún tipo de literatura moralista. Me salvé, diría, porque en el colegio había una literatura y una poesía escolares, pero no especialmente moralista. No sé, se diría que sólo últimamente estoy más atenta al cuento. La verdad es que es un género que voy redescubriendo. Y ese descubrimiento a lo mejor viene de mi lectura entusiasta y constante de la segunda parte de El Quijote, que es una serie de cuentos dramáticos, ¿no?
—Vos hablás de poesía narrativa, y en tu caso creo que es muy evidente que hay un paso de lo poético a lo narrativo, una traslación que se observa en tus canciones, que son versos pero también son cuentos. ¿Cómo se dio eso; de modo inconsciente o fue una elección?
—Me cuesta precisarlo. Creo que es algo que se fue dando; la necesidad y la ilusión de escribir cuentos, y cuentos breves, y de mucha acción. Algo que creo que todavía no he conseguido; es un género muy difícil. Estoy pensando, claro, en cuentos específicamente para chicos. Tengo algunos, pero me salieron —los que parece que están mejores— cuentos largos, casi nouvelles para chicos; los que están en mi libro Chaucha y palitos. Son cuentos quizá un poco barrocos en materia de lenguaje.
—¿Eso es así por una exigencia íntima tuya, o por exigir al niño lector?
—Es una exigencia mía, porque yo quiero exigir al niño. Me preocupa que hoy tienen un lenguaje terriblemente empobrecido: todo es relindo, reesto y relootro, y no me resacás de ahí y me recopa, y bueno... Si no, dicen que agarré la cosa y después estaba el coso... Es pobrísimo. Si Filloy, en el último número de Puro Cuento, dice que el lenguaje de los argentinos es pobre, el de los niños y los adolescentes es pobrísimo, no llega no a 800, yo diría que ni a 400 palabras, salvo el lenguaje técnico que puedan dominar, como el del deporte o de la cibernética. Entonces y por todo eso me dio como un ataque en contra, y escribí para chicos más grandes, para preadolescentes y con un lenguaje rico, incluso con palabras inesperadas, raras, de esas que hay que buscar en el diccionario. Y bueno; que las busquen o que se queden en la sonoridad de la palabra. Pero no podemos contribuir a empobrecer aún más el lenguaje.
—¿En tus canciones hay una clara estructura narrativa, cuentística. Pienso en Osiris, en Manuelita, entre tus clásicas. ¿Cómo los trabajaste? ¿Como cuento versificado?
—Salían espontáneamente. Hay un mecanismo muy mágico, que es el de la rima. La rima es la que te lleva a una determinada historia. Va ordenando el ritmo narrativo.
—¿Lo intuiste así o lo buscaste conscientemente?
—No todo lo que se busca resulta. O resulta artificioso, al menos en materia de rima. Es bastante fatal. Se nota el esfuerzo y lo que resulta es terrible. La rima tiene su propia magia; es como un mecanismo inconsciente; y hay momentos en que uno puede dejarse llevar por él, y otros momentos en que no. Es como las actividades parapsicológicas: de pronto uno es vidente, pero lo es un día y no de manera voluntaria.
—¿Creés en la inspiración?
—No, no creo en la inspiración, pero sí creo que muchas veces hay que dejarse llevar por juegos involuntarios, inconscientes. Y no hay problema en no saber explicarlo.
—¿El material de tus cuentos y canciones, de dónde salió? ¿De experiencias vividas, de la realidad, de la pura imaginación?
—Hay de todo. De hecho la génesis de mi literatura es como la de cualquier otra: partir de un hecho o personaje real y transformarlo, o dejar que se transforme sólo a medida que uno lo utiliza y lo describe. También hay otra génesis, que son trabajos de traducción, versiones más o menos libres, de las nursery rhymes. También lo he hecho con algún poema de Lewis Carroll. Y también he utilizado elementos y personajes de otras literaturas, deformándolos. Y también del folklore. Somos sintetizadores de una tradición, y en Argentina eso es notable porque somos todos nietos de gringos, de inmigrantes: hay mucha variedad de tradiciones.
—En tus trabajos hay mucha presencia del folklore, del costumbrismo, del regionalismo. ¿De dónde viene eso; de viajes, de investigaciones?
—No, fue algo precoz. Creo que eso lo absorbí y lo incorporé en mi juventud. Cuando me empezó a interesar el folklore y comencé a observarlo —no sólo el nuestro, sino también lo que había heredado en inglés—, fui sintetizándolo. Yo he viajado muy poco, pero es evidente que el lenguaje y las tradiciones del interior de nuestro país están emparentados con otras, tanto de España como del resto de América.
—Hay una pregunta que te habrán hecho infinidad de veces, y que no puedo evitar: ¿cómo fue que te orientaste hacia el público infantil? ¿A qué se debió?
—¡Esa es la pregunta que no me debías hacer! Porque no hay explicación, ni yo misma lo sé... No tengo respuesta; supongo que sólo puedo decir que sentía la necesidad de hacerlo y al mismo tiempo quizás llenaba un vacío.
