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jueves, 16 de abril de 2020

LUIS SEPÚLVEDA (1949-2020) in memoriam

Mentira que se murió... Lucho solamente se fue a dar una vuelta

Mentira que se murió el cabrón ése. Luis Sepúlveda, digo, mi amigo, mi hermano desde que hace 40 años nos juramos amor y fraternidad junto con quien considerábamos nuestro maestro, Osvaldo Soriano.

Mentira, qué se va a morir Lucho, en todo caso habrá cambiado de barrrio y andará con su sonrisa de niño y sus risotadas estruendosas quién sabe por qué nube. Que por ahí empezó a andar hace un mes y pico, cuando la maldita peste que está en el aire del mundo le puso el dedo encima.

Escribo mientras lloro, desgarrado y con una de las más hermosas y conmovedoras novelas de la literatura latinoamericana en mi regazo: "Un viejo que leía novelas de amor". Nadie más que él pudo escribir una historia tan dura y a la vez tan colmada de ternura. Un libro que sólo un grande de la literatura como él pudo escribir. 
Lucho Sepúlveda fue un volcán patagónico para admirar y también, acaso, para ser temido por tontos, necios y envidiosos. Porque él, en verdad, era nada más y nada menos que un muchachote generoso y ditirámbico, un dionisíaco gritón y con recia pinta de guardia de infantería pesada, pero en realidad era un niño. Toda su vida fue un chiquilín con cara de malo patotero, pero al cuete, porque enseguida cualquiera se daba cuenta de que era pura pinta, bastaba un guiño, un gesto amable para que se le humedecieran los ojos y se deshiciera en ternuras.

Escribo en primera persona porque no puedo hacerlo de otro modo. No con él, mi amigo, mi hermano Lucho que ahora debe estar buscando en algún punto del universo a Antonio Sarabia, mientras aquí quedamos tan desamparados sus otros hermanos: José Manuel Fajardo, Daniel Mordzinsky y yo, por lo menos. Y también sus hermanas, "las minas" como las llamaba en chileno argentinizado: Pelusa, Ainoha, Karla, Natalia, Manuela. Y su ringlera de hijas, nietas y nueras.

Lucho siempre estuvo en el centro de todos y todas como un cacique mapuche, un indiano prepotente y gritón que amaba hacer asados "a la argentina" pero no sabía hacerlos, aunque tozudamente los organizaba una y otra vez. Ay, cómo me enternece recordar su espíritu de competencia en ésa y otras artes culinarias de las que emergíamos brindando con tintos de ambos lados de los Andes.

Quisiera insistir en que es mentira que se murió Lucho Sepùlveda. Porque ya empecé y empezamos a extrañarlo hace un mes y pico, cuando todos y todas supimos que en él la peste jugaba a redoblona y a maldita ganadora.

Y quiero decir además que Lucho escribió esa belleza para niños que es "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar" y también escribió una larga lista de textos, como hacemos quienes trajinamos el oficio de las invenciones literarias, y entre los últimos destaco la también conmovedora "Historia de un perro llamado Leal".

Quizás divago y pido disculpas a l@s lecto@s, pero esta nota es de las que jamás uno piensa que un día escribirá. Parece mentira pero hace apenas un cuarto de siglo y en Gijón hablamos de esto y jugamos a los obituarios, con la consigna que él estableció: "Muérame yo primero, cabrón, así la escribes tú, que yo no quiero escribir la tuya y a ver qué dices de mí, puras mentiras". Y soltando una carcajada se fumó un pucho, o acaso fue un habano porque le encantaba parecer un gángster de película, uno de esos jefes de pandilla seguido por sus amigos fieles a morir.

Hacedor y promotor de esa "banda", expurgando fotos y papeles y ahora lloroso, encuentro un email que me mandó el 25 de abril de 1999 desde Gijón, en el que dice que "nuestros propósitos siempre están muy bien para un caballo, pero no para un ser humano. Por eso si le hacemos caso a todas las ideas que se nos ocurren, nos reventamos". Y así fue cómo organizó el Salón del Libro de Gijón, que duró una docena de años, y vino al Foro de la Lectura en el Chaco un par de veces, y voló por todo el mundo, aclamado por millones de lectores en casi todos los idiomas.

Se fue un grande, señoras y señores.