—Pero me parece importante establecer si fue una elección o no, perqué hay autores que creen escribir cuentos para niños cuando en realidad hacen cuentos de adultos nostálgicos, dirigidos a otros adultos nostálgicos, con sujetos niños. Que no es lo mismo. En tu caso, es notable cómo a lo largo de veinte o treinta años el destinatario, el interlocutor, es siempre el niño. Y mas allá de que los puedan leer también los papas, los adultos. Y de que han pasado ya dos o tres generaciones de niños que fueron.
—Claro, yo también he notado ese peligro en cierta literatura nostálgica del adulto que está tratando de recuperar su infancia, en lugar de incorporarse a la infancia actual, a los que hoy son chicos. Yo he visto eso con cierto rechazo de mi parte... Pero en mi caso, creo que mis cuentos son vigentes por esa preocupación, o esa carambola, de que siempre he querido estar entre los chicos, y no como adulto que se dirige hacia los chicos. Yo he querido compartir.
—Me parece una respuesta muy humilde, atribuirlo a una carambola, a una casualidad...
—No, pero no es humilde y sí es carambólico. Porque muchas veces buscás eso, el compartir, y no lo conseguís. Hacés un tremendo esfuerzo y los chicos no lo sintonizan. Quizás haya otro tipo de explicación psicológica, psicoanalítica, que sería mucho más precisa, pero esa es otra historia en la que prefiero no meterme. Pero en fin, a creo que hubo algo de carambola, si bien hubo algo de lo que siempre fui muy consciente: que no quería hablar desde la nostalgia, sino que la infancia era algo presente para mí.
—¿Y el humor, la gracia, salieron sin búsqueda?
—Bueno, yo diría que mi preocupación en ese sentido era el chiste. El humor que surge de la situación irreverente; cierta afición por el absurdo. Las nursery rhymes tenían todo eso; era una tradición oral. Ahora, como lecturas, vinieron después: Saki, Jonathan Swift. Pero en general, creo que tuve oreja para absorber el disparate. Tengo buen oído para eso. Y me gustaban mucho las historietas, de humor y fantásticas, tipo “Mandrake el Mago”. 
—Creo que estarás de acuerdo en que en el cuento no hay reglas, pero ¿hay algunas normas inevitables, alguna preceptiva ineludible para el cuento infantil?
—Sí, es posible que las haya, y yo las conozco, al menos a las mías propias. Pero no siempre las alcanzo ni creo poder enumerarlas exhaustivamente. Pero, por ejemplo, el cuento para chicos requiere algunas cosas: acción, mucho humor, gracia, juego con el lenguaje, sentido del disparate...
—¿ Y qué con la perversión, que es un material tan infantil? Me refiero a lo truculento. En tus obras aparece poco o nada.
—Sí, y eso fue bastante deliberado. En las rimas inglesas en las que yo me formé, si uno las lee prestando atención al sentido, hay mucha crueldad, mucha truculencia. Y también la había, tradicionalmente, en todo el material destinado a los chicos. Mucha necrofilia, lo cual es muy español. En lo tradicional español eso es notable; canciones como “Ya se murió el burro” y cosas así.
—Posiblemente eso tiene muchos siglos, ¿no? Las fábulas de Iriarte, de Samaniego, son muy crueles.
—Sí, e incluso el tema de las brujas malas, y los ogros, son tradicionales en todo lo que se destinaba a los chicos, en muchas culturas. Y bueno, todo eso quise romperlo deliberadamente. Quise que entrara un poco de aire fresco, a través de personajes y situaciones graciosas, divertidas, y suprimiendo la crueldad. Claro que no creo que haya que suprimir totalmente la crueldad, ni pintarle un mundo color de rosa a los chicos, pero en ese momento, cuando yo empecé a escribir, me parecía que había que limpiar un poco la escritura para chicos.
—¿Hubo una intención, digamos, ideológica?
—Sí, si se quiere, sí. Sentía la necesidad del aire fresco, más que la intención. Poner más chiste y broma, y menos necrofilia, escuela y solemnidad.
—¿Cuando escribís, pensás en un lector tipo, en un modelo de niño?
—Sí. El niño en el que he pensado siempre, es en general el de edad preescolar. Por eso, no me refiero a cae mundo ya cibernético y galáctico, sino que me dirijo a chicos que necesitan historias simples, utilizando el lenguaje como un juego, y además, esa edad me gusta mucho porque los chicos no están domesticados por la escuela. Sólo hice un libro pensando en chicos más grandecitos, donde hay algún elemento fantástico moderno.
—¿Escribiste cuentos que no fueran para niños?
—No, la verdad es que no. O sí, bueno, he escrito algunos pero nunca los publiqué. No me convencieron.
—-¿Qué vinculación y qué importancia tuvo la música para tus narraciones versificadas, si así puedo llamar a tu género? ¿Escribís pensando musicalmente?
—No, primero se hacen siempre las letras. Es lo que suele suceder; primero se hace el texto y después se experimenta con la música. Cada texto trae su música. Cuando se lo tiene, se trata de encontrarla.
—¿Cómo es tu forma de trabajo? ¿Tenes algún método?
—Depende de muchas cosas. Si encaro un trabajo que sé que puede tomar forma de libro, trabajo de manera obsesiva, todos los días, con muchísimas dificultades, eternas correcciones, reescrituras y recontraescrituras... No soy disciplinada en el sentido de trabajar determinadas horas o páginas por día, que más bien me parece que es el trabajo de los novelistas o ensayistas, pero cuando veo que una obra que tengo entre manos parece querer ser un libro tengo que ser obsesiva, dedicarle todo el tiempo posible, estar metida, pensando sólo en esa obra. Además, creo que cuando uno escribe, también le atraen determinadas lecturas. Yo leo mucho, cuando estoy escribiendo. Cosas estimulantes.
—Un tema odioso, pero inevitable si se te entrevista, es el de la fama. ¿Juega un papel de exigencia para vos?
—No pienso en eso. Como no pienso en escribir para complacer, ni para vender. En todo caso, la única complacencia que me importa es la de los chicos, pues escribo para ellos. Pero no pienso en mantener un nivel de prestigio, ni en el reconocimiento. No niego que puede haber épocas en las que se siente alguna presión, incluso una presión muy grata, de gente que te pide si no tenes un libro, que te quiere editar. Pero no lo quiero sentir como una presión. Es algo que hay que dejar de lado.
—No sé como es la respuesta que has recibido en otros países, pero diría que tu obra es muy argentina, y es obvio que aquí la aceptación es unánime y masiva. ¿Cómo ves a tu lector argentino? ¿Es diferente? Me refiero a que cuando vos decís Jujuy, un chico argentino lo ubica de inmediato. Dicho de otro modo: ¿el color local le ha hecho ganar o perder universalidad a tu obra?
—No tengo la menor idea. Pero por lo que he apreciado a través de mis actuaciones en público —más que por los libros, pues eso es casi imposible de medir— diría que la rapidez y la astucia del público argentino es bastante especial. Sobre todo la rapidez mental; se establece enseguida una corriente de sobreentendidos. En otras partes donde he actuado, en cambio, tenía que hacer explicaciones o necesitaba más tiempo para conmoverla. Pero esto creo que es sólo una cuestión de ritmo. No hay ni quiero decir nada despectivo de otros pueblos, quede claro. Quizá sucede que hay un ritmo humano diferente. Y un sentido del humor distinto. De pronto, en España causa una gracia loca un chiste que a nosotros nos deja duros, y al revés.
—Si embargo, María Elena, en los últimos tiempos yo aprecio cambios en los argentinos. El nivel promedio de lo que se escribe es mucho mas bajo. Siento —aunque sea duro decirlo— que hay como una pérdida de inteligencia, un enorme embrutecimiento. La crisis económica hace que la gente gaste su energía en pensar en términos de dinero, y eso produce embrutecimiento, Y la literatura también lo delata.
—Bueno, querido Mempo, pero ¡es que nos han hecho un lavado de cerebro tremendo en estos últimos años! Nos han tratado de embrutecer, deliberadamente, como propuesta cultural, y eso deja secuelas. ¡Por supuesto que sí! A nuestra juventud se le ha lavado el cerebro, y además, en los últimos veinte años, hay un alarmante deterioro en la educación. Esto, de ninguna manera obedece a la falta de voluntad e interés del gremio docente, que es un gremio maravilloso y heroico, pues hacen todo lo más que pueden. Pero una maestra que está mal pagada, frente a una clase de sesenta chicos carenciados, no puede hacer milagros. Y también es parte del deterioro, quizás —digo quizás porque no lo sé con exactitud—, el aplicar métodos modernos de enseñanza que favorecen mucho el estudio de las matemáticas y que por eso descuidan el lenguaje, la parte humanística, el pensamiento, las ciencias sociales. Yo lo noto en las cartas: ahora un chico de sexto grado me escribe con una redacción equivalente a la de uno de segundo o tercero de hace veinte años.
—En nuestro Taller Abierto sucede algo parecido: los textos de principiantes parecen demostrar que si quien se inicia en el cuento tiene más de cuarenta o cincuenta años, posee una prosa regularmente correcta, aceptable ortografía, cierto dominio de la sintaxis y basta un sentido de la narración. Y si el principiante es menor de veinticinco, digamos, la redacción es muchísimo más pobre; el descuido, los horrores ortográficos, imperan... Ha habido un hiato cultural, ¿no te parece?