Y punto. Y me quedo con la idea de que sí, quizás sea mentira que se murió Lucho Sepúlveda. Capaz que se fue a dar una vuelta por ahi, nomás. Honrémoslo y leámoslo, que es lo que hay que hacer cuando muere un grande de la literatura. Y al lloro adolorido sabrán ustedes dispensarlo. @

jueves, 19 de marzo de 2020

Lecturario # 72. Di Benedetto, Arreola, Rodil, Colón, Vespucio, López, Oviedo, Bernardello, Lobo


* Deslumbrado página a página, releo "Zama", la novela consagratoria del narrador mendocino Antonio Di Benedetto (1922-1986). Con un delicioso y agudo Prólogo de Juan José Saer (1937-2005), la lectura me lleva a replantearme el concepto que tenía de esta obra, que ahora me doy cuenta que no había leído completa.
            Además, y quizás porque él tenía edad para ser mi padre o directamente a causa de la Dictadura, el hecho cierto fue que siempre me sentí muy lejos de este escritor al que tantos elogiaban. O acaso fue que no teníamos amigos comunes y él se exilió en Europa y yo en México, pero siempre me sentí distante de él. Y cuando lo conocí personalmente, una noche de 1984 en el porteño Centro Cultural San Martín, alguien nos presentó y apenas charlamos unos minutos, educada y fugazmente. 
            No me dediqué a leer su obra, aunque siempre admiré su cuento "Aballay", una joya narrativa que años después, en el cine, resultó bastante menos de lo que prometía, y de hecho su "Zama" quedó entre los libros pendientes de relectura.
            Hasta que ahora, muchos años después, ya grande y en un soleado día a orillas del río Paraná, empecé a releer "Zama" en la edición de la Biblioteca Argentina dirigida por Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkasky, que me regaló Samantha Schweblin y que integra el sector que lleva su nombre en la Biblioteca de nuestra Fundación.
            Durante una semana, lentamente y robándole tiempo a mi habitual rutina de trabajo, me entregué a la fascinación de esta novela magistral y única. 
            Con un lenguaje inusual, en los años 50-60 del siglo pasado y en su serenidad mendocina Di Benedetto escribió la historia de un Diego de Zama en tiempos de la postconquista y en un ambiente que pudo ser Misiones, Salta o incluso el Chaco. Historia de vida de un burócrata al servicio del rey de España, su soledad, frialdad y espíritu burocrático trazan un fresco de época y de desamores pintado con mano firme y un conocimiento que seguramente fue lo que deslumbró a Saer, autor de otro fresco epocal –"El entenado"– obra también alusiva a la chocante instalación de los españoles en estas tierras. 
            "Zama" es una novela fundacional de la que, confieso, sólo ahora y en esta segunda lectura advierto su trascendencia y calidad. (Serie Clásicos, AGEA)

* En mis años de exilio mexicano tuve oportunidad de conocer al impactante Maestro de la Literatura Latinoamericana que fue Juan José Arreola (1918-2001). Admirado en todo el continente por sus clásicos "Varia invención", "Confabulario" y "Bestiario", en los años 70 y 80 Arreola era también un personaje fascinante y atractivo de la televisión azteca, en la que brillaba con sus clases y monólogos televisados.
            Ahora leo, en una preciosa edición universitaria que encuentro en la librería de la UNAM, en la Feria del Libro de Guadalajara, "La palabra educación", libro que yo desconocía y que ahora advierto que es una de las piezas fundamentales de lo que yo llamaría el sistema arreoliano. En este libro uno de sus discípulos y también reconocido narrador, Jorge Arturo Ojeda, recopila fragmentos notables de la extensísima prosa oral de Arreola, quien fuera un fantástico y agudo charlista, tanto presencial como radial y televisivo, acerca de una de las cuestiones que más le interesó siempre: el rol del maestro y la educación en el devenir cultural de México y Latinoamérica. 
            Desde su vasta erudición, Arreola fue un agudo educador. Maestro también en el ejercicio virtuoso de la palabra hablada, este libro sabio y agudo lo muestra en plenitud en el abordaje de los infititos problemas de la educación y la cultura de nuestro tiempo. Aunque dificilísimo de encontrar en Argentina, no se lo pierdan si lo ven en alguna librería. (Editorial de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, México).