—Sí, pero aquí hay también algo muy interesante para señalar: y es que todo el mundo, en Argentina, hoy se quiere comunicar a través de la escritura. Es como un fin en sí mismo, aunque no tengan demasiado éxito. Por eso tanta gente va a talleres literarios, y creo que nunca se ha escrito tanto. Eso me parece maravilloso: que todo el mundo escriba, y gente de toda edad. Ahora bien, hay un nivel de calidad flojo, porque esas personas suponen que escribir no es un oficio. No es como ser carpintero o electrotécnico, que tiene que conocer el oficio y dominarlo. Ellos creen que expresan sus estados de ánimo y nada más. Y por eso recibimos esa escritura, de calidad que nos parece baja. Pero a mí me parece alto, si pensamos en el deterioro en que han querido sumirnos.
—Volviendo al cuento, María Elena, ¿es un género que leés constantemente? Y en tal caso ¿qué leés? ¿A quiénes?
—Sí, yo leo muchísimo, todo el tiempo. Y de lo último, me vienen muchas ganas de mencionar —y pasarle el aviso— al Negro Manauta. Porque tengo especial debilidad por él, y porque me parece un gran cuentista. Sus temas camperos, entrerrianos, son de una extraordinaria agudeza. Yo aprendo en cada línea de él. Está lleno de sabiduría, de sabor, de color. Por lo demás, no tengo autores recurrentes o en todo caso los tengo pero rotativos. La segunda parte de El Quijote como te decía. Carson McCullers es una autora que me gusta muchísimo. Flannery O'Connor es quizá la cuentista más extraordinaria, siniestra, truculenta... Y para seguir con las mujeres, que a veces quedan fuera de estas nóminas, me gusta mucho la cuentística de Doris Lessing. Por ella, conozco África como conozco Ramos Mejía. Y además tengo la suerte de haberlas leído en inglés, directamente. De los clásicos, me encanta Chéjov. De Cortázar, los Cronopios, la parte más lúdica de el. De Marta Lynch me gustaron ciertos cuentos que describían nuestros últimos años de manera un tanto tangencial y con enorme maestría. Y dejo aparte la mención de Juan Rulfo. Es el grande. El gran escritor de lengua española. Por encima de todos.
—En cuanto al cuento que se escribe actualmente en la Argentina, y al margen de nombres que no te pido, ¿creés que hay algo que cambió; alguna característica nueva, diferente? Te pido una intuición, al menos, ya que el tema requeriría un largo desarrollo...
—Sí, me gustaría pensarlo largamente. Pero intuitivamente, e incluso por lo que veo en tu revista, y algunos libros que he leído últimamente, me parece que sí hay cambios. Hay mayor capacidad de síntesis; una pulcrirad formal interesante, y no al divino botón como se ha practicado mucho; necesidad de un cierto rigor para describir una realidad pero no de manera pedestre sino a través de detalles y de climas. Yo creo que cuando se decante toda esta enorme cantidad de escritura que se está cometiendo en este momento, por suerte, va a dar lugar a un estilo, a una definición que habrá que ver más adelante. Pero esto que digo es intuitivo y superficial.
—El genero cuentístico ha sido, a pesar de su riquísima tradición, bastante dejado de lado últimamente (me refiero a un par de décadas, por lo menos). Casi menospreciado por cierta industria editorial. Ahora bien: dentro del género, el cuento infantil ¿ha sido también maltratado algo asi como un primo pobre de la literatura?
—La literatura infantil, claro que sí. Es un arrabal. Y un arrabal desprestigiante. ¿Quién puede considerar que es escritor en serio alguien que escribe para niños? A esta altura ya no me pasa, pero cuando empecé, había muchos prejuicios. En cualquier estudio formal de la literatura de cualquier país, lo infantil no entra. Pensá que Lewis Carroll ingresa en la historia de la literatura inglesa cuando lo descubrieron los surrealistas, tardíamente. Porque era rancho aparte. Y algo de esto persiste, por más que hay un movimiento muy pujante para que se tome en serio el género. Por lo menos, persiste en distintas esferas del poder cultural, por decir así, de diversas ideologías.
—¿Y eso a qué se debe? ¿A menosprecio hacia el niño; hacia la inteligencia infantil?
—Puede ser. Pero no lo sé. Habría que estudiar las causas. Creo que es un concepto antiguo, muy atrasado. El mismo que hace que no se consideren expresiones válidas a la fotografía, la historieta, la ilustración, muchas ramas de la expresión artística. No fueron aceptadas por las academias. Y eso pasa con el género infantil, como pasa con todos los géneros populares, con el radioteatro, el teleteatro. Son subliteratura.
—Pero convengamos en que el teleteatro suele hacer todo lo posible para ser considerado así.
—Es verdad, pero también hay muy mala novela, y mala poesía. Pero están dentro de la categoría académica consagrada. Primero son; después decimos qué malas son... Son criterios antiguos, diría yo. Y a la literatura infantil le pasa más o menos lo mismo. No entra en el Parnaso.
—Cuando vos decís “arrabal” te referís a que el cuento infantil es un subgénero. ¿Qué se siente, pues, siendo escritora de un subgénero?
—Yo me siento muy bien (y se ríe a carcajadas). *

lunes, 22 de enero de 2018

ES LA CONSTITUCIÓN, LA EDUCACIÓN Y LA LECTURA, ESTÚPIDOS

Mi artículo de hoy lunes en el diario Página/12:

https://www.pagina12.com.ar/90740-es-la-constitucion-la-educacion-y-la-lectura-estupidos

martes, 16 de enero de 2018

LECTURARIO # 57. Suárez, Molfino, Dagerman, Dujovne Ortiz, Muñoz Vargas y, siempre, Gorodischer


• Durante mi último viaje a Portugal, donde participé del Festival Folio, me la pasé leyendo, sumergido y encantado, "El hijo del héroe", la más reciente novela de Karla Suárez, narradora cubana que vive en Europa hace años, y en Lisboa desde hace una década. Y es mi amiga.
            Esta es para mí la mejor de sus novelas, sin demérito de su premiada "Silencios" y de "La viajera", entre las que conozco: una historia conmovedora y atrapante cuya materia, se diría, es la nostalgia, tratada en el contexto de la historiación de la guerra civil librada en Angola en los años 80 del siglo pasado, con decisiva participación de tropas cubanas internacionalistas. La textura de esta novela recorre la infancia y la juventud de Ernesto, replantea lo que fue ser joven en Cuba en aquellos años, y analiza vida, política y sociedad desde esa perspectiva: la nostalgia. Que, lo admitan o no, es la tinta con la que se escriben los derroteros de por lo menos tres generaciones de cubanos, residentes en la isla o dondequiera.
            Novela implacable también, no da ni pide tregua, y es el tipo de narración que te seca la boca. Porque la historia de Ernesto, cuyo padre murió en aquella guerra africana para quedar envuelto en mitologías familiares y enigmas a develar, combina el análisis y la información con la crítica, el sabor y el humor caribeño, y todo eso con la frustración y el desencanto típico de todo transterrado, conformando in totum una visión sincera y desencantada de la preciosa isla caribeña que determinó, se diría, no sólo la política sino también la literatura latinoamericana de los últimos 60 años.
            El crecimiento y madurez de Ernesto, el imprescindible y logradísimo personaje llamado Berto y la propia Karla Suárez que se entrevé en muchas reflexiones, matizan una obra infrecuente en la literatura latinoamericana actual. El texto se desplaza con un notable vuelo poético, además, con homenajes internos a grandes escritores cubanos, y se configura en la memoria del lector como uno de esos relatos inolvidables que siempre se agradecen (Editorial Comba, Barcelona 2017).

• "Pampa del Infierno" es la última novela de mi amigo y paisano Miguel Ángel Molfino. Presentada como un "Western Negro", en cierto modo lo es. Empieza en Texas y sigue en el Chaco, en la Patagonia, y deviene encantadora galería de personajes entrañables, algo exagerados pero convincentes. Como Truman, inolvidable detective neoyorquino extraviado entre mapuches y bandidos gringos, que termina en el Chaco, no sin encanto.
            La novela, como suele suceder en las narraciones de Molfino, presenta personajes logrados, macizos, como sólo él sabe hacerlo. En apariencia disparatada, sin embargo no lo es, porque mantiene lógica y tensión, y es rica en diálogos típicamente duros como los hay en todo lo que escribe este chaqueño singular. Una novela en la línea de sus mejores momentos, no se la pierdan. (Revólver Editorial, Buenos Aires, 2017).

• "Nuestra necesidad de consuelo es insaciable" es el título de un libro brevísimo pero grandioso del impresionante narrador sueco que se llamó Stig Dagerman (1923-1954), un joven inconformista que a los 31 años de edad y con un talento descomunal se suicidó en el garage de su casa, dejando detrás de sí una obra escueta pero poderosísima, y de quien yo conocía ya un cuento memorable, uno de los más impresionantes que leí en toda mi vida: "Matar a un niño". Un relato magistral, sin tregua, que leí hace muchos años y que publicamos en Puro Cuento hace casi 30 años. Nunca más encontré traducciones de su obra hasta que mi amigo Carlos Skliar me obsequió, hace poco, la edición colombiana de este pequeño libro-tesoro, en versión bilingüe sueco-castellana y traducción de José María Caba. Un libro absolutamente perturbador. Peligroso, incluso, y deslumbrante. (La valija de fuego, Bogotá 2016).

• Leo vertiginosamente, las últimas semanas, un libro recientísimo, urgente y necesario de esa narradora implacable que es Alicia Dujovne Ortiz. Se titula "Milagro" y, como es evidente, es un reportaje en Jujuy, en la cárcel y en calles y pueblos, acerca de Milagro Sala.
            Lo mejor, sin dudas, es que no idealiza al personaje. Sí lo indaga y recorre, a través de testimonios y de cuatro entrevistas no complacientes, y así lo muestra en todo su porte, su pasión, sus contradicciones, su decisión y su fe de mujer, indígena y hacedora, personalísima y tozuda. El resultado no podía ser sino un retrato tan inesperado como verdadero, y más verdadero que glorificador, en el que se aprecia a cabalidad a esta mujer pequeña y dura, galvanizada y admirable por sus principios y su enfrentamiento con el poder chiquito y mezquino del jujeño gobierno de los (in) Morales. Como era de esperar, en el acto surgieron diversos comentaristas de los medios oficialistas a degradar velozmente el libro. Que, claro, está muy por encima de esos chiquitajes. (Marea Editorial, Bs.Aires, 2017).