* Soy un amante (nostálgico, claro) de los barcos y los trenes. Seguramente porque mi abuelo inmigrante trabajó a fines del 19 en el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico y mi papá desde muy joven navegó en la Marina Mercante hasta que el buque en que navegaba atracó en Barranqueras y el Chaco le cambió la vida. No dudo que fue por esos antecedentes que me conmovió tanto leer "Por la vía. El ferrocarril en la Argentina: palabra e imágenes", delicioso libro de la poeta y narradora santafesina Marta Rodil, quien me lo obsequió hace años y sólo ahora leí, hurgando al azar en la para mí acusadora y enorme sección de libros aún no leídos de mi biblioteca.
            "Por la vía" es un trabajo notable, de esos que yo haría leer a medio país y no sólo por la rica información histórica que contiene, con fotos y textos y notas de diferentes escritores y escritoras argentinos, sino también por el largo reportaje a Dante Balestro, un viejo maquinista y sindicalista, descendiente de inmigrantes, que narra y describe en lenguaje sencillo la importancia fundamental del tren en la historia argentina de los siglos 19 y 20. 
            Me encantó leer este libro, sí que también, lo admito, me llenó de furia reconocer una vez más la estupidez (y en tantos casos corrupción) de los sucesivos gobernantes que contribuyeron a destruir un sistema de transporte maravilloso y necesario, que sigue vivo y modernizado, pero en otros países. (Ediciones Universidad Nacional del Litoral)

* También me deleité, y recomiendo enfáticamente, con las cartas primeras de Cristóbal Colón (1450-1506) y de Américo Vespucio (1451-1512) a los respectivos patrocinadores de sus expediciones a lo que en el siglo 15 se llamaba, en Europa, la Terra Incógnita. 
            Del primero, de quien Augusto Roa Bastos y otros narradores latinoamericanos han escrito novelas memorables, la Universidad Nacional de México ha publicado en un pequeño gran libro la misiva que le escribió a Luis de Santángel, su protector y amigo, el 15 de febrero de 1493, o sea pocos meses después de su "descubrimiento" del octubre anterior. Es una carta preciosa y sugerente en la que describe, todavía deslumbrado, las tierras y las gentes que ha conocido en el nuevo mundo que ha descubierto.
            El pequeño volumen se completa con la carta que pocos años después escribió el cartógrafo Vespucio, el 5 de mayo de 1500, dirigida al millonario florentino Lorenzo de Médicis, que había sido su protector. También maravillado por los territorios que acababa de recorrer y por las posibilidades políticas y económicas que se avecinaban para Europa, anticipa en la misiva los primeros mapas, que fueron impresos en 1504 y que le valieron que América lleve su nombre para siempre, en lugar del nombre Colombia, como debió ser. (Ediciones de la Universidad Nacional de México) 

* En un hotel de Villa Allende, en las Sierras Chicas cordobesas, una noche de nervios por el estreno de mi película "DON JUAN", devoré un libro breve pero sustancioso de Fernando López, narrador y amigo oriundo de San Francisco, Córdoba, pero mudado hace muchos años a la capital provincial, donde organiza el más importante festival anual de Género Negro de la Argentina, el "Córdoba Mata". Y autor también de una de las primeras novelas de tema malvinero, "Arde aún sobre los años", que recibió en 1985 el Premio Casa de las Américas en Cuba y hoy parece injusta y argentinamente olvidada.
            El libro de López que leí ahora, en vigilia hotelera, es "La noche de Santa Ana", una alucinada pero atractiva ficción acerca del cadáver de Eva Perón, alistado el mismo día en que falleció, el 26 de julio de 1952, por el médico Pedro Ara para ser expuesto ante la multitud llorosa que la acompañaría al día siguiente y para siempre. Una ficción inquietante, original y literariamente valiosa. (El Emporio ediciones)

* Leo poetas, como siempre, y destaco ahora a Miguel Ángel Oviedo Álvarez, riojano y académico de la Universidad Nacional de Chilecito, quien me ha enviado ya otros libros y ahora "Palabra concisa"  (Ediciones del Dock), que se abre con estos versos:

            Anoche 

Anoche florecieron cinco rosas
en la isla verde 
de nuestro patio.

Respiro el aire liviano
que viene del Famatina
y encuentro

las cinco llamaradas abiertas
como dedos en plegaria

aún están húmedas
bajan por los pétalos
las gotas del rocío.

* Digo que leo poetas, como siempre, y me impactan también los versos de "Agua Florida" (El Suri Porfiado ediciones), un duro poemario de Niní Bernardello, cordobesa-fueguina radicada desde 1981 en Río Grande, Tierra del Fuego. Leamos:

            Desierto

¿Querés venir aquí
a esta piel, a esta herida
aquí mismo donde la sal
seca el placer y las manos
se mueven sin sentido?
Abrojo, ahora la vida
es un abrojo punzante
que traspasa escudo
llama, sol y laurel.