• Como para alivianar el ánimo, leo en reciente viaje a un congreso en Monterrey, México, un pequeño, original y disfrutable libro de Jaime Muñoz Vargas, narrador, periodista y buen conocedor de la Argentina. Con el subtítulo "Antología de hermosos monstruos", el autor recorre fotografías icónicas de mujeres memorables, de Marylin Monroe a Bo Derek, y de Raquel Welsh a un par de docenas de modelos femeninos de los últimos, digamos, cuarenta años. Es algo así como una rendición de amor, un repaso de sentimientos que ha de haber tenido el autor, y que expresa ahora, con cierta gracia poética. Libro ligero pero convincente, porque su espíritu es antes lúdico que misógino. (Iberia Editorial, México, 2017).

• De mi entrañable hermana y maestra Angélica Gorodischer, sigo leyendo sus producciones íntimas, diría, pues tiene la para mí maravillosa costumbre de enviarme sus originales antes de entregarlos a sus editores.
            Así he tenido el privilegio de comentar anticipadamente algunos de sus libros, todos los cuales recomiendo enfáticamente porque, no tengo duda al decirlo, Angélica es la más importante y sólida figura de la literatura argentina contemporánea. Como ustedes ya saben, y espero hayan leído religiosamente, comenté aquí y adoro en particular por lo menos dos de sus magníficas, recientes novelas: "Las señoras de la calle Brenner" y "Palito de naranjo". Magistrales ambas. Y también "Tirabuzón" y antes "Menta" y después la conmovedora "Las nenas" (que dedicó a mi hija Celeste).

            Ahora he leído el original de "Preciosa cabellera", una nueva colección de cuentos que será novedad editorial un día de estos. Como siempre en ella, relatos magistrales, intensos, perturbadores y de prosa perfecta.

lunes, 15 de enero de 2018

SOCIOLOGÍA PARA AQUÍ Y AHORA

Este es mi artículo de hoy en el diario Página/12:
https://www.pagina12.com.ar/89275-sociologia-para-aqui-y-ahora

Y puesto que no he posteado el primer artículo de este año, por simple descuido, aquí lo posteo también, para quienes siguen esta serie de los lunes en el diario más libre de la Argentina, emblemático del pensamiento alternativo.

El 2 de enero: Argentina 2018
https://www.pagina12.com.ar/86374-argentina-2018

domingo, 14 de enero de 2018

JUAN Y EL SOL

Y ahora, otro cuento y van... varios. Esta vez un viejo relato que recupera el suplemento VERANO/12 del diario Página/12, ilustrado por el amigo Rep. Me da mucho gusto que en este tórrido y duro verano argentino al menos podamos poner gotas de literatura para soportar la realidad.

Y sé que les debo el posteo de mis últimos artículos de los lunes. Quizás mañana.

https://www.pagina12.com.ar/89086-juan-y-el-sol

martes, 9 de enero de 2018

Otro cuento en Página/12: JESUS EN EL BAR LA ESTRELLA

AYER LUNES, EN EL DIARIO, ESTE CUENTO...:
https://www.pagina12.com.ar/87686-jesus-en-el-bar-de-la-estrella

Y SÍ, OLVIDÉ POSTEAR VARIOS ARTÍCULOS. MAÑANA LOS ACTUALIZO, PARA QUIENES ME HACEN EL HONOR DE INTERESARSE POR ESTE COSARIO!

sábado, 23 de diciembre de 2017

Un CUENTO DE NAVIDAD, como todos los años...

Desde hace, no sé, como 20 años, cada Navidad escribo y publico en el diario Página/12 un cuento de navidad.
Tomé el modelo de Charles Dickens, hace años, y aquí sigo...
Hoy publiqué en el diario este cuento.
Ojalá les guste.
https://www.pagina12.com.ar/84627-el-pueta-lugurua-o-la-navidad-de-los-bancarios

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Lecturario # 56. Scott Fitzgerald, Sasturain, Scarzanella, Muñoz Valenzuela, Plá

* Otra maravilla que me fascinó leer/releer últimamente: los "Cuentos Selectos", de Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), traducidos por Teresa Arijón y Bárbara Bellocq, con selección y prólogo de Carlos Gamerro. Un librazo que devoro en aviones y aeropuertos, y que me regresa a momentos sublimes de hace muchos años, cuando descubría a este narrador excepcional.
            "Al Este del Paraíso", "El Gran Gatsby", "Tierna es la noche", "Babilonia revisitada" e "Historias de Pat Hobby" fueron libros fundamentales para mi formación y me deleitaron desde que era yo un joven periodista. La prosa de Fitzgerald es tan suave como rotunda, tan delicada como irónica, tan exquisita como brutal. Él fue un maestro excepcional, para mí uno de los más grandes de la literatura norteamericana del Siglo XX, y eso que tuvo la desdicha de morir tan joven, a los apenas 44 años. Pero que le fueron suficientes para consagrar para siempre un estilo narrativo único y personalísimo en el que los climas familiares, el desesperado anhelo de figuración y la hipocresía de las clases altas del Sur de los Estados Unidos practicando encantadores juegos amorosos mezclados con el alucinado anhelo de ganar dinero, son descritos por FSF de manera brillante, delicada, sutil, mordaz y, también, profundamente piadosa siempre. El conocimiento del alma humana de este narrador supera incluso, en mi opinión, al de Truman Capote, ese otro maestro sureño (Edhasa).