* Leo poetas, como siempre, y descubro también a la joven Florencia Lobo, también fueguina, de Ushuaia, que me sorprende con su notable, inquietante poemario "El lento deambular de las tormentas" (El Suri Porfiado ediciones). Vean este poema:

            El humo

Hay que encender un fuego cada tanto
sólo para asistir al espectáculo del humo
ver si el fuego entiende aún nuestras señales
y arrastra todavía en su memoria errante
la memoria profunda de los pueblos,
de los árboles.

martes, 18 de febrero de 2020

LECTURARIO # 71 - Joyce, Jauretche, Cortiñas, Calle, Molina, García Lorca, Isol, García Montero, Muñoz Valenzuela, Ibargüengoitia.

Lecturario # 71. Joyce, Jauretche, Cortiñas, Calle, Molina, García Lorca, Isol, García Montero, Muñoz Valenzuela, Ibargüengoitia.

* Siempre es recomendable releer los grandes libros. A cualquier edad y especialmente, dicen, cuando uno ya está crecidito. Y mejor, incluso, si los reencuentros son casuales. Como me acaba de suceder con "Retrato del artista adolescente", esa novela impresionante de James Joyce que leí hace como 40 años, después de mi fascinación por "Ulises" en los tiempos del exilio en México. Cuya lectura fue la que me llevó, directo, al "Retrato..."
            Ahora vuelvo a sumergirme en lo que bien puede llamarse el nacimiento literario de Stephen Dedalus, el personaje poliédrico y decisivo de Joyce. Qué prosa, qué ritmo, cuánta sabiduría y sutileza en la prosa de este impactante irlandés al que hace una década visité –es un decir– en su deliciosa casa-museo de Dublin que es como una capilla santificada. Porque recorrer esos ambientes semisombríos donde vivió Joyce, en un barrio lateral de la capital de Irlanda que hoy es centro de culto y peregrinación, les juro, no es un plato que se come frío.
            Y ahora me encuentro, producto seguramente de esas casualidades maravillosas que proveen las bibliotecas, y recorriendo estantes de mis viejos libros de adolescencia y juventud, con aquella edición de 1980 que leí y guardé hace años, en traducción de Dámaso Alonso. Y obvio: otra vez me enganchó y me propuso (o demandó) una semana de lenta lectura, que es como se lee a Joyce, y que ahora fue nuevamente gozosa y me brindó un reencuentro con aquella Dublín de principios del 900, que es la misma que yo visité hace unos 15 años y que todavía se siente –y se lee– como la profunda y sutil galería de paisajes, personajes, diálogos y climas que sólo Joyce parece haber sido capaz de narrar. Una delicia. Íntima, si me permiten. (Lumen)

* Hace pocos meses visité la Universidad Nacional Arturo Jauretche, en Florencio Varela, Provincia de Buenos Aires. Invitado por su Rector, Ernesto Villanueva, pasé una jornada interesantísima durante la que dí una conferencia sobre la actualidad política y cultural, y respondí entrevistas para el canal de tele de la UNAJ. Y en esas horas el Rector y el Editor, Ernesto Salas, me obsequiaron un libro delicioso, que acabo de terminar de leer: "Arturo Jaureteche. Sobre su vida y su obra" es una compilación de estudios, análisis y evocaciones del agudo e incisivo intelectual peronista. Con textos, entre otros, de Norberto Galasso y de Horacio González, hay una entrevista de 1970 en el libro, en la que Aníbal Ford enhebra con Jauretche un diálogo que no tiene desperdicios. Lo pasé bomba con estas páginas en la mano (Editorial UNAJ).

* "El lado Norita de la vida" es la historia de vida de una de la emblemática Madre de Plaza de Mayo, Nora Cortiñas, quien busca a su hijo Gustavo desde 1977. El autor de este libro, Pablo Melicchio, ha sabido extraer, entrevistándola con delicadeza y profundidad, la médula humanista de esta mujer admirable, dueña de una fuerza ejemplar. Este es, obviamente, esa clase de libros que te deja con la boca seca y lleno de asombro, inquietud, admiración e ideas. (Marea Editorial).