 * En un viaje por el interior del Chaco visitando ferias de libros, en la ciudad de Villa Ángela me topo con "El versero", de Juan Sasturain. Un libro inesperado del que tenía noticias por los diarios, subtitulado "Cien poemas (1976-2016)" y que compendia trabajos poéticos entre lo asombroso y lo contradictorio, porque allí coexisten versos de barricada, de tiempos pasados y exaltaciones juveniles como todos los de esa generación hemos tenido, con versos y en particular sonetos de calidad y momentos de alto vuelo poético.
            De Sasturain cualquiera sabe que sus pasiones son la novela negra, las historietas y las crónicas futboleras, que han sido medulares en su trabajo periodístico y en su programa de televisión sobre libros. Pero del poeta Sasturain, al menos yo, no tenía noticias. Y el libro me atrapó, como atrapa siempre descubrir la madurez expresiva de un colega. (Gárgola Ediciones).

* "Abril" no es, en este caso, el título de un poema romántico y australmente otoñal. Es el icónico título de una de las más grandes y contradictorias aventuras editoriales americanas. "Abril" fue el nombre del más interesante emprendimiento editorial de la Argentina, creación de un inmigrante italiano de pasado comunista, que, instalado en Buenos Aires en los años 50, generó un emporio de libros y revistas hasta ahora inigualado.
            Eugenia Scarzanella, Doctora en Ciencias Políticas y catedrática en la Universidad de Bologna, realizó una investigación extraordinaria, y –al menos para mí, que trabajé allí durante los años de apogeo de la Editorial Abril– leer este libro fue como leer un fragmento de la historia de mi vida.
            Con el subtítulo "Un editor italiano en Buenos Aires, de Perón a Videla", y con prólogo de Torcuato di Tella, este "Abril" de Scarzanella es también una involuntaria y dura crítica a cierta locura intelectual de la Argentina, este país que pudo ser mucho mejor que lo que es hoy pero no fue capaz de serlo.
            Obvio que recomiendo este libro, además, porque explica el doloroso traslado a Brasil de aquella gran empresa, que es hoy, en Sao Paulo, no sólo un emporio industrial (con el mismo nombre, Editorial Abril) sino también un factor político decisivo de la derecha más inteligente del hermano país, si se me permite el oxímoron (Fondo de Cultura Económica, FCE).

* "Ángeles y verdugos" es el título del magnífico volumen de cuentos breves y brevísimos (o microrelatos) del narrador chileno Diego Muñoz Valenzuela. Actor permanente de la vida literaria del hermano país trasandino, en esta especie de antología personal se reconoce a un maestro de las miniaturas literarias (LOM Ediciones, Santiago, Chile).

* "Calendario de desengaños" es el título del libro de cuentos de la enorme escritora paraguaya que fue Josefina Plá, a quien mi madre leía con placer cuando yo era chico. Ahora la releo de casualidad y con renovado placer, a modo de re-descubrimiento gracias a inesperados reacomodamientos en mi biblioteca personal. Y entiendo ahora por qué en mi casa Josefina Plá era tan apreciada: por la agudeza de sus relatos, que yo calificaría de pre-feministas, ambientados en una Asunción y un Paraguay que nos eran completamente familiares. En este libro se atesoran relatos conmovedores como "Cayetana", el excelente "Sisé" y sobre todo "El espejo", cuento antológico que Plá escribió en 1957 y dedicó a Augusto Roa Bastos. Este libro es una joyita para redescubrir. Y como nada es del todo casual, advierto ahora que también está publicado en Chile por LOM Ediciones. @ 

sábado, 18 de noviembre de 2017

Lecturario # 55. Poe por Cortázar, Shúa, Miceli, Scotti, Saer.

Imposible no sentirme mal por el abandono de esta serie que, en los últimos años y luego de una inundación que afectó mi biblioteca en Noviembre de 2012, he venido sosteniendo con regularidad. Como bien saben los seguidores de esta página de FB.
           
Y serie que además disfruto, como lector obseso que soy. Y que a la vez me produce culpa cuando compruebo, como en estos días, que desde Febrero pasado no he posteado nada y lo lamento mucho. No es que deba disculparme con nadie en particular, pues ni sé quiénes han venido siguiendo estos apuntes de lector, pero siento que a quien lea esto debo dirigirle estas palabras. Que escribo como una íntima confesión, porque este abandono temporal se debió al trajín de los últimos meses: el periodismo político, viajes y conferencias, una intensa labor docente en nuestra Fundación y una modesta pero absorbente campaña como precandidato a una diputación nacional por vía electoral. Y todo ello, sin dejar de escribir y atendiendo múltiples obligaciones editoriales, ferias de libros y congresos y foros universitarios.

Ahora podría decir que nada de eso está cancelado. Y no lo está. Pero por suerte para mí, y para goce de mi espíritu, lo único seguro y constante en toda mi vida ha sido y es la literatura –la creación y la lectura– y el no haberme rendido jamás ante los poderosos y los ricos, y sus ridículas tentaciones.