* Y ya que hablo de poesía, y porque soy un tenaz lector de poemarios, abordo un nuevo libro de Leandro Calle, joven bardo cordobés que es mi amigo y compañero, y viene en ascenso y a paso firme con una obra severa y consistente. El libro se titula "País" y es breve pero no pequeño, porque el crescendo de la visión poética, en juego con los ardores del país, es en este caso atinado y sutil. Vean nomás estos versos:

            la hormiga se olvida de su carga
            y la carga se ocupa del olvido.
            El olvido es memoria que se oxida.

* "El cuarto deseo" es el título de una novela de Ignacio Molina, joven escritor de Bahía Blanca, creo que afincado en la CABA, quien en la pasada Feria del Libro porteña y como al pasar lo puso en mis manos. Remiso y elusivo como soy en esta materia, en algún momento le hinqué el diente y no está mal, es el relato de un matrimonio desgastado por los años, las rutinas y el ineludible aburrimiento, en una playa del sur bonaerense. La amistad de otra pareja, dispar, motiva una reflexión sobre el deseo y sus consecuencias, encubriendo el deseo inconfesable de que la mujer muera. Ya saben cómo son esas cosas, y si no las saben lean esta novela. Que no me apasionó, pero tiene lo suyo. (Falsotrébol)

* "Mariposa del aire" es el título de un precioso libro-álbum ilustrado por esa gran artista que es Isol, sobre poemas de Federico García Lorca. Es una publicación del programa Creciendo con Palabras, del gobierno de la CABA. Intenso y por momentos deslumbrante, como todo lo del Gran Federico, lo único que empaña los méritos de esta publicación (y a mí me fastidió mucho) es que en la ficha biográfica del enorme poeta granadino se dice que "fue muerto durante el gobierno militar de Franco", modo mentiroso y negacionista para no decir que Federico fue fusilado por la dictadura franquista. Una estupidez política que, obviamente, no disminuye un milímetro la belleza de este libro.
                         
* Y ya que de poesía y de españoles escribo, leo también a mi amigo Luis García Montero, quien es, como ya he dicho en otro Lecturario, uno de los más relevantes poetas españoles contemporáneos. Y ahora la lectura de "Mónica y los lobos" me confirma su talento. Bellamente editado en Buenos Aires y 2014, es un poemario que parece minimalista y en todo caso ejemplar muestra de un tono exquisito y sabio. Lean este poema: 

El tiempo no es un río.
No suena en el murmullo de una fuente,
ni pasa como la arena entre las manos.
Un reloj de pared,
eso es el tiempo.
Y en la pared me pongo,
sin protestar, sin venda,
con los ojos abiertos
para que me fusiles.

* Mi viejo y querido amigo el prestigioso narrador chileno Diego Muñoz Valenzuela, quien fue mi compañero de lecturas y conferencias en universidades de la República Popular China en 2016, me envía ahora sus dos libros más recientes, poderosos y bellos dentro del dolor que narran. 
            Uno es "Crónica de crisis", una serie de notas íntimas, en primera persona, acerca del estallido popular que conmueve a Chile desde el pasado 18 de octubre y que no parece que acabará sin grandes cambios políticos y sociales. (Simplemente Editores). 
            Y el otro libro es "Entrenieblas", una nouvelle dirigida a los jóvenes chilenos que no vivieron el golpe de Pinochet hace más de 40 años. En un tono conciso y sereno, Diego traza un diario íntimo de dos meses a partir del 11 de septiembre de 1973. (Vicio Impune Editorial).
            Dos libros que recomiendo. Dos hallazgos.

* En los años 70 del siglo pasado, el narrador mexicano Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) escribió una obra satírica y plena de humor en la que describió con ironía la idiosincracia de su país. Novelista, dramaturgo y periodista respetadísimo, el México que legó a las generaciones siguientes fue una suma de artículos, crónicas y apuntes que en 1977 reunió en un libro precioso: "Instrucciones para vivir en México". 
            Más de 40 años después, una joven y audaz editorial de la ciudad de Querétaro (distante unos 200 kilómetros al Norte de la gigantesca capital azteca) lanza un notable libro titulado "Nuevas instrucciones para vivir en México", en el que una veintena de jóvenes autores hace algo más que un homenaje a Ibargüengoitia; yo diría que es una redefinición del que acaso sea el más emblemático país de Nuestra América, el más orgulloso de sus raíces y el que más decididamente resiste –como resistió siempre– las influencias (malas influencias) imperiales. Y libro en el cual me han hecho el honor de invitarme a escribir el epílogo, que titulé "México en mi corazón". (Gris tormenta editores).