En estos meses he leído mucho, muchísimo, y quiero compartirlo y así seguir sintiendo que quizás presto un servicio a los seguidores de esta página.

* Me deslumbró hace unos meses la lenta lectura de los "Cuentos completos", de Edgar Allan Poe, traducidos por Julio Cortázar y en una edición magnífica de Editorial Edhasa. Un volumen de más de mil páginas que es un tesoro del cuento moderno. Porque Poe fue, qué duda cabe, el padre de infinidad de cuentistas de todos los países, todas las culturas y todas las lenguas. Y punto: me impongo detener mi entusiasmo para no caer en lugares comunes. Sea suficiente entonces recordar que fue el padre literario del mismísimo Franz Kafka, de nuestro recordado Abelardo Castillo y de prácticamente todos los grandes cuentistas de los últimos 150 años. No se pierdan este libro. Es caro, pero qué valioso.

* Sigo con otra joya, ésta de Ana María Shúa, nuestra gran narradora que parece haber encontrado, piano pianito, su mejor voz: la del cuento breve y brevísimo. Con maestría, profundidad de ideas y un humor fenomenal, Ani escribe como quien goza, y goza mucho. Desde "La sueñera", "Casa de geishas", "Botánica del caos", "Fenómenos de circo" y su recién reeditado "Temporada de fantasmas", es como si sólo pudiera crecer su alhajero.
            En mis clases de Pedagogía de Lectura, recientemente, hice una prueba de lectura en voz alta y el resultado fue magnífico. Una adorable seguidilla de microrelatos de este último libro, leídos uno o dos por cada uno de los veinte docentes y bibliotecarios presentes en la clase, produjo un acto mágico, memorable. Sólo los o las grandes pueden lograrlo. (Páginas de espuma).

* Leí también, este invierno que pasó, una impresionante novela de no ficción, "Monte Madre", del santafesino Jorge Miceli. Se trata de la narración novelada de una historia conmovedora, la epopeya se diría, de una pareja (Irmina y Remo) que fue perseguida durante un par de años por los montes del Chaco profundo, cuando en los años 70 todavía los bosques vírgenes de mi tierra no sufrían el embate criminal de la sojería contemporána.
            La notable tensión narrativa que logra Miceli (residente en Reconquista, en el norte de la provincia de Santa Fe) resulta por momentos alucinante. Perseguidos por el ejército y la policía en aquellos tiempos de horror, los dos jóvenes militantes campesinos, sobrevivieron dramáticamente a las persecusiones y el asedio, condenados a sufrir hambre y sed, y encima dando a luz a una niña y un niño en medio de cañaverales y abras en la selva, y en condiciones incalificables.
            El texto es seco y duro, invita a reflexionar sobre nuestro pasado reciente, y emociona y enternece porque, sobre todo, es una novela de amor. Y con final feliz, pues la pareja, con varios hijos más y ya hoy abuelos, sigue viviendo en su pueblo de chacareros, en una granja ecológica. (Edición de autor, que se reimprime cada tanto de a tres mil ejemplares).

* Y ya que estoy como retenido, impactado por la siempre poderosa literatura que desde siempre se escribe en Santa Fe, leo con fuerte impresión los cuentos de María Angélica Scotti, ordenados en un precioso voluman titulado "Juglar". Con una prosa transparente que ya antes he elogiado, y rica imaginación de fabulador, sus historias combinan lo urbano con lo rural, lo culto con la rusticidad gringa, el rigor intelectual con una especie de escritura meditativa que avanza mostrando, como casualmente.
            De Scotti yo conocía sus novelas "Buenos augurios", de los años 80, y "Diario de ilusiones y naufragios", de los 90, en los que se prefiguraban tonos y paisajes que ahora, en estos cuentos, parecen encontrar cauces más maduros, más firmes. Un libro notable, de los buenos que se producen en esa vasta Argentina que los porteños suelen llamar, con aire de superioridad, "interior". (Alción editora).

* Y sí, es curioso pero redacto esto descubriendo que se me acumularon libros santafesinos que sólo ahora advierto que lo son. Lo que demostraría, me parece, que hay ciertas corrientes no sé si estéticas pero seguro constantes también en la elección de los libros que uno lee, en esa carrera interminable y a la vez gozosa que es leer mucho, a lo bestia.
            Me estoy refiriendo, claro, a un libro estupendo y original: "Juan José Saer. Una forma más real que la del mundo". Un volumen en el que se recogen conversaciones de y con el imprescindible "Turco" Saer, compiladas por Martín Prieto y todas concurrentes a develar la intimidad creativa de uno de los más originales narradores que dio nuestro país. Libro para académicos, sin dudas, pero también y yo diría que sobre todo para quienes se deleitaron y deleitan todavía con una obra tan sutil, profunda y exigente como la de ese natural de Serodino que acabó dando cátedra en París. (Mansalva).


Espero repetir pronto estos lecturarios, pues he leído muchísimo últimamente (como siempre, en realidad) y tengo apuntes, glosas y disfrutes para compartir. Lo que no tengo es tiempo, pero a ver si me lo invento! @